“CARTA ABIERTA A GASPAR”

Juana María García Iglesias

  

El 11 de diciembre de 1978, el Comandante Marvin, con voz emocionada, daba la triste noticia de tu muerte a través de  Radio Sandino. Ya han pasado 32 años.

 ¡Dios mío, qué tristes y qué solos se quedan los muertos!, decía Becquer. Pero yo sé, Gaspar, que tú no estás solo.

 Tú estás con tu Cristo de Palacagüina, con el Cristo proletario y solidario, ese que petrolea carreteras y chequea llantas en la gasolinera. El Cristo humano, el Cristo obrero, el arquitecto, el ingeniero, el artesano y el carpintero. El que alza los brazos para defender al pueblo del dominio explotador. El que anda por todos los caminos, por veredas y por cañadas; el que no anda con carambadas. Con todos esos Cristos estás tú.

 Y no estás solo porque sigues en tu Nicaragua-Nicaragüita, la flor más linda de tu querer. Sigues en la alforja campesina pinolera, el mero escapulario de tu tierra, esa que, cuando baja del monte tan cargada,  parece una indita embarazada.

 Estás en la tumba del guerrillero, en las tumbas de todos los guerrilleros de Nicaragua, en ríos, montes y praderas y en todos los valles sigue retumbando tu voz y diciendo “¡agarra bien la guitarra, jodío!”.

Y estás con las mujeres del Cuá: con la María Venancia, con la Amanda Aguilar y con la Cándida Martínez. Estás en la milpa del campesino, en el indiecito dormido, en las nubes que lleva el viento.

 Estás en todos los José Pérez y en su hambre diaria. Estás en Pedro el minero, en las niñas del prostíbulo, en el tamborilero que todos los años nos anuncia la llegada de la Navidad, en los miserables de Acahualinca y en todos los poetas del Solentiname. En cada palmo de tu Nicaragua, ahí estás tú, Gaspar.

 Tú no estás solo. Estás en muchos corazones porque eres de esos amigos que no dejan un espacio vacío cuando se van (tu lo llenas todo, desde donde estés), ni dejan un árbol caído, contigo no se detienen los caminos porque tú abres camino con tu andar.

 Y serás como Ramón Sijé,  y, como a él,  también al almendro de nata te requiero, porque tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero y hazme un favor: cuida de Manolita (de la hija y de la  madre) y de José Antonio, nuestros amigos y compañeros,  al igual que cuidaste de tus queridos campesinos.

 Por último me gustaría  dedicarte un poema de Blas de Otero, que dice así:

 

“Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra”.

 

Tu, Gaspar,  nos dejaste tu ejemplo,  tu voz y tu palabra.

Allí donde estés, recibe un fuerte abrazo de todos nosotros.

 

JUANA MARÍA GARCÍA IGLESIAS

Tuilla, 11 de diciembre de 2010