50 ANIVERSARIO DEL CONCILIO VATICANO II

El 11 de octubre de 1962 se inaugura el Concilio Vaticano II, siendo clausurado el 8 de diciembre de 1965. Ante la celebración del 50 aniversario de tan importante acontecimiento, se impone una reflexión tanto sobre el Concilio como sobre el tiempo que va desde su clausura hasta nuestros días, pensando tanto en los aspectos positivos como en las esperanzas defraudadas, que muchos habrán experimentado. El “Foro de Cristianos GASPAR GARCÍA LAVIANA” piensa dedicar varios de sus encuentros a intercambiar opiniones sobre las ideas nuevas del Concilio, como sobre sus consecuencias prácticas en la vida de la Iglesia, los cambios que se produjeron y lo que debía haber cambiado y siguió igual, sobre la ilusión en los tiempos inmediatos del posconcilio y sobre las posteriores decepciones. Seguro que irán apareciendo muchos artículos e incluso libros sobre este tema que, junto con nuestra propia experiencia,  nos ayudarán a hacer nuestro análisis y a formar nuestro propio criterio. A este respecto quisiera sugerir una referencia que me parece que puede ser una aportación muy válida: es el librito de José Mª Castillo, editado por PPC, Madrid, 2001. (Creo que vale como 10€) He hecho un resumen de sus 142 páginas a modo de presentación con lo que espero animaros a su lectura completa.

Pipo Álvarez.

 

LA IGLESIA QUE QUISO EL CONCILIO

José Mª Castillo

PPC. Madrid. 2001

 

 

INTRODUCCIÓN.

Si es verdad que “el hecho más importante de la vida de la Iglesia en el siglo XX es, para unos, desconocido, para otros olvidado, y, para una notable mayoría, incomprendido”, no le vendrá mal al Concilio Vaticano II la celebración de su 50 aniversario. Quizás pueda ser un aliciente para que muchos católicos, en quienes todavía no se ha producido la recepción de sus enseñanzas, lleguen a conocer la novedad eclesiológica de este Concilio y comiencen una nueva manera de vivir el cristianismo y de hacer Iglesia. Es verdad que el Concilio Vaticano II ha despertado esperanzas e ilusiones, pero también es verdad que después de un cierto tiempo han desaparecido. Enseguida un hecho tan importante pasó al olvido, por lo que se puede hablar en gran medida de fracaso. Y también hay que decir que ya hoy “los documentos de este Concilio no dan ahora mismo respuesta eficaz a los problemas que tiene la Iglesia”. Que el Concilio no fue una fuerza de cohesión de los fieles respecto a su iglesia lo demuestran la gran cantidad “de católicos que silenciosamente abandonan la Iglesia”, que el Concilio no hizo más ilusionante la entrega a la Iglesia, nos lo dice el altísimo número de sacerdotes que abandonaron el ministerio, los incontables religiosos y religiosas que se han salido de los conventos, y la llamativa falta de vocaciones tanto seculares como regulares, lo que hace que los seminarios y noviciados estén prácticamente vacíos.

La verdad es que muchos habían puesto excesiva esperanza en el Concilio Vaticano II y con una cierta ingenuidad pensábamos que se iba a producir una radical renovación eclesiástica y un nuevo modo de vivir el cristianismo. “Pero ni el Concilio fue tan revolucionario como algunos se imaginan, ni los dirigentes eclesiásticos, en los años que siguieron al Concilio, fueron enteramente consecuentes con lo que el Concilio se había atrevido a pronunciar como palabras de futuro y de esperanza”. Por otra parte, muchos fieles tradicionalistas y una gran mayoría de los eclesiásticos que pasaron a tomar las riendas de la Iglesia enseguida concluyeron que el Concilio no era la solución “ni para los problemas que se planteaban en la Iglesia, ni para los males que aquejan al mundo”. Es más, algunos pensaron que “fue el origen de la falta de seguridad y de la pérdida de autoridad que la institución eclesiástica viene arrastrando en los últimos tiempos”.

Ya en el año 1999 el cardenal Martini insinuaba la necesidad de un nuevo Concilio. Había ya entonces, como hay hoy, muchas cuestiones que hay que resolver, innovaciones que hay que llevar a cabo, cambios imprescindibles que hay que realizar, si es que queremos una Iglesia más en consonancia con el evangelio de Jesús de Nazaret, que, por otra parte, la haría sin duda más presentable y atrayente al mundo de hoy. Pero parece que las altas jerarquías de la Iglesia no están dispuestas a ello.

 

1.       EL HECHO MISMO DEL CONCILIO

Un siglo antes se había convocado el último Concilio y en él se había destacado el poder absoluto del Papa, llegando incluso a identificarle con Cristo. ¿El hecho de convocar un Concilio no era poner esto en cuestión? Es verdad, en el fondo lo que hizo Juan XXIII cuando convocó el Concilio fue poner “de manifiesto que el poder y el gobierno de la Iglesia no está concentrado sólo en el Papa, sino que ese poder lo tiene el Papa compartido con todos los obispos del mundo” y que el Papa solo no se bastaba para dirigir la Iglesia.

No se crea que esta manera de ver las cosas de Juan XXIII era compartida por todos los altos mandatarios de la Iglesia. De hecho cuando años después se redacta el nuevo Código de Derecho Canónico, éste pone totalmente en manos del Papa cualquier Concilio que se celebre, pues ha de ser él quien lo convoca, quien lo presida, quien pueda trasladarlo, suspenderlo, disolverlo, aprobar sus decretos, determinar las cuestiones que se han de tratar y hasta de establecer el reglamento al que todos se han de someter. “Se ve la tendencia de concentrar cada vez más poder en el Papa. Lo que es lo mismo que limitar el poder de los obispos y del resto de la Iglesia”.

 

2.     LA IGLESIA QUE NO QUISO EL CONCILIO

El Esquema de la Constitución Dogmática de la Iglesia, preparado por nueve teólogos que estaban relacionados con lo que entonces se llamaba Santo Oficio (hoy Congregación para la Doctrina de la Fe), presentaba a la Iglesia como una institución que tenía dos principales características: lo autoritativo y lo jurídico, se cimentaba a la iglesia en el poder y en la ley, en el poder sobre todo del Papa y en unas leyes a las que todos los fieles tienen que someterse. Tal Esquema fue rechazado por el Concilio, lo que significa que su modo de entender a la Iglesia no era la Iglesia tal como la quería entender el Concilio. Para el Concilio antes que la Eclesiología jurídica está la Eclesiología de comunión, que es la que da su verdadero sentido, su significación y su alcance al ser mismo y a todo tipo de actuación de la Iglesia en este mundo.

 

3.     LA GENIALIDAD PROFÉTICA DE JUAN XXIII

Un mes antes de iniciarse el Concilio decía Juan XXIII que éste no debía limitarse a la simple repetición de las afirmaciones teológicas tradicionales, sino que lo importante era una nueva formulación de la doctrina en la forma y proporciones de un Magisterio con un carácter sobre todo pastoral. Su intención era presentar a la Iglesia de manera que fuera una verdadera respuesta a las profundas exigencias de la humanidad. El Papa estaba iniciando un nuevo estilo de serlo. El Papa quería que la Iglesia dialogara con el mundo y con la cultura de nuestro tiempo. Decía que no se trataba de condenar nada ni a nadie, sino de mirar con simpatía, con aceptación y en actitud de diálogo al mundo en el que nos ha tocado vivir. La actitud de la Iglesia era distinta: se había pasado del anatema al diálogo. El Concilio adoptaba una postura optimista ante el mundo, ante la vida, ante la cultura y ante los acontecimientos del tiempo presente. El problema estuvo en que una vez que se acabó el Concilio, las autoridades eclesiásticas han dado muestras numerosas de seguir alimentando las ideas clericales del siglo XIX. Lo importante sería recuperar la genialidad profética del Papa Juan XXIII.

 

4.     DIÁLOGO CON EL MUNDO MODERNO

La preocupación del Concilio era sobre todo pastoral: que las mujeres y hombres de nuestro tiempo encuentren en la Iglesia un camino para acercarse a Cristo. Fue importante oír en el Concilio decir al obispo Huyghe que “muchas personas reconocen e incluso aman a Cristo, pero no descubren ni comprenden a la Iglesia. Lo que pasa es que la Iglesia en lugar de conducir los hombres a Cristo los aparta de él... Y eso ocurre porque en nuestro modo de presentar a la Iglesia todos nos equivocamos”. Lo que más se espera del Concilio, afirmaba otro obispo, es la presentación de la Iglesia en una verdadera simplicidad evangélica y en el espíritu de pobreza.

Se podría decir que la clave para entender todo lo que el Concilio quiso decir sobre la Iglesia se concentra en esta frase de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón... La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”. Para ello era imprescindible entablar un diálogo sincero y afectuoso con el “mundo”, que no podía ser considerado como uno de los “tres enemigos del alma”. Para que el diálogo sea sincero hay que escuchar al otro o a lo otro, y ha de ser respetuoso lo que presupone una predisposición a aprender, a aceptar otros puntos de vista, a dejarse interpelar para ver si en alguna medida hemos de cambiar algo. En el quehacer de un mundo mejor podemos estar juntos creyentes y no creyentes. La Iglesia tiene que ser distinta. Este cambio es imprescindible para que la Iglesia tenga credibilidad.

 

5.     EL DEBATE DETERMINANTE.

Había dos grandes tendencias entre los Padres Conciliares: entender la Iglesia como una comunidad o como una sociedad jerárquicamente estructurada. La idea de Iglesia-Comunión se impuso sin mayores tensiones a la hora de hablar de la naturaleza de la Iglesia, pero no cuando había que hablar del gobierno de la institución eclesial. No había problemas cuando se hablaba en abstracto de la Iglesia, pero sí al hablar del gobierno, del reparto de la autoridad, de la gestión del poder..., lo que afectaba al ejercicio de la autoridad del Papa y de los Obispos. Se preguntó cuál era el papel de la jerarquía en la Iglesia: ¿lo primero es el estamento jerárquico, en función del cual existe el pueblo cristiano, o lo primero es el pueblo de Dios y luego dentro de ese pueblo y para ese pueblo la jerarquía tiene una determinada función? Son dos modos de entender a la Iglesia que conducen a dos maneras distintas de organizar su gobierno y su forma de estar presente en la sociedad. No es lo mismo pensar que la Iglesia es una comunión de personas, que creer que la Iglesia está compuesta por unas personas cuya obligación fundamental es observar unas leyes, cuyo cumplimiento es lo que le da cohesión a la institución. No es difícil de entender qué concepción es la que se parece al grupo que Jesús inició con sus discípulos.

 

6.       LA IGLESIA QUE QUISO EL CONCILIO.

Frente a otras maneras de entender lo que es la Iglesia en el Concilio se impuso aquella que la definía como una Iglesia que es esencialmente y ante todo comunión, una Iglesia que es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, y en tercer lugar se destaca en el Concilio la visión de la Iglesia como Pueblo de Dios. El Concilio señala, pues, como primer elemento fundamental de la Iglesia la comunidad formada por todos los fieles, sin distinción ninguna de categorías, siendo la unidad y la igualdad lo que más ha de resaltar en ella. Esta visión de la Iglesia hace que todos sus miembros se sientan responsables y participen en el ser y en el quehacer de la Iglesia.

Pero una cosa es la teoría, en la que todos podemos  coincidir, y otra la práctica: la Iglesia está organizada de tal manera que en ella no se ve ni la unidad ni la igualdad. Hay un grupo dominante: el clero, que es jerarquía y dentro de este grupo resalta la autoridad de los obispos y sobre todos está el Sumo Pontífice.

Por otra parte, la organización de la Iglesia viene a hacer imposible que la Iglesia haga vida lo que es su razón de ser y su misión esencial que ha de consistir en “anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de las gentes” de manera que ella “constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino”. No se puede ser germen ni principio de vida con sólo bellas teorías.

 

7.     “TEOLOGÍA” DE LA IGLESIA Y “ORGANIZACIÓN” DE LA IGLESIA.

En su mayoría los padres conciliares pensaban que para que la Iglesia se renovase era suficiente hacer una nueva teología de la Iglesia y a discutir sobre ello dedicaron gran parte de las sesiones. Pero la Iglesia no se renovó aunque el Concilio hizo una nueva teología de la Iglesia. Para conseguirlo hubiera sido necesario renovar su organización, que se fija en el Código de Derecho Canónico, cuya renovación quedó totalmente en manos del Vaticano, del Papa, de la Curia Romana, que dejó prácticamente intacta la organización eclesiástica. El Concilio tenía que haber concretado unas directrices sobre el modo de coordinar y armonizar el poder del Papa y el poder de los obispos. Tendría que haber determinado cuál debía ser el papel de la Curia Romana, de la que el Concilio dio a entender que no funcionaba como debiera. Pero lo que sucedió después del Concilio fue que creció el número de Dicasterios, consejos, tribunales, comisiones... Y lo grave es que no hay leyes que regulen su funcionamiento, de tal manera que el nuevo Código sólo le dedica un solo canon (c. 360). Está supeditada a una normativa que pocos conocen. En un decreto se dice que la Curia realiza su labor “en nombre” del Papa y “con la autoridad” del Papa, si bien se añade que está “al servicio” de los obispos. Pero es un decir. De hecho la Curia es quien los nombra, los controla y les llama la atención cuando lo considera oportuno. Y es quien los traslada o los destituye. Es demasiado el poder de la Curia, sobre todo teniendo en cuenta que lo ejerce en nombre de un Papa que gobierna a la manera de las monarquías absolutas y que en la Iglesia nadie tiene derechos adquiridos. Por eso hay que decir que cambiara lo que cambiara la teología de la Iglesia, cambiara lo que cambiara la teoría, en la práctica la Iglesia sigue funcionando fundamentalmente del mismo modo que antes del Concilio. El concilio ha sido marginado y la Iglesia ha seguido estancada. Y mientras, muchas gentes la abandonan silenciosamente. Parece que Juan XXIII y el Concilio son un paréntesis en la historia de la Iglesia.

 

8.       “UNA SOCIEDAD JERÁRQUICAMENTE ORDENADA”.

Una cosa es la organización de la Iglesia y otra la estructura donde se asienta toda ella. Lo que se suele afirmar es que la Iglesia tiene una estructura jerárquica (el episcopado) y ello ya desde su nacimiento. Pero esta estructura ha tenido a lo largo de la historia distinta organización.  La figura del Papa y del obispo siempre ha existido, pero no siempre se designaron de la misma manera a las personas para desempeñar esas funciones. La comunidad cristiana siempre ha existido, pero no siempre fue igual su papel en la Iglesia en cuanto a la organización institucional: durante los diez primeros siglos del cristianismo, a cada obispo lo designaba la comunidad o iglesia local en la que iba a prestar sus servicios; a partir del siglo XI serán las autoridades centrales de Roma quienes hagan estos nombramientos. Por otra parte, a los obispos se les ha ido recortando su poder cada vez más, primero a favor del Papa, y luego aún más con la Curia Romana.

Es importante saber qué ha dicho el Concilio sobre una pregunta que es de capital importancia: la estructura de la Iglesia, es decir, el episcopado que gobierna las comunidades cristianas, ¿tiene una base sacramental o jurídica? La respuesta parece clara: su base es sacramental, pues el episcopado es la plenitud del sacramento del Orden. Pero existe la contradicción de que muchas cosas relacionadas con los obispos funcionan como si la base del episcopado fuera simplemente jurídica y no sacramental. La causa de ello fue el hecho de querer saber en qué se diferenciaba el obispo del presbítero, pues el episcopado no era un orden sino una dignidad que se añade al sacerdocio. Lo específico de esta dignidad, que no tiene el simple sacerdote, es la potestas iurisdictionis. Esta era la opinión de los grandes teólogos escolásticos a partir del siglo XII. Ahora lo que hay que preguntarse es de dónde les proviene esa “potestad de jurisdicción”. Hubo teólogos que dijeron que les venía de Dios y otros que era el Papa quien les daba el poder propio de un obispo. Ahora bien, cuando se trata del poder lo importante no es su origen sino el ejercicio de ese poder. Gregorio VII, siglo XI, y sus teólogos “inventaron” una teoría: en el orden eclesiástico todo poder deriva del Papa, basada en una argumentación falsa, pues la razones se sacaron de las Falsas Decretales, recopilación que apareció por el año 850, sabiéndose hoy que de 324 documentos 313 no eran auténticos. Al contrario, en la Iglesia ya desde san Cipriano (s.III) se tenía el convencimiento de que el texto de Mt. 16, 13-19 (... tú eres Pedro y sobre esta piedra... y cuanto atares en la tierra quedará atado en el cielo...) se refería no sólo a Pedro y sus poderes, sino a todos los apóstoles, siendo este el texto que se leía en la ordenación de obispos.

¿Qué es lo que el Concilio dijo sobre esta cuestión de si el episcopado tiene una base sacramental o jurídica, o lo que es lo mismo: todo lo que es un obispo le viene del sacramento o hay algo en él que tiene otro origen distinto? El Concilio dijo que el episcopado “confiere la plenitud del sacramento del orden”, pero al mismo tiempo dijo que los oficios de enseñar y de regir que los obispos tienen no pueden ejercitarse sino en comunión con la cabeza y miembros del colegio episcopal, “no puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice”. No sólo individualmente, sino también colegialmente, pues el colegio de los obispos no puede constituirse “a no ser que el Papa los llame o al menos apruebe la acción unida de ellos o la acepte libremente” (LG 22,3).

¿En la práctica cómo se ejerce esta necesaria comunión de los obispos con el Papa? El Papa gobierna a través de la Curia romana, que es, pues, el vehículo de comunión entre el papa y los obispos. Se pasa de lo sacramental –la comunión- a lo jurídico –la Curia romana. Según los textos del Concilio la estructura de la Iglesia tiene una base propiamente sacramental, pero en la práctica diaria de la vida, las cosas están organizadas y se ejecutan desde una base propiamente jurídica. La Iglesia funciona de acuerdo con lo que manda o prohíbe el Papa, el Derecho Canónico y las decisiones que se toman en la Curia romana. Podríamos decir que hay unas leyes y un poder ejecutivo: la Curia, y, por encima de todo, el Papa. En este tema al Concilio le ha faltado coherencia: a veces habla de la Iglesia como el pueblo de Dios y otras como sociedad jerárquicamente ordenada. El capítulo segundo y tercero de la Constitución sobre la Iglesia “no tienen la misma fuente, no son de la misma inspiración”, el tercero tiene una “óptica más jurídica, más piramidal que comunitaria”, decía en Bruselas el cardenal Suenens en el año 1970. Es claro que el concilio no ha logrado una armonización entre la Iglesia-comunión y la Iglesia-institución. Muchos piensan que el poder es necesario para mantener la comunión. Pero a veces resulta que es precisamente el poder quien rompe la comunión debido a pretender, más que una comunión, una praxis y un pensamiento únicos.

 

9.     EL PAPA Y LOS OBISPOS.

El Concilio en su Constitución sobre la Iglesia hace dos afirmaciones: 1. El Papa es sujeto de la suprema potestad en la Iglesia, que ejerce siempre libremente. 2. El Colegio Episcopal es también sujeto de esa suprema potestad, pero ha de ejercerla con el consentimiento del Romano Pontífice.

Inmediatamente nos surge esta pregunta: ¿cómo es eso de que el Concilio hable de dos poderes supremos, siendo además que el uno está enteramente condicionado por el otro, de tal manera que en realidad parece que haya un solo supremo poder?

Para entenderlo hay que recurrir a la historia. Así, según palabras del dominico Y. Congar durante el primer milenio se tenía el convencimiento de que “el poder pastoral había sido concedido igualmente al conjunto de los obispos”. Será en el siglo XI con Gregorio VII cuando los obispos perdieron autoridad y Roma se atribuyó el derecho de controlar las creencias, las leyes, las prácticas religiosas y las decisiones de cada obispo en todo el mundo.

Cuando en el siglo XV llegó a haber en la Iglesia tres Papas, se convoca el Concilio de Constanza (1.414-1418) el cual, para solucionar el problema, afirma que “un Concilio general, representando la Iglesia católica militante tiene el poder inmediato de Cristo, al cual (poder) todo ser humano, sea cual sea su dignidad, aunque se trate del Papa, está obligado a obedecer”. En el 1431 el Concilio de Basilea reafirma este criterio. Pero cuando el asunto de los tres Papas se solucionó, el Concilio de Florencia en el año 1439 vuelve a la idea de que el Papa tiene el primado sobre la Iglesia universal. El Concilio de Trento no se atrevió a tratar este asunto. En el Concilio Vaticano I se seguía con el convencimiento de que por muy supremo que fuera el poder del Papa, también el conjunto de los obispos era sujeto de ese mismo poder supremo.

Volviendo a las afirmaciones del principio de este capítulo que resumen la doctrina sobre este tema, hay que afirmar que el Concilio Vaticano II ha seguido la línea de la reforma de Gregorio XI consagrando la doctrina de que quien tiene verdaderamente el poder supremo en la Iglesia es el Papa. Lo que dice del colegio episcopal es mera retórica.  Por otra parte es evidentemente contradictorio afirmar que el Colegio de los obispos ostenta la suprema potestad pero que no puede ejercerla sin el consentimiento del Romano Pontífice. El canon 137, párrafo tercero afirma textualmente que “corresponde al Romano Pontífice... determinar y promover los modos según los cuales el Colegio de los obispos haya de ejercer colegialmente su función en la Iglesia”.

Por otra parte existe también contradicción entre lo que el Concilio Vaticano II afirma sobre el Pueblo de Dios y  lo que luego afirma sobre el episcopado. La razón de ser de la jerarquía, tanto del Papa como de los obispos, es el servicio a las comunidades. Por lo tanto esa potestad no se puede ejercer sin contar con la comunidad, sin dialogar con ella. Esta es la manera de armonizar el capítulo segundo sobre el Pueblo de Dios y el capítulo tercero sobre la jerarquía. Por otra parte, la potestad del Papa es conservar la unidad del episcopado y, por medio del episcopado, conservar igualmente la comunión de todos los creyentes. Esta es la razón de ser del Papa en la Iglesia y su relación con los obispos del mundo entero. Así también la estructura jerárquica ha de entenderse dentro del conjunto del Pueblo de Dios.

Tres conclusiones de lo dicho:

1.                    El Concilio Vaticano II no resuelve la cuestión sobre quién detenta la potestad suprema. No está en consonancia con la tradición de la Iglesia hasta el siglo XI que el Papa tenga sólo él una autoridad suprema.

2.                    Parece que la solución sería ir descentralizando el poder papal de acuerdo con la tradición antes de Gregorio VII, haciendo que en la práctica diaria de la vida de la Iglesia esté conjuntamente en el Papa y en los obispos.

3.                    El Papa puede conservar su función de “cabeza” del colegio. Es lógico que exista una instancia última de apelación y recurso en caso de que las iglesias locales no puedan resolver determinados asuntos.

 

10.    UNA SOLUCIÓN QUE NO SE PUEDE APLAZAR.

Hay que tener en cuenta que una cosa es el hecho del papado y otra la forma de ejercerlo. El hecho pertenece a la fe, pero no la forma de ejercerlo. Por ejemplo, el papado no tiene por qué estar ligado a la jefatura de un Estado, hoy el Vaticano, antes los Estados Pontificios. El Papa no tiene por qué ser considerado como alter Cristus, como el vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de que se diga que cuando él habla es Cristo quien habla, cuando él enseña es Cristo quien enseña. Llegados aquí el tema de la autoridad papal es lógico que se convierta en tabú, aunque identificar las propias verdades y las propias decisiones con la verdad absoluta de Dios y con la voluntad divina sea la pretensión más desmesurada de poder que se puede dar en este mundo.

Otro rasgo de extralimitación del poder de la autoridad en la Iglesia es la asociación entre salvación y poder: la salvación depende del sometimiento y de la obediencia, que es en concreto la respuesta debida al poder espiritual de la jerarquía. Esto está en contradicción con los evangelios: Jesús asoció la salvación al amor, a la misericordia, al perdón, a la bondad, a la solidaridad con los que sufren, pero nunca al poder de unas personas sobre otras. La tradición más original tampoco concuerda con este modo de poder total en el Papa y los obispos. Sin embargo el C.D.C. se establece que el Papa tiene una potestad “suprema, plena, inmediata y universal”, que “puede además ejercer siempre libremente”. La desobediencia a la autoridad tiene sus penas. En concreto, el recurrir al Concilio o al Colegio de los obispos contra un acto del Romano Pontífice debe ser castigado con una censura, que puede ser una excomunión, un entredicho o una suspensión a divinis.

Pero por mucho que digan los cánones, de los que en último término es autor el Romano Pontífice, el Papa siempre tendrá un poder limitado por el Evangelio y la persona de Jesús de Nazaret. Además tiene que estar en comunión con el conjunto del episcopado y con la Iglesia entera. Está sujeto a los decretos de los concilios ecuménicos y también al común sentir de los cristianos.

Además no es razonable, conociendo la debilidad de la condición humana en todos los aspectos de  nuestra vida, que se concentre tanto poder en una sola persona y que toda la Iglesia tenga que ir por donde un solo hombre, el Papa de turno, entienda.

No es razonable que los miembros de la Iglesia, incluidos los obispos, no tengan derechos adquiridos. Ante una decisión de Roma, del Papa o de la Curia Romana, que es el medio a través del cual el Sumo Pontífice ejerce su potestad, no cabe recurso. Cuando uno está en desacuerdo no le queda más remedio que callarse o disentir en secreto. Nadie tiene derechos eficazmente garantizados. Esto conlleva una limitación de la libertad personal de los fieles católicos. Es uno mismo el que se pone límites a sus razonamientos, a sus opiniones, a sus palabras, a sus comportamientos con el fin de no tener problemas con la institución. La situación se hace para algunos cada vez más insostenible.

 

11.    LOS CRISTIANOS QUE QUISO EL CONCILIO.

Dice la Constitución Dogmática sobre la Iglesia al tratar el tema de la Iglesia como Pueblo de Dios: este pueblo “tiene como condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios..., tiene por ley el mandato del amor... y tiene finalmente como fin la expansión del Reino de Dios”. En la Iglesia todo tendría que estar ordenado y organizado en función de estos cuatro elementos. Esto conlleva la afirmación de que lo más importante en la Iglesia no es la jerarquía, aunque casi siempre se identifique exclusivamente a la una con la otra. Cuando se habla de la Iglesia la mayor parte de la gente piensa en el Papa, los obispos y curas y religiosos y religiosas. Predomina aún una mentalidad clerical. Además del clericalismo institucional, dado que todo en la Iglesia está en manos del clero (Papa, obispos, curas).

Los cristianos que quiso el Concilio son personas que viven su fe desde la libertad, el amor y el Reino de Dios. (Omite el autor comentar lo que implica la dignidad de ser hijos de Dios. Los miembros del Pueblo de Dios, debido a esa condición de ser hijos de Dios, tienen que ser tratados por la Jerarquía, por las leyes y por la organización como tales, lo que no siempre es así).

·                       La libertad. El Concilio se refiere a la libertad que rechaza todas las esclavitudes..., que son incontables las que oprimen a las personas en el mundo moderno. Pero también se refiere a la libertad interior que respeta santamente la dignidad de la propia conciencia y su libre decisión. La cuestión determinante no es que se nos propicien desde fuera las condiciones para ser libres, sino en que cada uno de los cristianos tengamos de verdad la libertad de los hijos de Dios y seamos capaces de actuar en consecuencia. En principio el Concilio ya nos ha dicho que “se les debe reconocer a los fieles, sean clérigos o laicos, la debida libertad de investigación, de pensamiento y de hacer reconocer, humilde y valerosamente, su manera de ver en aquellas cosas de las que son expertos”.

·                       El amor. El amor y sólo el amor es lo que tiene que inspirar la vida de los cristianos, las normas internas de funcionamiento y la misma organización de la Iglesia. De aquí que habrá que repensar y reformular muchos aspectos de la Iglesia, pues hay leyes y procedimientos que no respetan debidamente la dignidad y los derechos de las personas, es decir, no se ajustan al mandato del amor. En no pocos ambientes eclesiásticos, se les da más importancia a la observancia de las leyes, a la obediencia al superior, que al cariño entre las personas, al amor fraternal. Para un cristiano por encima de todo siempre ha de estar el amor, como así hizo nuestro Maestro Jesús de Nazaret.

·                       El proyecto del Reino de Dios. El Concilio nos dice que un cristiano ha de asumir la tarea, el trabajo y la lucha por hacer cada día más presente el Reino de Dios. Este ha de ser su proyecto de vida. Y es en esto en lo que debemos emplear y gastar la inmensa energía que es en nosotros el amor cristiano.

 

El Concilio dice que este Reino brilló como una luz para los seres humanos en la palabra, en los hechos y en la presencia de Cristo. También afirma que Cristo como el “gran Profeta” proclamó el Reino del Padre “por el testimonio de su vida y por la fuerza de su palabra”. Siendo Cristo la referencia esencial del cristiano, éste, profeta como él, ha de proclamar el mismo Reino de Dios y de la misma manera que Jesús de Nazaret. La vocación cristiana es profética y sacerdotal. Todos los cristianos participamos por el bautismo del sacerdocio de Cristo y hemos de ser sacerdotes como él lo ha sido. El sacerdocio de Cristo no es ritual sino existencial. Su sacerdocio nada tiene que ver con el culto, con las ceremonias sagradas. Jesús lo que ofrece es su vida entera. La mediación privilegiada entre Dios y el ser humano no es el rito en sí y por sí, sino la experiencia humana expresada ritualmente.

 

12.  EL PAPA QUE QUISO EL CONCILIO.

El modo de ver la figura del Papa está condicionado por la eclesiología desde la que uno se sitúe, que puede ser jurídica o de comunión. Estas dos posiciones ocasionaron las más fuertes confrontaciones en el Concilio.

Cuando el Papa pierde el poder temporal, se produce un movimiento de exaltación de su poder espiritual. Al hablar del poder del Papa hay que mencionar a la Curia Romana, por quien el Papa ejerce el poder en la Iglesia. El Concilio ha dejado claro su deseo de reformar la Curia Romana, a la que se debe dar un nuevo ordenamiento, se la ha de someter a un orden distinto y a una organización diferente. Esto expresa que los obispos del Concilio no estaban de acuerdo con las competencias y el modo de proceder que tenía la Curia Romana. Habría que aclarar cuál es el estatuto teológico y jurídico de la Curia. Hay decisiones suyas que son simplemente humanas y no pueden ser presentadas o asumidas como manifestaciones de la voluntad de Dios.

Los testimonios de Congar, Häring, Rahner, Mons. Romero y otros muchos que se podrían aducir, hace que necesariamente haya que concluir que después del Concilio el sistema sigue siendo el mismo. En nuestra Iglesia sigue existiendo el miedo en muchos ambientes. Un miedo que genera falta de libertad y que inhibe la creatividad profética y utópica en obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y grupos de cristianos y laicos en general.

No se puede pasar en este capítulo sin dejar constancia de la postura ejemplarmente valiente de I. Congar, cuando después de la sanción impuesta por el Padre General de los dominicos se pregunta: ¿Qué hacer? Es esto lo que se responde a sí mismo:

1.                    “Tender hacia actitudes verdadera y puramente evangélicas.

2.                    Decir la verdad. Prudentemente. Sin escándalo provocador o inútil...

3.                    En cuanto me sea posible..., sostener a los laicos...

4.                    Esperar y aprovechar las ocasiones eventuales de manifestar afuera mi rechazo de las mentiras del sistema”.

Para terminar, volvamos a la pregunta de fondo: ¿Qué Papa quiso el Concilio? Esta pregunta tal cual no se planteó en el Concilio, pero lo que aparece en él claramente es que el Concilio considera función primordial del Papa servir a la unidad en la fe y a la comunión en la vida, ante todo entre los obispos y mediante los obispos entre todos los creyentes. Pero ello, tal cual hoy es el grado de madurez personal y social, respetando el pluralismo de culturas, tradiciones e ideologías... Hoy no es posible querer imponer un pensamiento único o una praxis única.

Para alcanzar este fin el Concilio mismo estableció unos mecanismos:

·                       La colegialidad episcopal.

·          Definir con claridad y delimitar las competencias de la Curia Romana.

·          Escuchar las preguntas, las inquietudes, las demandas... que se están haciendo muchos cristianos.

 

13. LOS OBISPOS QUE QUISO EL CONCILIO.

La teología del episcopado, tal como quedó configurada en el Vaticano II se asienta sobre tres principios: 1) la apostolicidad; 2) la sacramentalidad; 3) los tres oficios o tareas (munera) en los que se realiza la misión de los obispos en la Iglesia.

1.                    Apostolicidad.

En los comienzos del cristianismo lo que importaba sobre todo era la apostolicidad de cada Iglesia, no la del ministro.

El Concilio viene a decir que la razón de ser que justifica y explica la existencia de los obispos en la Iglesia es la fidelidad al Evangelio, al mensaje de Jesús.

Ser sucesores de los apóstoles no sólo es serlo en el ministerio al frente de la comunidad, sino que se requiere una apostolicidad de doctrina y de vida, que consiste en la fidelidad a la forma de vida y doctrina de los apóstoles.

Pero hay hoy ambientes en los que lo determinante, cuando se piensa en los obispos, es lo jurídico, lo canónico, lo litúrgico, la exacta fidelidad a la ortodoxia doctrinal y a lo que viene de Roma, las cualidades para el gobierno, el mando y la diplomacia, pero ya no tanto la coherencia ejemplar con el Evangelio, con la forma de vida y la enseñanza que tuvieron los apóstoles de Jesús.

 

2.                    Sacramentalidad.

Desde la Edad Media se discutía sobre la sacramentalidad del episcopado. Los teólogos medievales afirmaban que el episcopado no es sacramento, sino que todo se reduce en el ser obispo a que el Papa a algunos sacerdotes les confería la potestad de jurisdicción para gobernar una diócesis. El Concilio zanja la discusión diciendo que el episcopado, y todo lo que comporta ser obispo, es sacramento. En la ordenación episcopal los obispos reciben de Dios (mediante el sacramento) los poderes propios de un obispo. Lo cual quiere decir que esos poderes no los reciben del Papa.  Pero en la práctica esto no supuso una novedad, ya que el Concilio sigue diciendo que el oficio de enseñar y de regir, por su naturaleza, no pueden ejercitarse, sino en comunión jerárquica con la cabeza y miembros del Colegio. El poder sigue igualmente antes que después del Concilio, quedando concentrado todo el poder en el Papa. Los obispos no pueden ejercer la potestad de enseñar ni de gobernar sin estar unidos a la Cabeza, pero la Cabeza puede actuar sin contar con el Cuerpo, lo cual a muchos no les parece razonable y dicen que éste es uno de los grandes problemas que tiene la eclesiología.

 

3.                    Los tres oficios.

 

a.                     La predicación del Evangelio. Pero ello no da pie a poder imponer a la gente las teorías u opiniones que a ellos se les ocurra, ni doctrinas que están en discusión o cuestiones de carácter filosófico, científico, económico, político...

 

b.                    La santificación de los fieles.  Llama la atención el protagonismo que el Concilio concede a la jerarquía en la celebración del culto cristiano. En el capítulo segundo es el Pueblo de Dios el protagonista es la comunidad entera. Decir que ellos son “los que santifican a los fieles” contradice la tradición fundacional de la Iglesia. No se les puede atribuir a los obispos lo que en realidad pertenece a Dios y nada más que a él. La teología sobre el episcopado necesita ser revisada para lograr formulaciones que resulten más coherentes.

 

c.                     Regir a las Iglesias particulares. Lo que el Concilio dice al respecto que el “oficio” y la “vida” del obispo se han de fundir y esa vida ha de ser un “servicio” a la comunidad edificándola en la verdad y en la santidad sobre todo con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también ha de gobernarla con su autoridad y con su potestad sagrada.

 

Uno de los logros del Concilio fue establecer una vinculación inseparable entre poder y servicio en la misión y en la tarea de los obispos. Pero esto comporta sus inconvenientes:

 

·     Cuanto más poder uno alcance más servicio, o más bien, uno puede hacer en la iglesia. De ahí la legitimación y hasta la santificación de las apetencias de poder.

·     El mejor modo de alcanzar el poder y de conservarlo es a través de la “obediencia”, haciendo siempre lo que quiere el superior, por lo que, además de ser sumiso, ha de medir bien siempre lo que dice y lo que hace.

 

·     Jesús no ha buscado el poder, ni lo ha tenido, más bien parece que lo ha reusado. Entonces, ¿cómo compaginar el ejercicio del poder y el estatus donde es situado el que lo ostenta con la vida de Jesús? No hay otro camino que disfrazar de bien y de generosidad lo que a veces parece que es apetencia de protagonismo, de autoridad y mando.

 

·     Al identificar el poder y el servicio se puede pensar que se consigue mayor bien cuanto con más celo se ejerza el poder.

 

Como consecuencia de todo lo dicho en los ambientes eclesiásticos se palpa muchas veces un autoritarismo disfrazado de ejemplaridad evangélica que nadie entiende ni puede entender. También se encuentra una autosuficiencia y una dificultad bastante seria para dialogar sobre todo con los que piensan o viven de manera distinta a lo que oficialmente permite la autoridad superior.

La teología del episcopado está todavía a medio hacer. Y, sobre todo, la organización eclesiástica necesita ponerse en sintonía con lo que realmente quiso el Concilio.

 

14.  LOS PRESBÍTEROS QUE QUISO EL CONCILIO.

El Concilio Vaticano II perfeccionó y enriqueció notablemente el sacramento del Orden. Los escolásticos de los siglos XII y XIII entendían el sacerdocio como el poder para consagrar la eucaristía. En el siglo XVI el Concilio de Trento añadía a ese poder el de perdonar los pecados. Los ministros de la iglesia eran vistos como los hombres del culto y del altar, de cuyo oficio vivían. Ser sacerdote conllevaba entrar en un estamento privilegiado de la sociedad en el que se podían obtener notables beneficios. Era un modo de vivir en el que, además, se podía hacer carrera.

El Concilio cambia radicalmente esta visión al decir que el sacerdocio lleva consigo tres cosas: predicar el evangelio, apacentar a los fieles, reuniendo a la familia de Dios como una fraternidad, y celebrar el culto divino. Cristo los hace partícipes de su consagración y de su misión.

Estas dos características del sacerdocio da pie a dos tendencias, según se acentúe una –la consagración para el culto divino- o la otra –la misión de anunciar el evangelio y la de pastor de la comunidad. La una acentúa el “segregatus” y la otra (el “encarnatus”,) la asimilación con aquellos a los que uno es enviado. Cuando el Hijo de Dios asume la misión de “salvación del ser humano”, se hace hombre. El Concilio queriendo conciliar ambos modos de entender el sacerdocio dirá que “Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y por su ordenación, son segregados en cierta manera en el seno del pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno, sino a fin de que se consagren totalmente a la obra de para la que el Señor los llama”. Segregado, pero no separado. Es una fórmula de compromiso que como es habitual a nada conduce. Los padres conciliares no supieron o no quisieron dar el salto que había que dar.

Si queremos entender cómo ha de ser el sacerdocio cristiano, no tenemos otro camino que mirar cómo fue sacerdote Jesucristo. En nada se pareció a los sacerdotes de la religión judía de su tiempo. Para nada se identificó con el Templo, más bien al contrario. El sacerdocio de Cristo no fue un sacerdocio ritual sino existencial. A partir de Cristo el sacerdote no es el hombre que se separa de los demás, sino el que comparte, en solidaridad, la vida y el sufrimiento de aquellos con los que convive. A juicio del autor de la Carta a los Hebreos, Cristo se capacitó para ser un buen sacerdote y fiel a Dios precisamente porque compartió hasta lo más hondo lo que sienten y viven los demás. La fórmula “segregados, pero no separados” no expresa la radicalidad de lo que realmente fue el sacerdocio de Jesús, que vivió con todos y concretamente se solidarizó con los enfermos, pobres y pecadores hasta el extremo de escandalizar. Jesús no exigió a sus discípulos ni obediencia a un superior, ni les obligó a separarse de las mujeres con las que compartían la vida, ni les pidió amor a la pobreza, sino solidaridad con los pobres. El Concilio, sin embargo, organiza la vida de los presbíteros en torno a la obediencia, al celibato y la pobreza, lo que parece conectar más con el estilo de vida monástica que con los discípulos misioneros que él quiso.

El Concilio, al quedarse en la ambigüedad, propició el enfoque conservador que se dio posteriormente al sacerdocio acentuando el carácter de “segregatus” que para nada aparece en la vida de Cristo. Y parece que esto gusta más a los jóvenes sacerdotes de hoy, que ven más atrayente la dignidad, la distinción y el rango propio de una vida que se dedica a lo sagrado. Esta deriva de la Iglesia desilusionó a muchos sacerdotes y laicos.

 

15.    ¿RENOVACIÓN O CRISIS DE LA VIDA RELIGIOSA?

El Concilio dice que la vida religiosa en la Iglesia, aunque no pertenezca a su estructura jerárquica, pertenece, sin embargo, de una manera indiscutible a su vida y a su santidad.

Resaltemos dos cuestiones:

· La tentación de los religiosos (as) de considerarse superiores a los demás.

Hay que tener claro que lo que define y configura a la Iglesia entera, y a todos en ella por igual, es lo sacramental: el bautismo, la confirmación y la eucaristía, que comportan tal exigencia que todo lo demás queda en el plano de lo secundario. Por eso, no parece exacto que el Concilio diga que el fiel cristiano por los votos “se entrega totalmente a Dios” y menos aún afirmar que el estado religioso “imita más de cerca y representa perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo”, como tampoco es de recibo decir que los religiosos “son capaces de asemejar más la vida del hombre cristiano con la vida virginal y pobre que para sí escogió Cristo N.S. y abrazó su Madre, la Virgen.

 

· Los consejos evangélicos, castidad, pobreza y obediencia, son constitutivos de la vida religiosa.

Hay que decir que estos valores, además de ser hoy poco apreciados, porque la sexualidad ya no es vista como un peligro o algo negativo, porque la pobreza como tal no significa más que desgracia, miseria y porque la obediencia o sometimiento, no ya a Dios sino a otra persona, mande lo que mande, es lo más opuesto al sentido de la libertad y de la responsabilidad inalienables que tenemos todos. Además, porque los consejos evangélicos tienen una insuficiente base bíblica y en no pocos puntos discutible.

 

Hoy los que sienten la llamada del Espíritu para vivir con radicalidad la vida evangélica parece que más bien se inclinan a integrarse en una ONG o en un voluntariado, escuchando así la llamada de Dios en el clamor de los más pobres a los que solidariamente entregan su vida con generosidad durante un tiempo determinado. Lo decisivo es que haya personas en la Iglesia que vivan de tal manera que, por su misma forma de vivir, representen una interpelación, una llamada y un estímulo para todos, que haya personas que digan algo distinto a las consignas que nos dicta el pensamiento único, esa forma de ver la vida que lo ha reducido todo a mercancía, bienestar y satisfacción plena, resignadamente acomodados al sistema, sin salirse de lo establecido. La vida religiosa tendría que ser un grito de protesta en la sociedad y en la Iglesia contra las incontables formas de agresión contra la vida y la esperanza que se cometen a diario por todas partes.

 

16.  LOS LAICOS QUE QUISO EL CONCILIO.

Durante siglos los laicos eran como la clientela del clero. Estos eran los únicos que entendían de los asuntos de la Iglesia y los que podían tomar decisiones dentro de ella. El único derecho de los laicos es dejarse conducir dócilmente, seguir a sus pastores. En cada diócesis, el que decide es el obispo y en cada parroquia, el párroco.

Los laicos han sido, junto con los obispos, los miembros de la Iglesia más revalorizados por el Concilio; han conseguido una vitalidad y un protagonismo que antes no tenían. Se les pide salir de su pasividad y participar responsablemente en la vida de la Iglesia.

El Concilio señala que los seglares tienen el derecho de recibir de sus pastores los bienes espirituales de la Iglesia, sobre todo la Palabra de Dios y los sacramentos. Han de hacer saber a los obispos y sacerdotes sus necesidades y deseos e incluso están obligados a manifestarles su parecer en asuntos concernientes al bien de la Iglesia.

 

Habría hoy que pensar si este derecho se respeta en la Iglesia, sobre todo en el medio rural. La escasez hoy de sacerdotes lo impide. El número de parroquias que muchos tienen lo hace imposible. ¿No habría que cambiar el modo de llegar a ser sacerdote en una comunidad y el modo de serlo? Ello no siempre fue como hoy y por consiguiente es un asunto que pudiera cambiar.

 

Sobre la ayuda que pueden prestar los laicos hay que tener en cuenta que para ello es necesario que los párrocos y los obispos, que suelen ser muy autosuficientes, estén dispuestos a recibirla.

 

Es claro que en algunas cuestiones lo que el Concilio dice de los laicos puede afectar a los sacerdotes. Es lo que sucede al afirmar, por otra parte con mucha insistencia, el carácter secular de la misión de los laicos en la Iglesia. Son propios del laico los asuntos temporales, profanos. Ello implica el carácter no secular de la misión del sacerdote en la Iglesia, no debiendo inmiscuirse en los asuntos temporales o profanos. Es esta una teología al menos sospechosa. Sirvió para rechazar a los curas obreros, aunque no molestaran los curas que tuvieron una ocupación privada en la agricultura o la ganadería o dieran clase en la universidad; sirvió para rechazar el compromiso político o sindical de algunos curas con la izquierda, si bien se toleró o se aplaudió el compromiso político con las fuerzas de derechas, la labor política de los nuncios o no se hace ascos al hecho de que el Papa sea jefe de un Estado.

 

Otro problema sin resolver es cómo hay que entender el sacerdocio común de los laicos del que habla el Concilio distinguiéndolo del sacerdocio ministerial. El Concilio dice que la distinción entre ambos es esencial, no gradual. Ahora ¿cómo es posible que de un único sacerdocio, el de Cristo, se deriven dos sacerdocio esencialmente distintos?

Terminemos el resumen de este capítulo con estas palabras: “un concilio no es un punto de llegada, sino todo lo contrario: el punto de partida desde el que los cristianos en general tienen el derecho y el deber de seguir ahondando en la comprensión de la fe”.

 

17.      EL DIÁLOGO CON LA MODERNIDAD.

En el siglo XVIII se producen dos acontecimientos que cambiaron radicalmente la historia del mundo occidental: la Ilustración y la Revolución Francesa, que forzosamente tuvieron una incidencia especial en la religión cristiana que formaba un todo con la cultura y la política. Desde ambos campos se llego a la conclusión de que era necesario liberarse de la tutela de la religión. En concreto la Iglesia pierde su posición de privilegio en la sociedad. De ahí su enfrentamiento con lo nuevo, lo moderno, el progreso, las libertades...,  que encarnó Pio XII, quien para algunos combinó en su persona elevadas aspiraciones espirituales y una exagerada ambición de poder y de control. Este Papa hablaba de todo, entendía de todo y dictaminaba sobre todo, imponiendo sus puntos de vista en casi todos los ámbitos de la vida. Pio XII reproducía la vieja imagen del saber y del poder de la Iglesia que se aferraba a seguir ocupando el centro de la cultura y a seguir siendo el punto de referencia para el conjunto de la sociedad.

Así las cosas, aparece Juan XXIII y convoca el Concilio. Hay un cambio de mentalidad: la iglesia reconoce que el centro ya no está en la religión sino en la vida, ya no está en la cristiandad, sino en el bien de la sociedad. La religión y la Iglesia tienen que estar al servicio de la vida, con una actitud de respeto a la cultura y a las instituciones en las que se desarrolla la vida de las personas. Con el Concilio se pasó del anatema al diálogo, del bastón a la misericordia. Incluso hablando de la misma Iglesia dice que “para que pueda llevar a buen término su tarea, debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la debida libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera de ver en el campo de su competencia”. Esto presupone la “autonomía de las realidades temporales”.

Por otra parte, la iglesia sabe que no está ligada a ninguna raza o nación, a ningún género de vida particular, a ninguna costumbre, antigua o reciente.

Esta es una Iglesia muy distinta a la que existió durante siglos y distinta también a la que después del Concilio quieren muchos que siga siendo. El concilio Vaticano II quiso una Iglesia menos autoritaria y triunfalista y más dispuesta a dialogar, aprender y escuchar y, sobretodo, una Iglesia que centra sus intereses y preocupaciones en quienes más sufren en este mundo. Juan XXIII había dicho que la Iglesia debía ser ante todo la Iglesia de los pobres.

CONCLUSIÓN.

¿Para qué ha servido el Concilio Vaticano II?

Lo primero que salta a la vista es que el Concilio cambió en la Iglesia una serie de cosas, que, en quienes ya éramos adultos aquellos años, provocaron reacciones muy diversas, desde la sensación de libertad que experimentaron muchas personas, hasta la inseguridad o incluso el desconcierto que se produjo en no pocos ambientes más o menos allegados a la Iglesia. Por supuesto, la gente notó enseguida que la Iglesia, de pronto, empezó a ser distinta. Desapareció el latín y la misa se decía en la lengua que se habla por la calle; bastantes sacerdotes se quitaron la sotana y muchas monjas se vistieron de paisano; se empezó a hablar de curas que se casaban o se metían en política; en los sermones se decían cosas que llamaban la atención, y los fieles ya no encontraban en la religión la seguridad que siempre habían encontrado. Todo esto, naturalmente provocó divisiones y conflictos. Fueron años verdaderamente difíciles.

Pero todo esto, ¿cambió realmente la Iglesia?

Es evidente que en los últimos cuarenta años se han producido cambios muy profundos en la teología. Como es cierto también que esos cambios, en buena medida, se deben a lo que le Concilio representó para la Iglesia. No cabe duda de que los años que siguieron al Concilio fueron tiempos de una gran creatividad teológica. Otra cosa muy distinta es lo que vino después, sobre todo a partir de los años ochenta. Fueron envejeciendo los grandes teólogos que hicieron el Concilio Vaticano II. Y las generaciones siguientes sintieron que el control de Roma fue en aumento. Hasta desembocar en los numerosos casos de teólogos que han sido destituidos de sus cátedras, lo que ha provocado inevitablemente un ambiente de miedo inconfesable (y con frecuencia inconsciente), que ha inhibido la creatividad más de lo que seguramente podemos imaginar. El ejemplo más elocuente, en este sentido, es lo que ha ocurrido con la teología de la liberación. Por otra parte la teología oficial de la Iglesia  ha dado pruebas suficientes de permanecer anclada en las posiciones más tradicionales. Sin duda alguna, el ejemplo más claro a este respecto es el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en 1992. Cuando leí este grueso volumen de más de 700 páginas, tuve la impresión de estar repasando exactamente la misma teología que yo había estudiado a comienzos de los años cincuenta, diez años antes de que empezara el Concilio. Es decir, no se puede evitar la fundada sospecha de que la enorme producción teológica de la segunda mitad de este siglo no ha traspasado la gran muralla que separa al Estado Vaticano del resto del mundo.

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El Concilio introdujo cambios profundos en cuestiones muy determinantes de la teología de la Iglesia. Pero también es cierto que dejó prácticamente intacta la organización eclesiástica. Ahora bien, lo decisivo, cuando se trata de renovar una institución, no es modificar determinadas ideas o ciertas teorías (en el caso de la Iglesia, su teología) sino modificar su organización, de manera que quede muy clara su forma y estilo de gestionar el poder, precisar con claridad quien ejerce ese poder y cómo lo tiene que administrar, saber situarse en la sociedad y precisar cuidadosamente las relaciones que se van a mantener, qué vinculaciones concretas se van a establecer con  los grupos de poder que son los que de verdad tienen en sus manos cómo funcionan las instituciones públicas, tener claro si uno pretende estar (ingenuamente) con todos, o, por el contrario, toma claramente posición a favor de quienes más lo necesitan, etc. Pero sabemos que todo esto no quedó resuelto en  el Concilio. Y ahora nos encontramos con una Iglesia que, por más que en ella haya otras ideas teológicas que no había antes del Concilio, en realidad y tal como funciona en la sociedad, sigue siendo la misma que había hace cincuenta años. De donde resulta que tenemos la Iglesia de antes en una cultura que es radicalmente distinta de la que había antes del Vaticano II.

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Por otra parte está la transformación que se produce en la intimidad de las personas. Como ha dicho recientemente A. Giddens, “de todos los cambios que ocurren en el mundo, ninguno supera en importancia a los que tienen lugar en nuestra vida privada. Por ejemplo, la nueva manera de valorar la sexualidad, las relaciones humanas, la libertad, la estabilidad en la fidelidad y, sobre todo, la importancia decisiva de la ganancia y del consumo como valores determinantes de cómo cada cual se concibe así mismo y en sus relaciones con los otros.

Ahora bien, ni el Concilio previó, ni pudo prever, nada de esto. Lo que sí dijo el Concilio es que la Iglesia no tenía que estar centrada en sí misma y obsesionada sólo por sus propios problemas, sino que es tarea suya fundamental dialogar con el mundo, con la cultura, con los gozos y los sufrimientos de las gentes de cada momento y de cada lugar. Pero la experiencia de los últimos treinta años (1970-2000) nos está enseñando que, con demasiada frecuencia, la Iglesia no está haciendo eso, sino por el contrario lo que hace es intentar afianzarse en sí misma, en sus propios intereses, en sus propios derechos, en sus propias verdades y, sobre todo, en sus propios poderes. Pero, realmente ¿a dónde lleva todo esto? Por supuesto, son bien conocidos los éxitos que consigue la “religiosidad emocional”, que mucha gente experimenta con fruición en ceremonias sagradas, en las que la satisfacción de la sensibilidad es lo que más seduce a ciertos tipos de personas. Como también es notorio “el fanatismo fundamentalista” que lleva a algunos grupos a aferrarse a la letra de la Biblia, tal como ellos la interpretan, desde un marcado carácter sectario. Naturalmente, estos grupos aglutinan a gentes que buscan en la religión una paz que, de hecho, les libera del compromiso por transformar el mundo asombrosamente injusto en que vivimos. Como es lógico estas gentes son de derechas en lo político y conservadoras en lo religioso. Pero bien sabemos que la gran masa de la población se desinteresa por completo de este tipo de religiosidad que, sorprendentemente, es la que más se protege y se fomenta desde ciertos ámbitos influyentes de la Iglesia. El hecho es que con estos procedimientos lo que de hecho se ha conseguido es que la Iglesia no encuentra su sitio en la cultura y en la sociedad actuales. Por eso su mensaje interesa cada vez a menos gente. Porque cada día tiene menos preguntas que hacer y, sobre todo, menos respuestas que dar.

¿Por qué se ha llegado a esta situación?

Lo voy a decir rápidamente y en pocas palabras: La Iglesia sigue obsesionada con el problema de su propio poder y de su propio prestigio. Porque sin duda pone en eso la clave del éxito o el fracaso del Evangelio en el mundo. Por eso, en el Concilio no se resolvió, ni se pudo resolver, el problema capital que consiste en saber cómo se ha de entender quién es el sujeto de la suprema potestad en la Iglesia y cómo se ha de ejercer esa potestad. Naturalmente, un poder monárquico (tal como hoy lo ejerce el Romano Pontífice, según la legislación establecida) aclara mucho las cosas. Pero lo que hay que preguntarse es si esa forma de ejercer el poder es la más coherente con los orígenes de la Iglesia y, sobre todo, si es la que mejor respeta los derechos de todos los miembros de la Iglesia, empezando por los obispos y hasta terminar en los simples fieles, con la corresponsabilidad que a cada uno le corresponde. Concretamente, la afirmación quizás la más importante del Concilio, que fue la afirmación de la “colegialidad episcopal” ha quedado prácticamente en una bella teoría, pero sin ninguna aplicación práctica y concreta. Porque el control que ejerce Roma sobre las conferencias episcopales y sobre el sínodo de obispos hace que la corresponsabilidad de los obispos en el gobierno de la Iglesia no pase de la obediencia y el sometimiento a la Curia Romana y, en último término, al Papa. Es más los hechos demuestran que una de las características más notables del pontificado de Juan Pablo II ha sido una política de nombramiento de obispos claramente encaminada a configurar un episcopado en el que lo que más interesa es el sometimiento incondicional a Roma. No interesan ya los obispos-teólogos o los obispos-profetas que hicieron posible el Concilio Vaticano II. Lo que importa sobre todo es tener obispos sumisos.

La consecuencia de todo esto ha sido el protagonismo, nunca alcanzado hasta ahora, que ha conseguido el Papa actual. Jamás hubo un Papa tan popular como Juan Pablo II. Y, por tanto, jamás hubo tampoco un papa con tanto poder como el Papa Wojtyla. Pero, paradójicamente, nos encontramos con que, precisamente cuando el Papa ha alcanzado el culmen de la popularidad y del poder, la Iglesia se encuentra sumergida en una de las crisis más profundas de su historia. Quizás no le falta razón a quien ha dicho que cuando el papado crece en importancia a costa del pueblo de Dios, la Iglesia católica decae en influencia moral y espiritual en detrimento de todos nosotros.

RECORDANDO ALGUNOS DATOS.

El 11 de octubre de 1962 se inaugura el Concilio Vaticano II, siendo clausurado el 8 de diciembre de 1965.

Juan XXIII: 28 de octubre de 1958 al 3 de junio de 1963 (4 años y 218 días).

Pablo VI: 21 de junio de 1963 al 6 de agosto de 1978 (15 años y 46 días).

Juan Pablo I: 26 de agosto de 1978 al 28 de septiembre de 1978. (33 días).

Juan Pablo II: 16 de octubre de 1978 al – 2 de abril de 2005 (26 años y 168 días). (13 años después del Concilio).

Cardenal Ratzinger: El 25 de noviembre de 1981, Juan Pablo II nombró a Ratzinger prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. (18 años después del Concilio) Durante 24 años.

Benedicto XVI: 19 de Abril de 2005.

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA: El año 1986 confié a una Comisión de doce cardenales y obispos, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, el encargo de preparar un proyecto del catecismo solicitado por los padres del Sínodo. Un Comité de siete obispos diocesanos, expertos en teología y catequesis, colaboró con la Comisión en ese trabajo.

NUEVO CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO: promulgado el 25 de enero de 1983.