A vueltas con la canonización de Óscar Romero
El retraso en la beatificación del arzobispo de San Salvador
LA NUEVA ESPAÑA 22.03.2014 | 16:59
Javier
Fernández Conde
En la Edad Media, hasta el siglo XIII aproximadamente, llegar a santo de altar: con culto reconocido oficialmente, era relativamente sencillo y también más popular. El pueblo cristiano, la mayor parte de los ciudadanos era cristiana, se encargaba de sancionar con marchamo de santidad la vida extraordinaria, admirable y digna de imitación, de muchos personajes vinculados a las respectivas ciudades, monasterios o estados más o menos grandes. Si se trataba de una ciudad determinada, era el obispo quien sancionaba con su autoridad la categoría de la personalidad venerada desde las mismas bases cristianas. Todo resultaba más fácil, previsible y creíble. Nada tiene de extraño, según esta costumbre, que los mártires fueran reconocidos y venerados como santos desde muy pronto. O que personas tan relevantes como algunos fundadores de órdenes mendicantes, Francisco de Asís y Domingo de Guzmán -un siglo antes Thomas Beckett había sido ya el perfecto anticipo de Óscar Romero-, entraran en los santorales de la Iglesia al poco de morir.
Con todo, este tipo de "procesos" del pueblo fiel podía prestarse a abusos. Y, de hecho, sucedieron, sobre todo, cuando el rey, algún magnate o determinados obispos, interponían su autoridad para subir a los altares a alguno de esos hombres colmados de virtudes. A título de ejemplo, y sin pensarlo mucho, podríamos recordar el proceso de canonización de Fernando III, rey de Castilla y León (+1252), finiquitado en el siglo XVII, en pleno absolutismo regio de los Austrias, o el proyecto de canonización de la Reina Católica en pleno franquismo ya, cuando las costuras de la "España una" comenzaban a desflecarse. Que la fe de Isabel de Castilla era muy profunda y rayana en el fanatismo, no lo duda nadie; que su calidad humana y religiosa tuviera la misma hondura, es mucho más discutible. El elenco de ese tipo de irregularidades podría resultar tedioso y, en ocasiones, casi escandaloso. La intervención de las autoridades romanas en los mencionados procesos, desde Inocencio III (1198-1216) en concreto, aparte de convertirse, en principio, en una garantía, serviría también para evitar santos espurios, pero en muchas ocasiones los nuevos beatos o santos, cuando llegaban a los altares, eran -siguen siendo frecuentemente- personas con biografías anacrónicas o extemporáneas, admirables sí, pero muy poco edificantes en la coyuntura concreta de su canonización. En muchos capítulos hagiográficos, la Iglesia ganaba en rigor con las canonizaciones romanas, pero perdía en popularidad ¡Cuesta tanto, en ocasiones, entender la "santidad" de determinados nuevos-santos! De algunos antiguos, por supuesto, pero de otros, incluso aunque su vida no esté alejada de la actualidad, también. Decíamos hace años en el Boletín Romero que nos sentíamos abrumados por la verdadera marea de santos y beatos creados por Juan Pablo II en sus largos años de pontificado. Más todavía, nos atrevemos a aseverar que a veces estamos también desconcertados por este fenómeno religioso. Tenemos una sintonía mucho más afín a la imagen del santo pergeñada hace algún tiempo por el mayor de los teólogos del siglo XX: K. Rahner: "Los santos son los iniciadores y los modelos creadores de una santidad que, a la vez que se adecua a su época particular, es obra de ella. Los santos crean un nuevo estilo; prueban que una forma particular de vida y de actividad es, de manera real, una posibilidad genuina...": Y lo decía en el contexto de la teología de los cristianos anónimos.
Con Óscar Arnulfo Romero (+1980) las cosas son diferentes. Todo el mundo sabe que este arzobispo de San Salvador murió de un disparo en el pecho, mientras celebraba misa en la sencilla capilla de un hospital de la capital centroamericana. Los milicianos-asesinos que perpetraron su muerte eran esbirros de los poderes locales: militares corruptos, políticos al servicio de una oligarquía latifundista amparada por un Estado autoritario, con los que el buen pastor de San Salvador había roto desde que tomara partido decididamente por la defensa de los más pobres, especialmente los pertenecientes al sector del campesinado. Quienes controlaban el poder político no podían tolerar el mensaje inequívoco de su última homilía: se puede, y se debe, desobedecer el contenido de las órdenes injustas de la autoridad superior, sobre todo cuando estas van directamente en contra del pueblo. Aquellas palabras del 23 de marzo de 1980. fueron su sentencia de muerte, que llegó, inmediatamente, al día siguiente..
Hace algunos años, al reflexionar sobre la condición de santo de Monseñor Romero, en el XXV Aniversario de su muerte, discurríamos sobre estos problemas. En realidad, el pueblo salvadoreño y toda América lo tiene ya en su corazón como santo. Él lo había profetizado en una de sus últimas entrevistas: "si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño". Ellos y todos su devotos, entre los que me cuento con los miembros del Comité Óscar Romero de Asturias, sin excepciones, creemos que la comunión con este obispo tiene las características propias de un resucitado. Era el año 2005, su proceso estaba preparándose y nuestra admiración por su obra con los más pobres, coronada con la muerte, la considerábamos como un verdadero martirio. "Mártir", al fin y al cabo, es morir como testigo de la fe combatida por los enemigos de Jesucristo. Por eso, creía, y creíamos, que el enfatizar sobre Romero como mártir, podía constituir una buena senda, un fácil atajo para la sanción oficial de su santidad. Si morir por Cristo convirtió a muchos cristianos en mártires a lo largo de toda la Historia de la Iglesia, dar la vida por defender la dignidad de los pobres de este mundo, los verdaderos rostros dolientes de Cristo, tendría que tener las mismas virtualidades que las de los mártires históricos.
Ahora, con el Papa Francisco las cosas para la beatificación del obispo de San Salvador parecen ir por buen camino. Nadie como este argentino revestido de las sandalias de pescador conoce mejor a Romero. Hace unos días, V. Paglia, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, en Molfetta (una pequeña ciudad del Mezzogiorno italiano), donde se estaba conmemorando el 20º. aniversario de la muerte de Tonino Bello, presidente de la Organización "Pax Christi", después de una entrevista con el Pontífice de Roma, anunciaba que el proceso de beatificación de Romero discurría ya con rapidez y que ambos "santos" -Tonino y Romero- serían beatificados a la vez, en 2017, cuando Arnulfo Óscar Romero cumplirá cien años de nacimiento.
Anhelamos ya estar presentes en el acontecimiento, en Roma o en El Salvador, y recitar con devoción, gritar, si pudiéramos, el genial poema que dedicara al obispo mártir Pera Casaldáliga, otro santo-profeta de los tiempos modernos, víctima y prisionero, desde hace años, del Parkinson, en su comunidad americana de Mattogrosso (Brasil), pero devoto indiscutible de San Romero. En el relicario de su hermosa capilla brasileira, donde pudimos rezar con él, están ya depositadas reliquias de Romero, su otra alma gemela en el episcopado: "pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo/, a dólar, a divisa/. Como Jesús por orden del Imperio/. Pobre pastor glorioso/ abandonado por sus propios hermanos/ de Báculo y de Mitra".