“Nacido de mujer”, testimonio de Pablo (cap. III)
Antes de que cualquiera de los evangelios se escribiera, y antes de que las doctrinas teológicas para interpretar la llegada de Jesús se diseñaran y se articulara cualquier tradición relativa a su nacimiento, Pablo había escrito:
Pero, al llegar la plenitud de los tiempos,
envió Dios a su hijo,
nacido de mujer, nacido bajo la ley,
para rescatar a los que se hallaban bajo la ley,
y para que recibiéramos la filiación adoptiva. (Gálatas 4,4-5).
Éstas son las primeras y más antiguas palabras escritas y conservadas en la comunidad cristiana en las que se menciona el nacimiento de Jesús. Pablo las escribió entre los años 49 y 55 de la era cristiana, es decir, entre diecinueve y veinticinco años después de los acontecimientos del Calvario y de la experiencia de la Pascua, y entre dieciséis y veintiuno años antes de que se redactara el primer evangelio. Si quisiéramos escribir un capítulo sobre lo que pensaba Pablo sobre los orígenes de Jesús saldría un capítulo muy breve pues no le preocupaban estas cosas. En el texto dirigido a los Gálatas no hay el menor indicio de un nacimiento milagroso o de una concepción sobrenatural. Pablo ni siquiera se planteaba este tema que tampoco era del menor interés para aquella primera generación de cristianos.
En esta primera carta, Pablo menciona de forma natural a Santiago, el hermano del Señor (Gálatas 1,19). Para un autor judío como Pablo, era inconcebible que pudiera haber algo extraño en el hecho de que Jesús tuviera un hermano. De hecho, Santiago, "el hermano del Señor", ocupó un puesto destacado en la Iglesia primitiva precisamente por su parentesco con Jesús de Nazaret. No obstante, unos treinta y cinco años más tarde, cuando Lucas, en el libro de los Hechos, escribió su narración sobre el encuentro de Pablo y de los otros líderes cristianos en el concilio de Jerusalén, el citado Santiago ya no se identifica con el título de "hermano del Señor" (ver Hechos, cap. 15). Sin embargo, está claro que sólo podía tratarse de él porque, antes de este capítulo, los Hechos cuentan que Santiago, el hermano de Juan (e hijo de Zebedeo), había sido ya asesinado por la espada de Herodes (Hechos 12, 1-2) y la Biblia sólo menciona por una vez a un tercer Santiago, el hijo de Alfeo. ¿Podría ser éste el Santiago que se cita en Hechos 15? Es altamente improbable y tal es la única conclusión válida si se piensa, primero, en el poder que tenía Santiago, el hermano del Señor, en la comunidad cristiana de Jerusalén, tal como lo afirma inequívocamente Pablo en su Epístola a los Gálatas, y, segundo, si se observa la ausencia de cualquier otra mención de Santiago, el hijo de Alfeo, en los primeros escritos cristianos. No obstante, no cabe la menor duda de que algo había ocurrido –en aquellos treinta años que mediaron, aproximadamente, entre Pablo y y la Epístola a los Gálatas, por un lado, y Lucas y los Hechos, por otro– como para que, en el liderazgo de la Iglesia cristiana, se suprimiera la identificación de Santiago como hermano de Señor. Pero más adelante volveremos sobre este detalle fascinante.
En la Epístola a los Romanos, que los especialistas suelen fechar entre los años 56 y 58 de la era cristiana, encontramos la segunda y última referencia de Pablo al nacimiento de Jesús. En esta carta, Pablo escribió "acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Romanos 1,3-4). Tampoco aquí encontramos ningún indicio sobre un nacimiento insólito de Jesús. Se trata de un descendiente de David "según la carne" a quien por ello se llamaría un davídico. No se dice si esta pretensión real le venía por parte de su madre o de su padre, pues el hecho de que descendiera a través de la carne tenía muy poca o ninguna importancia para Pablo.
Este texto centra su atención en la afirmación de fe como tal. Jesús "fue designado [obsérvese la forma pasiva del verbo] Hijo de Dios con soberano poder, según el espíritu de santificación por su resurrección de entre los muertos". En cuanto a quién lo designó, queda claro, por la lectura del resto de los escritos de Pablo, que nunca se refirió a la resurrección utilizando un tiempo verbal activo. Para Pablo, Jesús nunca "se levantó de entre los muertos". Siempre fue Dios quien lo resucitó (Romanos 4,24; 6,9; 10,9; Iª Corintios 15,4,13,14,15,20; Filipenses 2,9). Para el judío Pablo, Dios era uno, santo y soberano. Todavía no había surgido la idea de una Trinidad de Personas coiguales en la divinidad. Si Pablo hubiera vivido cuando surgió esta idea, sospecho que se habría opuesto vigorosamente a ella. Pablo no era, desde luego, un trinitario tal como terminó por definirse este concepto en las discusiones teológicas posteriores, influidas por los griegos.
También la idea de la encarnación, que surge asimismo del dualismo griego, habría sido incomprensible para él. Para Pablo, la acción de la resurrección sólo pertenecía a Dios, que reivindicó a Jesús, el justo judío, haciéndole levantar de entre los muertos. Además, Pablo concebía esta reivindicación como una exaltación a los cielos, no como una resurrección física de entre los muertos para volver a la vida. Si Pablo hubiera narrado este momento de intervención de Dios, sospecho que lo habría hecho en términos mucho más cercanos a lo que la Iglesia llamaría, más tarde, “ascensión” que a lo que denominó “resurrección”. No obstante, Pablo no narró sino que proclamó que Dios había hecho levantar a Jesús y, para describir aquel momento, utilizó dos palabras: "exaltación" (Filipenses 2,9) y "resurrección" (Iª Corintios 15,13).
La suposición de Pablo era que el nacimiento de Jesús había sido completamente normal. En un contexto judío no se necesita un nacimiento sobrenatural para ser declarado Hijo de Dios. De hecho, ahondar o especular en los orígenes de una vida que fue reivindicada por Dios no tenía gran importancia ni para Pablo ni, presumiblemente, para la Iglesia primitiva.
En este momento del cristianismo, Pablo (que murió hacia el año 64 de la era cristiana) aparece como testimonio de un nacimiento humano normal de Jesús. Con todo, debe observarse que, a pesar de su suposición de un nacimiento natural, Pablo desarrolló una profunda cristología. Para este primer gran pensador cristiano, en Jesús de Nazaret existía un nexo en el que lo humano se había unido con lo divino. Vio a Jesús como "Primogénito de toda la creación" de Dios (Colosenses 1,15). En el Jesús de la historia encontró una divinidad que se autoexpresaba (Filipenses 2,5-11). Pablo no necesitaba de ninguna historia extraordinaria en el nacimiento para hacer tales afirmaciones. Ni tampoco su comprensión de Jesús dependía de una intervención sobrenatural en algún punto anterior al momento de la resurrección/exaltación. Pablo era demasiado judío para esto y fue una verdadera pena que no perdurara este ancla judía para la comprensión de Jesús.
No hay tradiciones sobre el nacimiento de todas las personas. Cuando estas tradiciones surgen, constituyen un poderoso comentario no sobre el nacimiento de alguien —como suele suponer la gente— sino sobre el significado adulto de este alguien cuyo nacimiento se narra. Estas tradiciones reflejan la necesidad humana de comprender los orígenes de la grandeza de una persona que ha marcado y configurado la historia de forma importante. Estas tradiciones se parecen a las sugerencias legendarias acerca de George Washington, que, de pequeño, no dijo nunca una sola mentira, incluso cuando cortó el cerezo, o recuerdan la fascinación que más tarde despertaría la infancia de un muchacho llamado Abraham Lincoln, que, según se dice, creció en una cabaña de troncos en la frontera americana. Quizás sean inevitables estas historias. Cuando se trata de personas religiosas de gran importancia para los sistemas de creencia que han perdurado, es casi inevitable que, con el tiempo, se dé un proceso de literalización; proceso por el que los elementos legendarios de las narraciones del nacimiento se ven absorbidos hacia el terreno de la fe, y por el que los seguidores de ese sistema de creencia empiezan a sugerir que estas narraciones —de suyo interpretativas— recogen acontecimientos que sin duda sucedieron en la realidad de la historia. Esto es lo que sucedió también con Moisés y con Mahoma.
Para aquellos de nosotros que nos encontramos dentro del sistema de creencias cristiano, nuestra tarea consiste en observar primero el poder adulto de Jesús en vida que, con el tiempo, llegó a inducir las narraciones de sus orígenes sobrenaturales. Se dice que el propio Jesús preguntó una vez: "¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo?" (Mateo 22,42). De forma ciertamente ingeniosa fue la segunda y no la primera generación de cristianos la que empezó a propagar esta pregunta junto con las crecientes leyendas. A la primera generación de cristianos sólo le preocupó propagar el escándalo de la Cruz. ¿Cómo podía haberse crucificado al Mesías? Éste fue el tema que abordó Pablo como miembro de aquella primera generación de cristianos. Pero, tras su muerte, una segunda generación empezó a ahondar en los orígenes de Jesús y, al hacerlo, les pareció necesario propagar no el escándalo de la cruz sino lo que dieron en llamar "el escándalo del pesebre", tema al que dedicaremos ahora nuestra atención. (...)