EL COMERCIO.ES

01.02.09 - 

OPINIÓN ARTICULOS

Gaspar García Laviana

JAVIER FERNÁNDEZ CONDE CATEDRÁTICO DE HISTORIA MEDIEVAL

Y MIEMBRO DEL FORO GASPAR GARCÍA LAVIANA

 

AL cumplirse los 30 años de la muerte de Gaspar García Laviana (Tola, Nicaragua, 1978), numerosos medios de comunicación, su familia, muchos de sus amigos y admiradores, del clero y del mundo laico, han experimentado de nuevo el respeto y la «devoción» por este cura asturiano que supo dar lo mejor de sí mismo, su vida, luchando contra la ominosa opresión de los poderosos que tenían entonces nombre propio en Nicaragua: Somoza y los corifeos de su dictadura. El bellísimo documental de la TPA contribuyó de forma extraordinaria en la recuperación de la memoria histórica de este asturiano excepcional. Esta conmemoración también avivó los recuerdos, un poco apagados ya, de mi estancia en Nicaragua, cuando la figura de Gaspar era todavía una ausencia omnipresente y luminosa. En efecto, mi primera visita a América -después seguirían muchas más- fue precisamente en la década de los 80. El Frente Sandinista de Liberación Nacional celebraba entonces (1989) el décimo aniversario de su triunfo revolucionario y la instauración de un tipo de socialismo de corte sencillo y popular, alejado de cualquier estructura u organización que tuviera la más mínima apariencia de aparato político o de partido capaz de pasar por encima de la dignidad de las personas, afiliados o no. Yo tenía experiencia de las 'democracias' europeas del Este, conocía bien los primeros diez años de nuestra democracia estrenada recientemente con gozo y con una enorme carga de esperanzas -¡los cien años de honradez prometidos por los líderes en el gobierno!- pero, ingenuo de mí, quería conocer un socialismo con rostro humano, que había sido capaz de poner al frente de varios ministerios a dos 'cardenales': en el de Cultura a un trapense-poeta y en el de Educación a su hermano jesuita. Fue aquel un año de fastos conmemorativos y no hubo ocasión, ni tiempo, para descubrir la corrupción solapada que ya existía, según se descubriría muy pronto, al doblar los umbrales del año siguiente (1990). El recuerdo de los mártires de la guerra contra el pecado de la opresión somozista retumbaba por todos los rincones del país y se escuchaba en la mayoría de mítines y encuentros multitudinarios. El nombre de Gaspar, muy querido por todos, también, y esto me motivó a sacar pecho por mi condición de asturiano y de cura como él. El viaje a Tola con el espíritu de un novicio que busca aclararse de muchas cosas, fue, sin duda, una de los mejores momentos de aquella estancia de un mes, residiendo la mayor parte de la misma en la casa de los jesuitas de Managua y compartiendo mesa y periódico con Fernando Cardenal, el ministro de Educación.

Tuve ocasión de empaparme de la vida y la obra del cura del Entrego-Tuilla que había dejado allí su vida a causa de una bala perdida y caprichosa que probablemente no le buscaba ni en aquel momento ni en aquel lugar. Sus antiguos feligreses de San Juan del Sur, departamento de Rivas, le recordaban y le querían entrañablemente.

Gaspar, que había nacido en El Entrego el año 1941, era hijo de un minero y el mayor de tres hermanos. Entró en la Congregación religiosa de los Misioneros del Sagrado Corazón. Hizo los estudios habituales del «seminarista de entonces» en varias casas de la Congregación y se ordenó sacerdote el año 1966, celebrando la primera misa en Tuilla, al lado de los amigos de siempre, muchos de los cuales aún lo recuerdan. En el Seminario misionero tenía muy claro que seguir a Cristo en la vida consagrada tenía que ser para dedicarse a los pobres de este mundo, los más insignificantes como diría un teólogo de la liberación para definir la verdadera pobreza. Destinado a un suburbio de Madrid, se hace cura obrero, para que su ministerio no se les hiciera gravoso a los trabajadores como había predicado San Pablo, y, sobre todo, para acercarse hombro a hombro y de corazón a corazón al mundo de los deprimidos y explotados. Trabajó tres años en un carpintería, dedicando su tiempo a la pastoral directa en una parroquia de aquella zona de Madrid. En 1969, se presenta, el primero, a los superiores de su Congregación, que demandaban sacerdotes para Nicaragua.

Destinado a la San Juan del Sur, en el Departamento de Rivas, donde ensañó, y puso en práctica varios años los métodos de evangelización más modernos entonces -movimientos de Acción Católica Obrera, Cursillos de formación y de Cristiandad...- comprobó enseguida que el pueblo campesino nicaragüense distaba mucho de responder a los modelos de la «Nicaragua-Nicaragüita, hermosa, dulce y acogedora» del folclore popular. Aquellos sencillos campesinos eran víctimas del régimen despiadado del dictador y de su guardia pretoriano. Lo describe él mismo con estas palabras: «He sido testigo del inmundo tráfico carnal al que se somete a las jóvenes humildes, entregadas a la prostitución por los poderosos; y he tocado con mis manos la vileza, el escarnio, el latrocinio, representado por el dominio de la familia Somoza en el poder». Apremiado por aquel mundo esencialmente injusto por inhumano, se decide enseguida a colaborar con el Sandinismo. En 1977 pasa a Guatemala y desde allí viaja a España, donde madurará su decisión más radical: el paso a la lucha armada. En los superiores de su orden y creo que puedo decir que en nuestro propio obispo Díaz Merchán, aunque no encontró la aprobación, sí contó con un extraordinario respeto ante el nuevo giro que pretendía dar a su vida: convertirse en sacerdote guerrillero, que acabaría por ser conocido, por sus valores y por sus virtudes, como 'Comandante Martín'.

Leer la hermosa homilía que pronunció en su parroquia de San Juan para justificar la heroica decisión tomada ya, resulta, todavía hoy, profundamente conmovedor: «Como nicaragüense adoptivo que soy, como sacerdote, he visto en carne viva las heridas de mi pueblo, he visto la explotación inicua del campesino, aplastado bajo la bota de los terratenientes protegidos por la Guardia Nacional...Y como nuestros jóvenes honestos, los mejores hijos de Nicaragua están en la guerra... yo he resuelto sumarme, como el más humilde de los soldados del Frente Sandinista, a esa guerra. Porque es una guerra justa, una guerra que los sagrados evangelios dan como buena, y que en mi conciencia de cristiano es buena, porque representa la lucha contra un estado de cosas que es odioso al Señor Nuestro Dios. Y porque, como señalan los documentos de Medellín, suscritos por los obispos de América latina: la insurrección revolucionaria puede ser legítima en caso de tiranía evidente y prolongada y que atente gravemente a los derechos fundamentales de la persona y damnifique peligrosamente el bien común del país, ya provenga de una persona, ya de estructuras evidentemente injustas».

Su pluma de poeta supo cantarle a la guerilla: «Todo verdad en los ojos guerrilleros// todo verdad, amigo, aunque te pese, // aunque digas que la verdad es el orden// sacratísimo de sus antecesores». Saludó con la fe de un mártir a la muerte que nunca temió, aunque era consciente de que podía encontrarle a la vuelta de cualquier rincón: Cuando Muera: «Yo sé, yo sé// que me tiene en la mira// de sus pistolas, // por eso labro mis versos // con tosco machete, // mi divisa, // y escribo a toda prisa, // por si me alcanza la muerte».

Pere Casaldáliga, el gran obispo de Sâo Félix de Araguaya (Brasil) que también tuvo que llorar más de una vez por sacerdotes suyos, cercanos y amigos, masacrados por instrumentos de muerte dirigidos contra su propia persona, dedicó Gaspar, emocionado y probablemente un poco despechado por no ser él la víctima martirial de los esbirros de los ricos opresores, un poema con honores de epitafio:

 

Como un vuelo cortado por la muerte,

igual que un crucifijo en carne viva,

como un abrazo extremo, que me llama,

me ha cercado tu nombre,

Gaspar, hermano mío.

 

Sí, me atrevo a saludar a Gaspar como un mártir más de la iglesia asturiana. Sé bien que este título -mártir/testigo de la fe- suele darse a quienes derraman su sangre como testimonio de la fe en el Dios de Jesucristo. Pero Él mismo nos dijo varias veces que se podía encontrar de forma eminente en los demás, sobre todo cuando son pobres y oprimidos. Y esto Gaspar lo tenía muy claro.

El foro de sacerdotes asturianos ha querido recientemente honrarle a Gaspar, utilizando su nombre como emblema. No somos ilusos ni románticos incurables que vuelven a los problemas de la guerra justa -¡ cómo si hubiere alguna guerra justa en la actualidad¡- o la legitimidad de la guerrilla en casos extremos, como defendían Medellín y Puebla, haciéndose eco de las enseñanzas de Paulo VI y del Vaticano II. Admiramos sencillamente la coherencia de Gaspar, su entereza y su inconmensurable amor a los que llevan en su carne «el rostro doliente del Crucificado». Y nada más. Este recuerdo o dedicatoria -¡que nadie la malinterprete ni se ponga nervioso!- son las humildes violetas que demandaba el sencillo cura de Tuilla para su tumba: «Sólo admitiré violetas// como mi carne macerada, // como el dolor de mi madre, // como el hambre campesina// de mi América Latina».