Homilía en la toma de posesión de la diócesis de Huehuetenango.  Julio, 14, 2012.

El texto de la primera lectura fue proclamado por Jesús en la sinagoga de Nazareth tal como lo relata el evangelista Lucas.  Cuando los ojos de todos estaban fijos en El, Jesús comenzó a decirles: “esta Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy”.

Así expresaba el sentido de su misión que Juan el evangelista  sintetizó admirablemente cuando  nos recuerda que el Señor dijo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Jesús había regresado a Galilea, a Nazaret, por la fuerza del Espíritu y porque el Espíritu lo ha ungido, El es el Mesías, ha recibido una misión que cumplirá plenamente hasta la entrega total de su vida: “como el Padre me ama, así los amo yo”.   Esta entrega total viene expresada de modo contundente cuando el evangelista Juan  recuerda “que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua”. “La sangre atestigua la realidad del sacrificio del Cordero ofrecido por la salvación del mundo: “Yo soy el pan vivo  bajado del Cielo.  Si uno come de este pan vivirá para siempre y el pan que Yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo”( juan 6.51) y el agua , símbolo del Espíritu, atestigua su fecundidad espiritual”(cfr. Nota de la Biblia de Jerusalén, capítulo 19, v. 34). La medida del amor de Dios es amarnos sin medida (San Fco. de Sales).

La fecundidad espiritual expresada en una multitud de hombres y mujeres redimidos por la Sangre del Cordero  es fruto del Amor de Dios que tanto “amó al mundo que envió a su Hijo Unigénito”, el cual, durante “su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, y a pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo….y se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”.

El sentido absoluto  de la vida de Jesús fue  cumplir los mandamientos de su Padre y permanecer en su amor. Esta orientación  fundamental de su existencia llenó cada fibra de su ser, cada latido de su corazón. Si Jesús pasó por este mundo haciendo el bien fue porque  sintiéndose amado por el Padre no podía dejar de amar a esa humanidad sufriente, la humanidad de los pobres que esperan una buena noticia, de los que tienen el corazón roto y quebrantado por las tristezas y decepciones de la vida, encerrados muchas veces en el sinsentido de sus vidas apachadas por la falta de ilusiones que apenas nacidas fueron marchitadas  por  el egoísmo y la ambición de otros y otras; es la humanidad de los cautivos  que necesitan ser liberados en su cuerpo y en su espíritu, de la esclavitud del hambre, de la desnutrición, del trato injusto y discriminatorio, de la ignorancia, de la poca estima de sí mismos porque los otros los convencieron que no valen, que son nada; de la esclavitud del pecado que conforma sociedades excluyentes, injustas, violentas, porque han hecho del dinero, del poder y el placer su único dios; es la humanidad de los afligidos y sufrientes porque les han asesinado un ser querido inocente, o los extorsionan o secuestran, con planes astutos y perversos elaborados impunemente desde las cárceles;  es la humanidad de los que lloran porque el cielo nuevo y la tierra nueva todavía no llegan, porque las semillas del Reino no crecen ahogadas por las espinas  o porque por falta de raíces no crecen y dan fruto;  es la humanidad en donde Dios no ocupa el primer lugar y por ello no es el Amor quien domina nuestras relaciones y gobierna nuestras mentes y calienta nuestros corazones.

He venido hoy a esta diócesis de Huehuetenango con la conciencia que desde el día de la ordenación sacerdotal  no fui yo quien eligió al Señor. El me eligió, sin mérito alguno de mi parte, y me destinó para ir y dar fruto y este fruto permanezca.  Al contemplar en la historia de mi vida, marcada muy especialmente por estos 23 años de ministerio episcopal en la queridísima e inolvidable diócesis de San Marcos, esta voluntad de Dios, consciente de estar envuelto en debilidades y llevar un preciosísimo tesoro en vaso de barro, no puedo sino exclamar con María: “proclama mi alma la grandeza del Señor mi Salvador porque El es el poderoso, el que hace obras grandes en mi vida, su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

Si lo esencial para ser cristiano es vivir la experiencia del ser amado por Dios en su Hijo Jesucristo para amar a los demás, con muchísima mayor razón lo es para nosotros obispos y sacerdotes y personas de la vida consagrada. El obispo, como cualquier cristiano, es seguidor del Mesías.  El sentido de su vida es ése: ser mesianista. Pero por haber recibido el sacramento del Orden  en el tercer grado, el Obispo está llamado a ser  y hacer más que cualquier cristiano. Debe encarnar en su vida esa misión de gracia en la entrega total de su vida, hasta la última gota de sangre, sin guardarse nada para sí; debe ser el servidor fiel y prudente que no busca  el honor y la fama sino  el bien del rebaño encomendado a su ministerio;  constructor de la verdadera comunión, afectiva y efectiva, entre todos los miembros del Pueblo de Dios, sacerdotes, personas de la vida consagrada , laicos y laicas sin acepción de personas; el Pastor bueno y solícito que vela para que a nadie le falte el pan cotidiano y particularmente el pan de la Palabra y de la Eucaristía;  debe ser el acompañante dedicado del pueblo en medio del cual transcurre su existencia,  participando de sus dolores y alegrías, de sus tristezas y de sus gozos;  debe ser el artífice de la paz, esa paz firme y duradera de la cual hablan los Acuerdos de Paz, todavía tan lejana  porque la injusticia campea, la mentira corroe nuestras relaciones, las esclavitudes nos dominan y hemos dejado de ser solidarios y amables los unos con los otros;  debe ser el mediador que pone paz entre las partes en conflicto; el defensor de la dignidad humana; la voz que se levante fuerte cuando sea necesario, amable y delicada  si así las circunstancias lo requieren en la defensa de quienes no pueden defenderse; debe ser el hombre que se haga todo con todos: ladino con los ladinos, indígena con los indígenas, profesional con los profesionales, campesino con los campesinos, con alma de mujer para transmitir la ternura y la compasión, expresiones del rostro de Dios;  guardián de la inocencia de los niños y niñas y  de las ilusiones y sueños de los jóvenes y las señoritas; el Obispo nunca debe olvidar que no es él el dueño de la Iglesia , que es solamente el administrador de Dios, el que discierne los carismas, que aviva el fuego del Espíritu,  que puede comprender a los ignorantes y extraviados;  el Buen Pastor  dispuesto a morir por la ovejas, no el asalariado ni el mercenario;  el obispo nunca debe ni puede olvidar que a ejemplo de Jesús debe pasar por este mundo haciendo el bien, siempre, pequeño o grande, heroico o cotidiano; en una palabra: el Obispo  debe amar a su pueblo con ese amor con el que Jesús nos amó, porque así lo quiere el Señor, por eso nos eligió y porque así permanecemos en El hasta llegar un día a contemplarlo gozosos en la vida eterna.

Qué tarea tan grande la que tengo delante de mí!  Y no está dicho todo. Si hoy estoy aquí delante de ustedes compartiendo algunas consideraciones que considero fundamentales al hablar del ministerio episcopal, me dan valor dos realidades:

1.      La palabra de Jesús que me dice: ¡Animo, no tengas miedo, Yo estoy contigo”. Lanza la red donde yo te lo indique y tendrás una pesca abundante! Yo le respondo: “En tu nombre Señor lanzaré la red”.

2.      La colaboración y el compromiso de la Iglesia particular de Huehuetenango: en primer lugar de ustedes hermanos sacerdotes. Algunos de ustedes  han vivido muchos años por estos lugares.  Son profundos conocedores de la historia de esta porción del pueblo de Dios. Vivieron los tiempos del conflicto armado, de la presencia de los misioneros y misioneras Maryknoll;  se han sacrificado por este pueblo; compartan su experiencia conmigo, recién llegado. Novato. Otros no tienen tanta historia sobre sus hombros. Poco a poco la tendrán. Cuento con ustedes, incondicionalmente. Ustedes y yo estamos llamados a ser lo que les compartí y mucho más. No podemos entristecer al Espíritu ni frustrar al pueblo que pone su esperanza en nosotros. No podemos traicionar el carisma que Dios nos ha dado: la caridad pastoral.  Yo deseo y espero de corazón que el gesto de reverencia que ustedes hicieron al principio de la ceremonia sea el reflejo real de una auténtica voluntad de construir juntos el Reino de Dios  y ser los buenos pastores a la medida del Corazón de Jesús. Una fuerza grande que sostendrá nuestro compromiso sacerdotal y nos ayudará a vivirlo con autenticidad, no con dobles vidas  ni con hipocresías que tarde o temprano se descubren, será la de una auténtica comunión que una nuestros corazones, nuestras almas y  nuestros propósitos, sin uniformarnos, respetando y valorando nuestras diversidades, sin absolutizarlas ni parcializarlas. ¡Cuento con ustedes!

3.      Hermanos y hermanas de la vida consagrada: ustedes también tienen una responsabilidad que compartir con nosotros, los del clero diocesano.  La vivencia de sus carismas particulares congregacionales, su testimonio de seguimiento radical de Jesús en la profesión de los Consejos evangélicos, su ejemplo de fraternidad, son un tesoro para cualquier Iglesia Particular. Quiero animarlas y animarlos en su compromiso de consagración. Sé que la integración y su inserción en la vida diocesana es un desafío para todos y todas. Podremos hacerlo si somos fieles a lo que el Señor hoy nos ha pedido en su Palabra: “Amémonos unos a otros”.  Un gran obstáculo para la vivencia del amor cristiano es el encerrarnos dentro de nosotros mismo, de nuestra congregación, de nuestros proyectos. También nosotros del clero diocesano corremos ese peligro: encerrarnos en nuestra Iglesia particular y levantar muros que nos impiden contemplar la universalidad de la Iglesia. Ustedes y nosotros impidamos que esos muros se levanten.  Demos un gran ejemplo de fraternidad que siempre será más exigido a quienes más se les ha dado.

4.      Finalmente me dirijo a ustedes hermanos y hermanas laicos: ustedes tienen el derecho de ocupar el lugar que deben ocupar en la misión de la Iglesia, porque ustedes son parte viva de la Iglesia.  Su voz debe ser escuchada y atendida, pero  queremos escuchar esa voz. El profeta habla de perros mudos. Es una comparación muy fuerte. Los perros mudos no ladran y por ello no alertan a sus dueños no los ponen sobre aviso. En Aparecida señalamos claramente de nuevo lo que ya el Concilio Vaticano II había enseñado en lo relativo a la identidad y a la misión de los laicos. Crezcan en esa identidad y fortalezcan su misión que es también la nuestra aunque en niveles diferentes. Como obispo recién llegado cuento con ustedes, con su disponibilidad, con su entrega, con su dedicación. La situación social, económica, política y cultural de este departamento  es complicada y a veces pareciera rebasarnos. Ustedes son los primeros que en el orden de las realidades temporales  deben ocupar los primeros puestos. Este departamento como otros en el país necesita transformaciones profundas para garantizar bienestar y  respeto a la vida de inmensas mayorías. Necesitamos su apoyo, su compromiso, su entrega.

Al finalizar esta homilía, hermanos y hermanas, quiero recordar con gratitud a quienes me antecedieron en esta responsabilidad episcopal: al obispo Hugo Gebermann (que en paz descanse), al obispo Víctor Hugo Martínez,  al obispo Julio Betancourt (r.i.p.) y finalmente al obispo Rodolfo Bobadilla, que dio cinco años más del tiempo recomendado en el servicio pastoral a esta diócesis.  A los que ya murieron el Señor los tenga en su paz. A los que viven los siga protegiendo y llenando de sus bendiciones.

Hermanos y hermanas: gracias a todos y todas por su presencia: a los hermanos obispos de Chiapas que están entre nosotros, al obispo Rosa Chávez que nos ayuda siempre a conocer más y amar a monseñor Romero; a los hermanos sacerdotes de aquí y especialmente a quienes me han acompañado desde san Marcos: Dios les pague su servicio, su paciencia conmigo, su cariño, su afecto; a las hermanas religiosas de aquí y de otros lugares, particularmente a quienes vinieron desde san Marcos: hermanas gracias por su entrega, por su cariño hacia mi persona, por su solicitud y amor por nuestro pueblo. Finalmente gracias hermanos y hermanas laicas de San Marcos y de aquí. A los de San Marcos les repito lo que les he dicho: los llevaré siempre en mi corazón y en mi mente. Y a ustedes de Huehuetenango, comenzaré a amarlos y a servirlos si ustedes me abren las puertas de su corazón y de su vida.

Gracias a los medios de comunicación que han cubierto este evento, especialmente a nuestra cadena de radios católicas ECA.

Señor nuncio: gracias por su presencia. Dígale al Santo Padre Benedicto que lo queremos y respetamos y que reitero mi disponibilidad y entrega al servicio de la Iglesia, hoy y siempre, con la ayuda de Dios y de Nuestra Señora la Santísima Virgen del Monte Carmelo, mi patrona personal (nací el 16 de julio: no lo merezco, Ella lo sabe). Gracias al secretario de la nunciatura.

 

Sigamos alegres nuestra celebración.  Alvaro Ramazzini Imeri, quinto obispo de Huehuetenango.