Queridos amig@s
colaboradores y cooperantes:
El
Papa Francisco ha hecho público un mensaje para el 1 de enero, DÍA
MUNDIAL DE LA PAZ. Como es interesante y bastante largo, os enviamos un
resumen del mismo:
LA
FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ
1.-En
este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a
todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de
esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el
deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de
fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos
no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.
...la
fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que nos lleva a ver y a
tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin
ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y
duradera.
...En
muchas partes del mundo, continuamente se lesionan gravemente los derechos
humanos fundamentales... El trágico fenómeno de la trata de seres humanos, con
cuya vida y desesperación especulan personas sin escrúpulos, representa un
ejemplo inquietante. A las guerras hechas de enfrentamientos armados se suman
otras guerras menos visibles, pero no menos crueles, que se combaten en el
campo económico y financiero con medios igualmente destructivos de vidas, de
familias, de empresas.
...Además,
las numerosas situaciones de desigualdad, de pobreza y de injusticia revelan no
sólo una profunda falta de fraternidad, sino también la ausencia de una cultura
de la solidaridad. Las nuevas ideologías, caracterizadas por un difuso
individualismo, egocentrismo y consumismo materialista, debilitan los lazos
sociales, fomentando esa mentalidad del “descarte”, que lleva al desprecio y al
abandono de los más débiles, de cuantos son considerados “inútiles”.
...El
relato de Caín y Abel nos enseña que la humanidad lleva inscrita en sí una
vocación a la fraternidad, pero también la dramática posibilidad de su
traición. Da testimonio de ello el egoísmo cotidiano, que está en el fondo de tantas
guerras e injusticias: muchos hombres y mujeres mueren a manos de hermanos y
hermanas que no saben reconocerse como tales, es decir, como seres hechos para
la reciprocidad, para la comunión y para el don.
...Surge
espontánea la pregunta: ¿los hombres y las mujeres de este mundo podrán
corresponder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios Padre
imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia,
el egoísmo y el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a
los hermanos y hermanas?
Parafraseando
sus palabras, podríamos sintetizar así la respuesta que nos da el Señor Jesús:
Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9).
La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios. No se trata de una
paternidad genérica, indiferenciada e históricamente ineficaz, sino de un amor
personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser
humano. Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad,
porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en el agente más
asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros,
abriendo a los hombres a la solidaridad y a la reciprocidad.
...Jesús
asume desde el principio el proyecto de Dios...Él es el lugar personal de
la reconciliación del hombre con Dios y de los hermanos entre sí. En Cristo, el
otro es aceptado y amado como hijo o hija de Dios, como hermano o hermana, no
como un extraño, y menos aún como un contrincante o un enemigo....Todos gozan
de igual e intangible dignidad. Todos son amados por Dios, todos han sido
rescatados por la sangre de Cristo, muerto en cruz y resucitado por cada uno.
Ésta es la razón por la que no podemos quedarnos indiferentes ante la suerte de
los hermanos.
Teniendo
en cuenta todo esto, es fácil comprender que la fraternidad es fundamento y camino para
la paz....el deber de solidaridad, exige que las naciones
ricas ayuden a los países menos desarrollados; el deber de justicia
social, que requiere el cumplimiento en términos más correctos de las
relaciones defectuosas entre pueblos fuertes y pueblos débiles; el deber
de caridad universal, que implica la promoción de un mundo más humano
para todos, en donde todos tengan algo que dar y recibir, sin que el progreso
de unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros...lo cual implica no
dejarse llevar por el «afán de ganancia» o por la «sed de poder». Es necesario
estar dispuestos a «‘perderse’ por el otro en lugar de explotarlo, y a
‘servirlo’ en lugar de oprimirlo para el propio provecho. El ‘otro’
–persona, pueblo o nación– no puede ser considerado como un instrumento
cualquiera para explotar a bajo coste su capacidad de trabajo y resistencia
física, abandonándolo cuando ya no sirve.
...Asistimos
con preocupación al crecimiento de distintos tipos de descontento, de
marginación, de soledad y a variadas formas de dependencia patológica. Una
pobreza como ésta sólo puede ser superada redescubriendo y valorando las
relaciones fraternas en el seno de las familias y de las
comunidades, compartiendo las alegrías y los sufrimientos, las dificultades y
los logros que forman parte de la vida de las personas.
Además,
si por una parte se da una reducción de la pobreza absoluta, por
otra parte no podemos dejar de reconocer un grave aumento de la pobreza
relativa, es decir, de las desigualdades entre personas y grupos que
conviven en una determinada región o en un determinado contexto
histórico-cultural. En este sentido, se necesitan también políticas eficaces
que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las
personas –iguales en su dignidad y en sus derechos fundamentales– el acceso a
los «capitales», a los servicios, a los recursos educativos, sanitarios,
tecnológicos, de modo que todos tengan la oportunidad de expresar y realizar su
proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente como personas.
...Las
graves crisis financieras y económicas –que tienen su origen en el progresivo
alejamiento del hombre de Dios y del prójimo, en la búsqueda insaciable de
bienes materiales, por un lado, y en el empobrecimiento de las relaciones
interpersonales y comunitarias, por otro– han llevado a muchos a buscar el
bienestar, la felicidad y la seguridad en el consumo y la ganancia más allá de
la lógica de una economía sana...
El
hecho de que las crisis económicas se sucedan una detrás de otra debería
llevarnos a las oportunas revisiones de los modelos de desarrollo económico y a
un cambio en los estilos de vida. La crisis actual, con graves consecuencias
para la vida de las personas, puede ser, sin embargo, una ocasión propicia para
recuperar las virtudes de la prudencia, de la templanza, de la justicia y de la
fortaleza. Estas virtudes nos pueden ayudar a superar los momentos difíciles y
a redescubrir los vínculos fraternos que nos unen unos a otros, con la profunda
confianza de que el hombre tiene necesidad y es capaz de algo más que
desarrollar al máximo su interés individual. Sobre todo, estas virtudes son
necesarias para construir y mantener una sociedad a medida de la dignidad
humana.
...Durante
este último año, muchos de nuestros hermanos y hermanas han sufrido la
experiencia denigrante de la guerra, que constituye una grave y profunda herida
infligida a la fraternidad.
Muchos
son los conflictos armados que se producen en medio de la indiferencia general.
A todos cuantos viven en tierras donde las armas imponen terror y destrucción,
les aseguro mi cercanía personal y la de toda la Iglesia. Ésta tiene la misión
de llevar la caridad de Cristo también a las víctimas inermes de las guerras
olvidadas, mediante la oración por la paz, el servicio a los heridos, a los que
pasan hambre, a los desplazados, a los refugiados y a cuantos viven con miedo.
Además la Iglesia alza su voz para hacer llegar a los responsables el grito de
dolor de esta humanidad sufriente y para hacer cesar, junto a las hostilidades,
cualquier atropello o violación de los derechos fundamentales del hombre.
Por
este motivo, deseo dirigir una encarecida exhortación a cuantos siembran
violencia y muerte con las armas: Redescubran, en quien hoy consideran sólo un
enemigo al que exterminar, a su hermano y no alcen su mano contra él. Renuncien
a la vía de las armas y vayan al encuentro del otro con el diálogo, el perdón y
la reconciliación para reconstruir a su alrededor la justicia, la confianza y
la esperanza. «En esta perspectiva, parece claro que en la vida de los pueblos
los conflictos armados constituyen siempre la deliberada negación de toda
posible concordia internacional, creando divisiones profundas y heridas
lacerantes que requieren muchos años para cicatrizar. Las guerras constituyen
el rechazo práctico al compromiso por alcanzar esas grandes metas económicas y
sociales que la comunidad internacional se ha fijado.
Sin
embargo, mientras haya una cantidad tan grande de armamentos en circulación
como hoy en día, siempre se podrán encontrar nuevos pretextos para iniciar las
hostilidades. Por eso, hago mío el llamamiento de mis Predecesores a la no proliferación
de las armas y al desarme de parte de todos, comenzando por el desarme nuclear
y químico.
...La
fraternidad genera paz social, porque crea un equilibrio entre libertad y
justicia, entre responsabilidad personal y solidaridad, entre el bien de los
individuos y el bien común. Y una comunidad política debe favorecer todo esto
con trasparencia y responsabilidad. Los ciudadanos deben sentirse representados
por los poderes públicos sin menoscabo de su libertad. En cambio, a menudo,
entre ciudadano e instituciones, se infiltran intereses de parte que deforman
su relación, propiciando la creación de un clima perenne de conflicto.
...Un
auténtico espíritu de fraternidad vence el egoísmo individual que impide que
las personas puedan vivir en libertad y armonía entre sí. Ese egoísmo se
desarrolla socialmente tanto en las múltiples formas de corrupción, hoy tan
capilarmente difundidas, como en la formación de las organizaciones criminales,
desde los grupos pequeños a aquellos que operan a escala global, que, minando
profundamente la legalidad y la justicia, hieren el corazón de la dignidad de
la persona. Estas organizaciones ofenden gravemente a Dios, perjudican a los
hermanos y dañan a la creación, más todavía cuando tienen connotaciones
religiosas.
Pienso
en el drama lacerante de la droga, con la que algunos se lucran despreciando
las leyes morales y civiles, en la devastación de los recursos naturales y en
la contaminación, en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el
blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo
asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y
sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la
prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más
jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos,
en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía
difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente
desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la
ilegalidad.
Sin
embargo, el hombre se puede convertir y nunca se puede excluir la posibilidad
de que cambie de vida. Me gustaría que esto fuese un mensaje de confianza para
todos, también para aquellos que han cometido crímenes atroces, porque Dios no
quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
En
el contexto amplio del carácter social del hombre, por lo que se refiere al
delito y a la pena, también hemos de pensar en las condiciones inhumanas de
muchas cárceles, donde el recluso a menudo queda reducido a un estado
infrahumano y humillado en su dignidad humana, impedido también de cualquier
voluntad y expresión de redención. La Iglesia hace mucho en todos estos
ámbitos, la mayor parte de las veces en silencio. Exhorto y animo a hacer cada
vez más, con la esperanza de que dichas iniciativas, llevadas a cabo por muchos
hombres y mujeres audaces, sean cada vez más apoyadas leal y honestamente
también por los poderes civiles.
La
familia humana ha recibido del Creador un don en común: la naturaleza. La
visión cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de
las intervenciones en la naturaleza para sacar provecho de ello, a condición de
obrar responsablemente, es decir, acatando aquella “gramática” que está
inscrita en ella y usando sabiamente los recursos en beneficio de todos,
respetando la belleza, la finalidad y la utilidad de todos los seres vivos y su
función en el ecosistema. En definitiva, la naturaleza está a nuestra
disposición, y nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente. En
cambio, a menudo nos dejamos llevar por la codicia, por la soberbia del dominar,
del tener, del manipular, del explotar; no custodiamos la naturaleza, no la
respetamos, no la consideramos un don gratuito que tenemos que cuidar y poner
al servicio de los hermanos, también de las generaciones futuras.
...En
particular, el sector agrícola es el sector primario de
producción con la vocación vital de cultivar y proteger los recursos naturales
para alimentar a la humanidad. A este respecto, la persistente vergüenza del
hambre en el mundo me lleva a compartir con ustedes la pregunta:¿cómo usamos
los recursos de la tierra? Las sociedades actuales deberían
reflexionar sobre la jerarquía en las prioridades a las que se destina la
producción. De hecho, es un deber de obligado cumplimiento que se
utilicen los recursos de la tierra de modo que nadie pase hambre. Las
iniciativas y las soluciones posibles son muchas y no se limitan al aumento de
la producción. Es de sobra sabido que la producción actual es suficiente y, sin
embargo, millones de personas sufren y mueren de hambre, y eso constituye un
verdadero escándalo. Es necesario encontrar los modos para que todos se puedan
beneficiar de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que se amplíe la
brecha entre quien más tiene y quien se tiene que conformar con las migajas,
sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, de equidad y
de respeto hacia el ser humano. En este sentido, quisiera recordar a todos
el necesario destino universal de los bienes, que es uno de
los principios clave de la doctrina social de la Iglesia.
Conclusión
La
fraternidad tiene necesidad de ser descubierta, amada, experimentada, anunciada
y testimoniada. Pero sólo el amor dado por Dios nos permite acoger y vivir
plenamente la fraternidad.
El
necesario realismo de la política y de la economía no puede reducirse a un
tecnicismo privado de ideales, que ignora la dimensión trascendente del hombre.
Cuando falta esta apertura a Dios, toda actividad humana se vuelve más pobre y
las personas quedan reducidas a objetos de explotación. Sólo si aceptan moverse
en el amplio espacio asegurado por esta apertura a Aquel que ama a cada hombre
y a cada mujer, la política y la economía conseguirán estructurarse sobre la
base de un auténtico espíritu de caridad fraterna y podrán ser instrumento
eficaz de desarrollo humano integral y de paz.
...Cristo
se dirige al hombre en su integridad y no desea que nadie se pierda. «Dios no
mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se
salve por Él» (Jn 3,17). Lo hace sin forzar, sin obligar a nadie a
abrirle las puertas de su corazón y de su mente. «El primero entre ustedes
pórtese como el menor, y el que gobierna, como el que sirve» –dice
Jesucristo–«yo estoy en medio de ustedes como el que sirve» (Lc 22,26-27).
Así pues, toda actividad debe distinguirse por una actitud de servicio a las
personas, especialmente a las más lejanas y desconocidas. El servicio es el
alma de esa fraternidad que edifica la paz.
Que
María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad
que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta
querida tierra nuestra.
Vaticano,
8 de diciembre de 2013.
FRANCISCO