Víctimas de la
injusticia
A los millones de personas que
murieron y mueren víctimas de una muerte injusta y prematura, ¿quién les va a
reparar una injusticia tan grande?
Juan 3,14-21: "En
aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: "Lo mismo que Moisés elevó la
serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para
que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que
entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él,
sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para
condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no
será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el
nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz
vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla
a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente
detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus
obras están hechas según Dios".
Si algo tiene mucha fuerza
dentro de nosotros es el instinto de vivir. Todos queremos vivir para siempre y
en plenitud. Jesús le llamaba vida eterna. El Dios de Jesús quiere que tengamos
vida en plenitud para siempre. Para eso envió a su Hijo al mundo, porque Dios
quiere la salvación del mundo, de todos los seres humanos y de toda la
creación. Jesús no vino para condenar, sino para salvar.
Aceptar la muerte nos resulta
siempre difícil, y si es de personas a las que estamos afectivamente muy
ligados más todavía. Incluso nos cuesta aceptar la de los animales que nos hicieron
compañía. El morir es un proceso natural e ineludible, y como tal hay que
asumirlo.
Pero sucede que los hombres nos
condenamos muchas veces unos a otros. Nos condenamos con las guerras, con las
injusticias, con los abusos de poder y de dominio, con la explotación de unos a
otros, con los juicios injustos, con las leyes represoras, con las
infidelidades, con el odio y el rencor. Nos hacemos sufrir terriblemente unos a
otros, incluso ensañándonos en el sufrimiento del otro.
Esos males que nos causamos unos
a otros y a la naturaleza hace que miles de personas y
de seres vivos mueran diariamente víctimas de una muerte injusta y prematura.
Son muertes con las que nos condenamos unos a otros. Y aquí viene la gran
pregunta: Si todas esas personas y los demás seres vivos mueren así
injustamente para quedar muertos, ¿quién les reparará una injusticia tan
grande? Aquí ya nadie lo puede hacer. Ya no vale gritar, desesperarse,
afligirse. No hay nada que hacer. Esas muertes claman justicia. Si no tienen
solución, su vida ha sido absurda, incomprensible, desgraciada, lamentable,
irreparable. Un destino así de fatal repugna a la inteligencia, contradice y
subleva los más elementales sentimientos. ¡Cuántos miles de millones murieron
así a lo largo de la historia y mueren también en nuestros días!
Yo necesito a Dios para reparar
las asombrosas injusticias de la historia y de hoy. ¿Quien si no va a reparar a
los esclavos romanos tirados a las fieras, muertos en el Coliseo para divertir
al pueblo o envenenados para probar los venenos de sus amos? ¿Y a los primeros
cristianos atravesados a espada o quemados vivos? ¿Y a los niños amarrados,
allá por el siglo XVIII, con una cadena de hierro a una vagoneta de carbón en los bocaminas de Inglaterra, muertos de silicosis? ¿Y a
tantos mineros, en el pasado y todavía hoy, víctimas de explosiones de grisú,
derrabes, etc.? ¿Y a los miles de mujeres esclavizadas en las fábricas
hidráulicas de hilaturas al comienzo de la era industrial? ¿Y a los millones de
soldados muertos injustamente en las guerras no causadas por ellos, sino por
los ambiciosos y poderosos a los que en la segunda guerra mundial los
contrarios echaban alcanfor en sus heridas para que muriesen aún más rabiados
de dolor? ¿Y a las víctimas del holocausto nazi en los campos de exterminio?
Yo necesito a Dios para reparar
a los niños de hoy mineros, ladrilleros, garimpeiros o militarizados de
Guatemala, Colombia o Brasil, y así hasta 16 países más que lo hacen. Y a los
niños que extraen el coltán para mi móvil machacando con las manos piedra
contra piedra hasta casi convertirlas en muñones? ¿Y a
los niños y niñas que vagan hambrientos, harapientos, enfermos, por los
callejones de los suburbios de las ciudades del Tercer Mundo, abandonados por
sus familias, o entregadas a la explotación sexual, o engordados para venderlos
para trasplantes o cosméticos, o dejados caer a una letrina al dar a luz, a
causa de la miseria total de sus madres?
Sí, sí yo necesito a Dios para
reparar tanto mal, tanta injusticia, tanto dolor. Nosotros solo podemos dar
algo de fe del inmenso dolor sufrido por la humanidad a lo largo de muchos
siglos. Todo eso no puede quedar así. Dios es necesario, porque nosotros nada
podemos reparar.
Jesús quiere que tengamos todos
una buena vida en este mundo, agradable, felicitante e ilusionante. Pero eso no
le basta, porque quiere que vivamos para siempre, porque a vivir para siempre
es a lo que aspiramos. No queremos morir para quedar muertos. Por eso El nos
habla de Vida Eterna. Jesús vino para salvar y salvar para siempre. El Dios de
Jesús no quiere el sufrimiento, ni para ahora, ni para después. Ahora todos
estamos en las manos unos de otros. Aparte de los sufrimientos que son fruto de
la condición humana, la gran mayoría de los sufrimientos que padecemos nos los
causamos unos a otros, y por tanto son evitables. Evitarlos no es cosa de Dios,
es cosa nuestra. Por eso Jesús nos dejó un mensaje de luz, que no solo ilumina
nuestra vida aquí sino que nos abre a la Vida más allá de esta vida.
A lo largo de la historia
millones de personas creyeron en Jesús y con sus vidas en coherencia con El nos
dejaron el testimonio de su fe comprometida con su mensaje, que les llevó a
hacer mucho bien a los demás. Gracias a esas personas creyentes también
nosotros hoy conocemos a Jesús y su mensaje de vida. Les debemos inmensa
gratitud, y no solo a ellas, sino también a las que hoy con su fe y su
compromiso nos sirven de luz, de apoyo y compañía para mantener encendidas las
lámparas de nuestra propia fe. En este sentido la iglesia en cuanto
comunidad de creyentes ha hecho posible la llegada del mensaje de Jesús hasta
nosotros. Lo urgente es que la iglesia se haga cada vez más creíble a los ojos
humanos por su testimonio de pobreza, austeridad, compromiso con los derechos
del hombre y la Naturaleza, con la defensa de los pobres, con la denuncia de la
injusticia y los injustos, con la disponibilidad de todos sus bienes al servicio
de los más necesitados, con la apertura total a la participación democrática de
todos los creyentes en toda su estructura, con la integración plena de la mujer
en ella, etc. Una iglesia que sea totalmente transparente y no solo deje pasar
toda la luz de Jesús a través de si misma, sino que la ofrezca con sus hechos y
sus palabras a todos los hombres.
Un abrazo muy cordial a tod@s.-Faustino