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Dignidad y Sacerdocio de la mujer

Nota.-Este Comentario va ser un poco largo. El tema lo merece. Espero que no os pese por el tiempo dedicado a leerlo hasta el final. Si os animáis podéis opinar sobre su contenido, y así enriquecernos tod@s. Gracias

Juan 8, 1-11

 Jesús se retiró al Monte de los Olivos. Al amanecer se pre­sentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él y, sentándose, les enseñaba. Los letrados y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sinpecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escri­biendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, depie. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusado­res?, ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

 

1.-Si la sorprendieron a ella en flagrante adulterio, también lo sorprenderían a él haciendo lo que no debía. Vamos, ¡que no estaría adulterando ella sola! ¡Qué falsos, tramposos e hipócritas eran aquellos letrados (los que presumían de saber las leyes) y fariseos (piadosos y observantes)!

 

Sabían bien la ley para aplicársela a ella como adúltera, pero la "ignoraban" para aplicársela al hombre como cómplice, pues la Ley de Moisés dice textualmente: "Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos: ella y el que se acostó con ella" (Deuteronomio 22,22). Nadie le tiró una piedra. Todos marcharon. Conclusión: todos ellos, letrados y fariseos, eran adúlteros.

 

2.-Jesús conocía bien a aquellos farsantes. Por eso tantas veces los critica, los deja en evidencia, los desenmascara, como en esta ocasión: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra". Todos ellos, desde el primero al último,  se fueron escabullendo empezando por los más viejos, porque seguro que eran los que más veces habían adulterado.

 

Jesús libra a aquella mujer de morir apedreada, cosa que aún sigue vigor al día de hoy en determinadas prácticas de algunos sectores de influencia islámica.

 

Cuando en el matrimonio se da el adulterio por alguna de las partes, se comete una grave injusticia contra la otra parte. Ahí hay un engaño, una mentira, un daño muy grande contra la parte inocente.

 

3.-Lo cierto es que el machismo sigue aún muy arraigado en nuestra sociedad. La gran mayoría de las personas que son víctimas de la violencia de género son mujeres. La mujer llevó las de perder casi siempre a lo largo de la historia de la humanidad, ya desde tiempos antiguos. Veamos algunas afirmaciones:

 

ZARATUSTRA: "La mujer debe adorar al hombre como a un dios. Cada mañana debe arrodillarse nueve veces a sus pies".

 

CÓDIGO DE HAMMURABI (1700 a. de C.): "Cuando una mujer tuviera una conducta desordenada y dejara de cumplir sus obligaciones de hogar, el marido puede someterla y esclavizarla".

 

EL CORÁN: "Los hombres son superiores a las mujeres, porque Alá les otorgó la primacía sobre ellas, dio a los varones el doble de lo que dio a las mujeres. No se legó al hombre mayor calamidad que la mujer".

 

LEYES MANU (Libro sagrado de la India): "Aunque el marido se dé a otros amores, la mujer debe reverenciarlo como a un dios".

 

ARISTÓTELES: "La naturaleza solo hace mujeres cuando no puede hacer hombres. La mujer, por tanto, es un hombre inferior".

 

LA BIBLIA (ECLESIÁSTICO): "Toda malicia es poca junto a la malicia de mujer".

 

ORACIÓN DE LOS VARONES ISRAELITAS: "...Y te doy gracias, Señor, por no haber nacido mujer".

 

Los autores de estos textos tan negativos para las mujeres, no quiere decir que no tuvieran también valores muy positivos en general y también hacia ellas, pero las muchas cosas negativas que dicen de las mujeres no las dijeron de los hombres.

 

4.-En este contexto tan hostil a la mujer, la gran valoración y aprecio que hace Jesús de la mujer tiene un valor y un alcance mucho más grande. El tema merece una reflexión importante, y más en el contexto del siglo XXI, en que la iglesia oficial tiene cerradas todas las puertas a las mujeres en la participación en su estructura jerárquica: 

 

Buena parte de los pobres que rodeaban a Jesús eran mujeres. Ellas y las niñas eran lo más vulnerable de la sociedad de entonces, y aún seguimos así en muchos países.

 

            Hay que tener en cuenta que todo lo que sabemos de Jesús fue escrito por varones que emplean el lenguaje de la época que era genérico y sexista. Así, por ejemplo, cuando nos cuentan que Jesús abrazaba los niños, eran niños y niñas, los discípulos eran discípulos y discípulas. En aquella cultura ultrapatriarcal, en muchos casos, no existía la palabra femenina correspondiente a la masculina, aparte de que lo corriente era emplear siempre la masculina. Nosotros hoy, por ejemplo, decimos “piloto”, pero no decimos “pilota”. Nosotros los curas de hoy en la misa decimos “el Señor esté con vosotros” y no con “vosotras”, aunque haya en ella más mujeres que hombres. A lo largo de los siglos los predicadores, estudiosos y comentaristas del Evangelio hemos hecho una lectura masculina del Evangelio.

 

            Ser mujer en tiempos de Jesús era vivir sometida al varón, servirle de ayuda adecuada, satisfacerlo sexualmente y darle hijos antes que hijas.

 

            La mujer era la tentadora de Adán  y por tanto la peligrosa y sospechosa. En consecuencia había que acercarse a ella con cautela, y sobre todo mantenerla siempre sometida.

 

            La mujer era propiedad del varón. Antes de casarse lo era del padre y después del marido. Si quedaba viuda era propiedad de los hijos varones o de nuevo del padre.

 

            La mujer era ritualmente impura durante la menstruación y hasta siete días después. Si tenía un hijo varón era impura 40 días después del parto, pero si era niña hasta 80 días, por lo que tenía que ir al templo a purificarse. Durante ese tiempo nadie debía acercarse a ella. Incluso los objetos que tocaba quedaban contaminados. De todo esto derivaba su exclusión del sacerdocio ritual, de la participación plena del culto y de acceso a las áreas más sagradas del templo. La mujer era fuente de impureza.

 

            El esposo podía repudiar a su mujer por una tontería, como que se le quemara la comida, o simplemente porque viese a otra que le gustase más, pero ella por ningún motivo podía repudiar a su esposo.

 

            En tiempos de Jesús esta visión negativa de la mujer aún era más severa porque se la consideraba además frívola, sensual, perezosa, chismosa, desordenada, según la describe Filón de Alejandría contemporáneo de Jesús. Flavio Josefo lo resume diciendo: “la mujer es inferior al varón en todo”.

 

            La mujer debe estar recluida en casa para protegerla de la agresividad sexual de otros hombres. De lo contrario deshonraría a la propia familia. Para evitarlo era más seguro mantener a las mujeres cerradas en casa. A su marido tenía que llamarle “mi señor”.

 

            Su trabajo era moler el trigo entre dos piedras, cocer el pan, cocinar, tejer y lavar el rostro, las manos y los pies de su marido; satisfacerlo sexualmente y darle hijos, ante todo varones. Aún en culturas contemporáneas existen estos estereotipos.

 

            Si es cierto que dentro de la casa era relativamente bien valorada, fuera de ella era como si no existiera. No podía alejarse de la casa sin ser con su marido, y fuera de ella no podía ni siquiera hablar con él, además de llevar el rostro oculto por un velo. Las que se alejaban de casa sin la compañía de un varón eran consideradas de mala vida y sospechosa reputación sexual.

 

            No podía tomar parte en banquetes. Su testimonio no era aceptado como válido.     

 

            En el templo e incluso en la sinagoga debían estar separadas de los hombres y solo podían acceder al atrio de los paganos (no israelitas). En las celebraciones religiosas bastaba con que estuviesen los hombres, ellas no hacían falta, porque ante Dios no tenían la misma dignidad. Por lo mismo no se les debía enseñar la Ley de la Torá (libro de la Ley de los Judíos) porque harían mal uso de ella: antes quemarla que confiarla a una mujer, decían los varones.

 

            Está claro que estamos ante una sociedad machista al máximo con discriminación total de la mujer, tanto en lo público como en lo religioso. Tal vez en las aldeas y pueblos pequeños esta discriminación, aunque era grande, no lo era tanto como en las ciudades. De su crudeza es un ejemplo la oración que recitaban todos los días los varones: “Bendito seas, Señor, porque no me has creado pagano, ni me has hecho mujer, ni ignorante”.

 

            Este era el contexto social tan hostil a la mujer donde Jesús desarrolla su vida pública. Esto hace que el comportamiento de Jesús con las mujeres sea de mucho más valor e importancia de lo que pudiera parecer a primera vista.

 

            Leyendo el Evangelio descubrimos que las mujeres que se acercan a Jesús son:

            -Mujeres del entorno social más bajo de aquella sociedad.

            -Mujeres que se acercan a Jesús para que les eche una mano y las cure, como María de Magdala, que estaba muy enferma. Eso nos quiere decir el Evangelio al señalar que tenía siete (número simbólico en la Biblia) espíritus malignos.

            -Mujeres viudas e indefensas, esposas repudiadas, sin recursos, poco respetadas y consideradas de fama más que dudosa.

            -Algunas incluso prostitutas, consideradas todas como la peor fuente de impureza y contaminación moral. Eran tanto o más “prostitutos” los hombres pero no se les aplicaba esta connotación ética tan negativa.

 

            A todas estas mujeres las acogía Jesús junto con todos los entonces considerados pecadores, y que incluso se sientan a comer con Él. La mesa de Jesús, donde acoge a todas y a todos, no es la mesa judía donde solo podían sentarse los varones, ni es la mesa ritual de los fariseos.

 

            Cuando Jesús nos habla de los pobres a los que anuncia una buena noticia, nos quiere decir que llega a los pobres y a las pobres, que ellos y ellas serán los primeros y las primeras en el Reino de Dios.

 

            Jesús defiende públicamente a aquellas mujeres tachadas de prostitutas por los escribas y fariseos que se consideraban los puros y santos cuando les dice: “hipócritas y farsantes: hasta las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos”.

 

            Algunas mujeres acompañaban habitualmente a Jesús, junto con los demás discípulos, como Juana, María, Susana y Salomé, y otras más que iban con El desde Galilea.

 

            -Los fariseos criticaban a Jesús porque acoge a pecadores y pecadoras; las acepta y se deja acompañar por ellas. Pero Jesús no se asusta ni las condena. Las acoge con amor comprensivo. Aquellas mujeres nunca habían estado tan cerca de alguien que les hace recobrar su dignidad. Algunas incluso lloran de emoción y agradecimiento como María Magdalena, sin duda una de las más desgraciadas de todas, que se arrodilla a sus pies, se los lava con sus lágrimas, y tan pobre era que no tiene otra cosa para secárselos que sus cabellos. Estas pobres mujeres no se consideraban dignas de nada, y menos de Dios.

 

            Estas mujeres encuentran en Jesús a alguien que las acepta, las valora, les devuelve su dignidad, se acerca a ellas sin recelos ni prejuicios, hasta el punto que algunas de ellas, probablemente las más solas y marginadas, se aventuran a seguirlo por los caminos de Galilea, porque en el movimiento de liberación de Jesús y su acercamiento a los más pobres y marginados ven una alternativa  de vida más digna y humana. Solo ven en Jesús respeto, comprensión y una simpatía hasta entonces desconocida. Jesús no pronuncia una sola palabra contra ellas, antes al contrario, les dice a los hombres que el que las mira con malos deseos ya ha cometido adulterio en su corazón, y más porque los hombres de entonces consideraban mucho más grave la seducción de la mujer que la lujuria del varón.

 

Todavía en nuestra sociedad se considera más grave un desliz en la mujer que en el hombre, pero Jesús en aquella sociedad pone el acento en la responsabilidad de los hombres. No pueden justificarse culpabilizando a las mujeres de su mal comportamiento.

 

En aquella cultura judía la mujer que no tenía hijos ya no servía para nada. Pero para Jesús tener hijos no lo es todo en la vida, por lo que a aquella mujer que le dice “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron”, Jesús le contesta “dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

 

            Otra escena muy elocuente es aquella  del Evangelio que hoy comentamos. Al final se quedan solos Jesús y ella.  Jesús la mira y le dice: “Mujer, ¿nadie te ha condenado?”. Ella que acaba de librarse de morir apedreada, le contesta a Jesús: “Nadie, Señor”. Y Jesús le contesta: “Tampoco yo te condeno, vete en paz y no peques más”. Jesús confía en ella y de sus labios no brota la más mínima reprensión ni condena.

 

            Jesús hace a las mujeres salir del anonimato y acceder a la luz pública. Ensalza su trabajo, como en la parábola de la levadura haciendo el pan, en la búsqueda por toda la casa de las monedas perdidas, en la viuda que exige y consigue justicia del juez. Ensalza la generosidad de aquella viuda que solo tenía dos monedas de cobre y echa las dos en el cepillo. Los demás echaban de lo que les sobraba, pero Jesús reclama la atención de los discípulos hacia ella y les dice: “esta viuda ha echado más que nadie porque echó todo lo que tenía para vivir” Otra mujer que llevaba varios años enferma de pérdidas de sangre, enfermedad entonces considerada indecente, se acerca a Jesús con mucha fe, le toca el vestido y sin más queda curada. Jesús la rehabilita ante los demás diciéndole públicamente: “Tu fe te ha salvado, ya estás curada, vete en paz”. En otra ocasión Jesús alaba la fe grande de una mujer de Tiro que le pide que cure a su hija y le dice: “grande es tu fe, que te suceda como quieres”.

 

            ¿Por qué aparecen con tanta frecuencia las mujeres viudas en torno a Jesús para pedirle ayuda? La respuesta es evidente: porque además de ser mujeres, son las personas más solas, más indefensas, más marginadas, más despreciadas. Eran las personas más pobres entre los pobres. Así pasa hoy, por ejemplo, en Ruanda como en tantos países pobres de África: las mujeres son las personas más desgraciadas de todas, son los más pobres entre los pobres de nuestros días, son las que cargan con el peso de los hijos, con el peso del trabajo, con la marginación más absoluta, con la falta de escuela, con la incapacidad de decidir, con la esclavitud física y sexual. La pobreza (en todas sus manifestaciones) tiene nombre de mujer. El 70 % de los pobres del Tercer Mundo son mujeres.

 

            Los fariseos y saduceos rechazan y critican a Jesús por su comportamiento hacia los más débiles, y en especial con las mujeres. En una ocasión Simón el fariseo invitó a Jesús a comer a su casa junto con otros “notables” fariseos. Lo que pretendían  todos era sondear a Jesús. Incluso Simón fue muy descortés con Jesús: Era costumbre besar al visitante  al entrar, y ofrecerle agua para lavar los pies, toalla para secarlos, perfume para refrescarlos y aceite para ungir la cabeza. Palestina es una región muy calurosa. Los pies sufrían especialmente al pisar la tierra caliente. Pero Simón nada de esto ofreció a Jesús. En cambio una mujer conocida en todo el pueblo como pecadora entró a donde estaba Jesús: como no tenía otra cosa, con sus lágrimas le lavaba los pies, con sus cabellos  se los secaba, y con el perfume que llevaba se los iba refrescando. Aceite no tenía: solo lo tenían los que tenían tierras y olivos. Jesús, en presencia de todos para que se enteren bien, le dice a Simón: “Tu no me diste ni beso, ni agua, ni toalla, ni perfume, ni aceite. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies, de lavarlos con sus lágrimas, de secarlos con sus cabellos y de refrescarlos con perfume. Por eso te digo que quedan personados sus muchos pecados porque muestra mucho amor”. Ahora Simón y ellos puestos en evidencia se preguntan: ¿quién es este que hasta perdona los pecados? Pero Jesús le dice a ella: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. Jesús no tuvo para ella ni un mal gesto, ni una palabra de reprensión, ni el más mínimo reproche. Al contrario, la ensalza a ella ante todos ellos y los deja en mal lugar, sobre todo a Simón porque lo había invitado con bastante mala intención y lo trató con mucha descortesía.

 

            Hay más hechos de Jesús significativos de su especial consideración con las mujeres indefensas, como la viuda de Naín, que se ve sola, sin marido y con su hijo muerto que ya lo llevan a enterrar. Ella va detrás llorando. Nada más verla, Jesús le dice: “No llores más”. Inmediatamente le devuelve a su hijo vivo. Otro tanto hace con las dos hermanas de Lázaro, Marta y María, que vivían en Betania y a quienes Jesús quería mucho. Con frecuencia se hospedaba en su casa, camino de Jerusalén. Pero Lázaro muere. Jesús está lejos. Lo avisan. Inmediatamente se pone en Camino. Al llegar las encuentra llorando y El también llora, pero va al sepulcro, manda destaparlo y devuelve la vida a Lázaro. Está también el caso de la hija de un magistrado que busca a Jesús para que vaya a curarla porque se está muriendo. Cuando Jesús llega ya está muerta, pero con gran cariño la coge de la mano y le dice: “niñita, a ti te lo digo, levántate”. La devuelve viva a sus padres. Las niñas y los niños también eran predilectas y predilectos de Jesús: “quien las/os recibe a mi me recibe”. Para Jesús vale más atarse una rueda de molino al cuello y tirarse al mar que hacer daño a un niño/a.

 

            Jesús asume la difícil tarea de iniciar un mundo nuevo, superador de muchos males, como la injusticia, el odio, la violencia, la guerra, la desigualdad, la intolerancia, el abuso del grande contra el pobre, la discriminación tanto para mujeres como para hombres (los leprosos/as, esclavos/as, y niñas eran los grandes marginados/as de aquella sociedad). Jesús asume este compromiso con los hechos y las palabras de su vida. Jesús nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. El hizo su camino. ¿Cómo hacemos nosotros hoy nuestro camino?

 

–Hacer camino es hacer justicia (“Dichosos los que tienen hambre...”, nos dice Jesús), hacer camino es hacer fraternidad (“todos vosotros sois hermanos”, nos dice Jesús), hacer camino es hacer solidaridad (el buen samaritano), hacer camino es hacer amistad (“vosotros sois mis amigos...”nos dice Jesús), hacer camino es hacer unión (“Padre que todos sean uno...”, dice Jesús), hacer camino es hacer igualdad (a nadie llaméis señor: todos vosotros sois hermanos”, nos dice Jesús), hacer camino es hacer vida (“yo he venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia”, nos dice Jesús), hacer camino es hacer esperanza (“nos gozamos en la esperanza de los hijos de Dios”, nos dice S.Pablo),  hacer camino es hacer alegría (“estad siempre alegres, os lo repito estad alegres,” nos dice S. Pablo), hacer camino es dar de comer al hambriento (tuve hambre...”, nos dice Jesús), hacer camino es dar de beber al sediento (“tuve sed..., “nos dice Jesús), hacer camino es atender al enfermo (“estuve enfermo...”, nos dice Jesús),  El lo hizo y lo enseñó. Por eso los poderes religioso-políticos de su tiempo lo persiguieron hasta sentenciarlo a muerte y asesinarlo.

 

            En esta tarea también lo acompañaron y le ayudaron las mujeres. Contar con ellas en aquella sociedad era muy difícil. De todas ellas sobresalen especialmente tres: María Magdalena, María de Santiago y Salomé, igual que entre los apóstoles destacan Pedro, Santiago y Juan. De las tres sobresale, como pasó entre ellos con Pedro, María Magdalena. De las tres, es sin duda ella la amiga más entrañable y querida por Jesús. Antes de conocer a Jesús vivía desquiciada por completo (“poseída por siete espíritus malignos”). No sabía lo que era vivir de manera sana y un poco digna, pero Jesús la rehabilita. Encontrarse con Jesús fue para ella comenzar a vivir, conocer a un hombre que la ama por si misma con verdadero amor y ternura. Nadie la había mirado de esta manera. Con Jesús siente en ella la presencia viva de Dios.

 

            María es la primera en encontrarse con Jesús resucitado. Ella, muy temprano, al tercer día de la muerte de Jesús, va al sepulcro llorando. Para ella la muerte de Jesús había sido un trauma terrible. Habían matado a quien lo era todo para ella. Se encuentra con el sepulcro vacío, pero más vacía se sentía ella sin Jesús. Envuelta en sollozos se le presenta Jesús, pero ella estaba tan aturdida que no lo reconoce. Jesús le dice: “María”. Al oír su nombre pronunciado por Jesús ya lo reconoce y se arrodilla a sus pies. Jesús le dice: “vete a decir a mis hermanos que estoy vivo y que iré delante de ellos a Galilea”. Marcha a decírselo a los Apóstoles, pero ellos no le creen. Seguidamente vuelve al sepulcro con las otras dos amigas (y otras compañeras más, según Lucas) y es cuando el ángel les dice: “No busquéis aquí al que está vivo, ha resucitado”. Ellas vuelven corriendo a decírselo a los Apóstoles, pero tampoco les creen y dicen: “eso es cosa de mujeres”. No obstante Pedro y Juan marchan al sepulcro y ya ven que no está allí el cuerpo de Jesús. Pedro entra dentro (era un sepulcro abierto en la roca), pero solo están las ropas con que lo amortajaron. El Evangelio añade: “Juan vio y creyó”.

 

            Se reunieron todos y todas para comentar lo que estaba pasando, y en ese momento se presentó Jesús en medio de ellas y ellos y “se llenaron de gran alegría al ver al Señor”. (Los libros del Nuevo Testamento empiezan a llamarle a Jesús “Señor”, a partir de su Resurrección).

 

            NOTA IMPORTANTE.-El hecho cumbre de la vida de Jesús es su Resurrección. Si hubiera quedado muerto sería, o tal vez no (Palestina tenía muy poca relevancia entonces), un ilustre personaje de la Historia como otros muchos, sin duda digno como ellos de una gran consideración. Pero la gran novedad de Jesús hasta entonces nunca conocida es que resucita. Este hecho es el que van a destacar sus seguidores/as como lo más importante de su vida. Anuncian su muerte a manos de las “autoridades” político-religiosas de Jerusalén para anunciar a continuación su resurrección (sin muerte era imposible la resurrección). Pues bien, Jesús se aparece primero a una mujer (María Magdalena). Es ella la primera que anuncia a los/as demás que ha resucitado. Luego reciben la noticia, ella otra vez, junto con María de Santiago y Salomé y otras compañeras con el encargo de comunicarlo a los discípulos. Pues bien, el hecho cumbre de la vida de Jesús es manifestado, primero a las mujeres, y además ellas las encargadas de  comunicarlo a los demás discípulos de Jesús, y en concreto a los Apóstoles. Ante esto, ¿qué pasa hoy con la mujer en la Iglesia?

 

            San Ambrosio fue aclamado y designado por el pueblo para Obispo. Fue el pueblo quien lo eligió.  Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de los siete “diáconos”, elegidos por el pueblo creyente. Es más, los Apóstoles les mandan a los creyentes que los elijan y luego ellos les impondrán las manos. Son los creyentes los que eligen y designan a las personas que han de recibir el ministerio.

 

            El pueblo creyente tiene DERECHO  a ser escuchado y a que se acepte su veredicto en la elección de quienes han de ser sus ministros y ministras.  Hoy hay muchos miles de mujeres que piden ser escuchadas y reconocidas como tales en la iglesia, pero la jerarquía ni las escucha y las rechaza. Esto cambiará, pero, como siempre pasó en la iglesia, demasiado tarde. A lo mejor tan tarde que ya no haya de quien echar mano. Hoy en las celebraciones dominicales casi solo hay mujeres y cada vez más mayores. Al paso que vamos, con una jerarquía que no ve los signos de los tiempos (pues las mujeres ya están reconocidas y aceptadas en todos los estratos de la vida tanto profesional como política), acabaremos dando la vuelta a muchas llaves para cerrar puertas, no solo de iglesias, sino como está pasando desde hace años, también de conventos, monasterios, abadías, etc. La esperanza que nos queda es que la base del pueblo de Dios, los creyentes soldados rasos, sigamos creyendo en Jesús, reconociendo y viviendo el valor de su mensaje como camino y esperanza de la humanidad.

 

 Recuérdese lo que dijimos al principio sobre el uso del masculino y femenino. Cuando Jesús en la última cena dice “tomad y comed todos”, o “tomad y bebed todos”, quiere decir todos y todas: “tomad y comed todos y todas, tomad y bebed todos y todas”.  Lo lógico y además elemental es que en aquella Cena, lo acompañasen también aquellas mujeres que lo habían seguido y servido durante su actividad evangelizadora por Palestina, tratándose además de una Cena tan significativa e importante. ¿Cómo no iba a invitar Jesús a esta Cena tan especialísima a aquellas mujeres que no lo abandonaron nunca, ni siquiera lo iban a hacer en el momento tan difícil, dramático y arriesgado de su ejecución? Si con las palabras de Jesús “haced esto en conmemoración mía” dirigidas a todos y todas, ellos quedaban facultados para celebrar la Eucaristía, por la misma razón también quedaban facultadas ellas, pero la iglesia oficial no lo reconoce. Es más, se empecina una y otra vez en lo contrario.

 

La mujer, pues, tiene pleno derecho a ser admitida al sacerdocio. Tiene que llegar un día en que así sea, pero con esta iglesia actual, totalmente androcéntrica, no será posible, y tal vez ni conveniente.

 

Un cordial abrazo a tod@as.-Faustino

 

Casi todas las semanas os incorporáis algún lector nuevo a estos Comentarios semanales. Si queréis ver algunos anteriores que lógicamente no habéis recibido, los podéis encontrar en la página WEB: www.forogasparglaviana.es , en la cual se publican también habitualmente otras opiniones e informaciones de interés. Los más recientes también están publicados en mi Blog de Religión Digital o en la revista chilena Reflexión y Liberación. Muchas gracias a tod@s por la acogida que les prestáis.