Y ahora, mientras Gaza arde, los israelíes de repente descubren una preocupación por las imágenes. Pero esa es la pregunta equivocada. No son las imágenes las que deberían perturbarnos —son los actos en sí. Todos ellos son obra nuestra. La sangre está en nuestras manos. Los asesinatos, los crímenes —el gueto de Gaza, la prisión al aire libre más grande del mundo— no son creación de las cámaras. Son el fruto podrido de una política deliberada. Surgieron del vientre de nuestro sistema político, elegido una y otra vez por el electorado israelí.