LUCHANDO POR LA PAZ DE LOS EMPOBRECIDOS

 

INTRODUCCIÓN.

La fe implica una apertura a Dios y al mismo tiempo, en razón de ello, una apertura al hombre. En su Primera Carta dice San Juan: “Este mandamiento fundamental nos dio Cristo: el que ama a Dios debe amar también a su hermano”. No es, pues, muy religioso quien sólo mira al cielo. Para serlo es preciso mirar también a la tierra y a las personas que en ella viven.

Dios quiere la felicidad del ser humano y ésta no es posible cuando se le está violentando y haciendo sufrir. La felicidad sólo es posible viviendo en un ambiente de paz, que sólo se produce cuando son respetados los derechos humanos. Vivir en paz y poder ser felices es también lo que más deseamos todos.

Pero vivimos en un mundo donde hay mucha violencia, aunque unos la sufren más que otros. La conculcación de los derechos humanos, en alguna medida, se da en todas partes, pero en algunas sobre manera. Además de las violencias “naturales” (enfermedades, catástrofes…), se sufren violencias “voluntarias”, inducidas por alguien, fruto de decisiones que toman determinadas personas. Con ellas se rompe la paz de mucha gente y se hace imposible que muchos puedan ser felices. Este es un mundo que Dios no quiere y que los creyentes, por serlo, estamos obligados a recomponer. Queremos e imploramos que el Reino de Dios “venga a nosotros”, su Reino, que es de gracia y verdad, de justicia, amor y paz.  Este Reinado de Dios no será fruto de intervenciones mágicas celestiales sobre la triste realidad humana violentada, por lo que nada podrán hacer ingenuas oraciones de los fieles creyentes.  Nosotros, la energía humana,  somos la fuerza de Dios para transformar la sociedad en cada momento de la historia.

En el núcleo mismo de la vida de un creyente vive el deseo de ser hijo de Dios. Queremos que toda nuestra vida tenga su origen en él. Cuando Jesús nos dice que Dios es Amor nos está indicando cómo nacer de Dios, cómo ser sus hijos. Todo lo que en nosotros es amor procede de Dios y es ello lo que nos constituye como hijos suyos. También Jesús nos señala cómo hacernos hijos de Dios en aquella preciosa frase: “Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Quien trabaja para que todos los seres humanos –y no humanos- puedan vivir en paz se está existencialmente bautizando, se está señalando como hijo de Dios. Nuestras obras en favor de la paz son signo de nuestra filiación divina.

 

QUE TODOS PUEDAN VIVIR EN PAZ

La paz que Dios quiere para nosotros, y que debemos desear para todos, no es la sola ausencia de guerra, ni se identifica con la calma social fruto de una férrea dictadura. Recuerdo la falsa celebración de los 25 años de paz franquista. De los sometidos nunca podrá decirse que viven en paz. Podríamos definir la paz como aquel clima social que es fruto de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, y que posibilita el desarrollo armónico de las capacidades de las personas. Del mismo modo que nunca se podrá decir que la sociedad ha llegado al máximo de libertad, fraternidad e igualdad, tampoco se podrá decir que se ha llegado a la cumbre de la conquista de la paz. La paz es un proceso que avanza a medida en que más son respetados los derechos humanos.

Cualquier tipo de violencia que se haga sobre alguien rompe su paz personal y si son muchos los que la están sufriendo hay que decir que está rota la paz social y se vive en cierta manera en situación de guerra. Las conculcaciones  de los derechos humanos son los proyectiles que se están lanzando contra la paz, son acciones de violencia que están perturbando el orden público. La situación de esclavitud es violencia, lo mismo que no tener alimentos para comer o medios para curar enfermedades,  no disfrutar de una vivienda digna para vivir; también lo es el paro, los salarios injustos o las bajas pensiones, no poder expresar las ideas, no poder asociarse o manifestarse, etc. Cuando en un país muchas personas viven estas situaciones, tenemos que concluir que se vive en Estado de Guerra.

El cristiano tiene que preguntarse qué hacer ante una determinada sociedad donde la violencia social está institucionalizada, ejercida desde arriba sobre los de abajo, empleando para ello toda la fuerza de la que dispone el Estado: leyes, ejército, policía, tribunales, dinero…, dándose un estado real de opresión sobre la mayoría de un pueblo. En nuestro caso, al hablar de Gaspar y la Nicaragua que él encuentra al llegar a sus parroquias, también tenemos que preguntarnos sobre cuál debe ser la postura de un cura, como lo era él, que llega a sus parroquias para anunciar el reinado de Dios y su mensaje de amor cristiano. Aquel mundo a donde llega es una sociedad donde se conculcan los valores del Reino, pues en ella no se respetan los derechos humanos. Las personas están siendo agredidas desde las mismas instituciones del Estado.

ENCARNADOS Y COMPROMETIDOS

Eran dos ideas clave de nuestra mística cristiana y sacerdotal. Entendíamos que el camino que siguió Jesús de Nazaret fue ese: dejó su condición divina y se hizo hombre. Se abajó y se identificó con aquellos a los que debía acercar a Dios. También los judíos de aquel tiempo vivían bajo opresión política como ciudadanos dominados por Roma y bajo opresión religiosa como fieles judíos, subyugados por una infinidad de leyes que los esclavizaban. Jesús asumió el compromiso de la liberación religiosa de su pueblo dando una visión liberadora de Dios y de lo que es ser creyente, socavando así los cimientos de aquella religión tan formalista e hipócrita. Las autoridades religiosas percibieron el peligro que entrañaba sus enseñanzas y comportamientos. Por eso decidieron su muerte.

Gaspar nos habla de la Nicaragua que encuentra cuando llega a ella en el año 1970. Él se encarna en esa realidad y se compromete para transformarla. Denuncia a quienes están haciendo sufrir al pueblo nicaragüense. “El estado de ignorancia, vejación y miseria que sufren la mayoría de los nicaragüenses, ha comprometido nuestra vocación en un trabajo continuo y agotador para redimir a las personas de nuestro pueblo no solo del pecado individual, pero también del pecado social con que el régimen dictatorial de Anastasio Somoza humilla a los nicaragüenses. Nuestro compromiso de librarles de la ignorancia y opresión Somocista, nos convirtió en enemigos de los explotadores y nos hizo víctimas también del aparato represivo.” (Carta a los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, dic. 1977).

Al ser consciente del peligro en que vive en Nicaragua contempla dos posibles opciones: volver a España o entrar en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). La opción pacifista al estilo de Gandhi o de Luther King no la vio posible. Había ya varios grupos, que terminaron unificándose, en guerra contra el somocismo. La opción de lucha armada que escoge es la más arriesgada, como desgraciadamente luego podemos constatar. Juzgarla moralmente no nos compete. En todo caso lo que sí podemos hacer es respetarla y admirar la generosidad de su entrega a los demás, que él lleva hasta el límite.

¿Dónde encuentra fuerza para llevar a cabo un compromiso tan radical? En su corazón, sensible y siempre rebelde ante el dolor de los demás, ante el maltrato de las gentes más humildes. “Sufrimos engaños, calumnias, persecuciones y hasta golpizas a nuestros movimientos de Iglesia. Algunos agentes de pastoral son obstaculizados en su labor como delegados nuestros ante el pueblo, otros son humillados y torturados en los cuarteles y otros son acusados de “subversivos”, cruelmente torturados y posteriormente asesinados”. (Ibidem) Y en su mística cristiana: “Hermanos: ¿No es Cristo mismo torturado? ¿No es la iglesia misma la que está siendo asesinada en cada uno de sus hijos? No podemos quedarnos como mudos espectadores de la tragedia del pueblo mientras la dictadura Somocista enloquecida por el oro y el poder, sigue torturando y matando a los nicaragüenses como si fuesen bestias sin derechos.” (Ibidem)

 

EN EL CENTRO, UN AMOR SOLIDARIO

Siendo el principal mandamiento cristiano el del amor, parece que, como consecuencia de ello, la violencia no concuerda en ningún caso con esta exigencia. En principio así es, pero luego vemos que no toda acción humana violenta es moralmente reprobable. Siempre se ha dicho que es legítima la violencia en defensa propia, como también se legitima la muerte del tirano. Aunque felizmente la pena de muerte la adoptan cada vez menos países, sin embargo todavía existe en algunos.

Centrándonos en la violencia que conllevan las revoluciones, hay que considerar que no todas son iguales. No es lo mismo emprender unas acciones violentas para cambiar políticamente una sociedad, lo que puede ser simplemente un asalto al poder para sacar a unos del gobierno y ponerse otros, que una revolución social, aunque haya de tener lógicamente consecuencias políticas pero que se hace principalmente para cambiar la situación del pueblo sufriente, no importando tanto la ideología de la organización administrativa sino que en la nueva sociedad se respeten los derechos humanos, individuales y sociales, de todos.

Leyendo los escritos de Gaspar observamos que él entra en el FSLN para participar en una guerra de Liberación Nacional. Lo que quiere en primer lugar es liberar a los empobrecidos, a los explotados, a los oprimidos, a los que son diariamente vejados…, para que recuperen su dignidad, para que puedan vivir de su trabajo como ciudadanos libres y respetados en sus pueblos. La violencia de esta revolución es de autodefensa. Ha habido primero otras violencias generalizadas de los derechos humanos, violencias institucionalizadas, protegidas por las leyes que además incluían la legalización de la represión ejercida por las Fuerzas Armadas del Estado, cuando alguien se atrevía a quebrantar el sometimiento.

Nada que reprochar, pues, a Gaspar en cuanto a su opción de entrar en el FSLN. Él podría haber vivido, como otros, bajo la protección de su categoría de clérigo, pero ahogando su sensibilidad humana, haciendo oídos sordos al sufrimiento de los más pobres. Podría haberse apartado un poco de tiempo, irse a otro lugar…hasta ver en qué paraba todo. Él quiso ser de otra manera: quiso ir al frente, estar en primera línea de lucha, empuñando las armas y asumiendo el riesgo que ello implicaba. Consiguió ser más fuerte que su debilidad. Fue generoso sin límites. Encarnó unos valores universales que siempre debemos intentar asumir quienes queremos que nuestras vidas no sean sólo para nosotros sino también para los demás. Ser para los demás ha sido uno de los ejes sobre los que giró la vida de Cristo y sobre el que ha de girar la de sus seguidores. Es lo que hizo Gaspar.