Cardenales

12/02/2012 00:00

Los únicos cardenales que conozco son esas manchas amoratadas, negruzcas o amarillentas de la piel, producidas por un golpe u otra causa (RAE). Pero el lector sabe que este comentario no se refiere a los moratones dolorosos que tatúan la carne, sino a los altos dignatarios de la santa madre Iglesia católica, apostólica y romana. Etimológicamente, son las bisagras del quehacer eclesial y, a criterio del papa reinante, personas que han recibido la ordenación sacerdotal y se distinguen por su doctrina, piedad y prudencia en el desempeño de sus deberes.

Dentro de unos días, 22 destacados miembros del cuerpo eclesial serán elevados a la más alta dignidad jerárquica después de la del propio papa, aumentando progresivamente el número de quienes desempeñan funciones de dirección en la Iglesia universal. Tendrá lugar ese día una de las celebraciones litúrgicas más recargadas de boato y pompa.

No es mi propósito informar cumplidamente sobre el colegio cardenalicio, su origen y función, sino denunciar cuán alejada de la sociedad e incluso del evangelio anda la Iglesia institucional.

Si uno lee con atención los evangelios en un esfuerzo por acoplar los propios sentimientos y ajustar la vida a las máximas de conducta allí expuestas, sin pararse a escudriñar si han salido de la boca de Jesús o de las de sus más inmediatos seguidores, se expone a sufrir un desengaño traumático si los enmarca en un contexto vaticano. Mal que les pese, a muchos de los dirigentes eclesiásticos de nuestro tiempo les son aplicables las diatribas que en ellos se lanzan contra los jerarcas coetáneos. Por mucho que se esfuercen desde los estamentos eclesiales en justificar que se elige para tales cargos a los mejores, los de fe más aquilatada, los de piedad más arraigada y los más abnegados servidores de la Iglesia, desde fuera se aprecia el empeño de mantener un arcaico bastión de pompa y vanidad. Salvo que un eclesiástico, cuya mente chapotea en un magma confuso de dignidad eclesial y de servicio al pueblo de Dios, aspire a ser papa, su ambición dentro del organigrama eclesial culmina con el capelo cardenalicio de príncipe de la iglesia. ¡Cuánta sumisión e incluso esclavitud, cuántos tejes y manejes y cuánta mundanidad pueblan la trastienda de un consistorio papal! Cuando veo un hombre equipado con vestimentas episcopales, o enfundado en llamativas túnicas cardenalicias o vestido de blanco inmaculado papal, con sus mitras, birretes y tiaras, en pose ostentosa de orondo caballero altivo, una sonrisita socarrona me recorre el cuerpo. Sabiendo que tanto ornato y tantos signos de poder no añaden ni un ápice de personalidad a sus portadores, ni presuponen un hilo de comunicación directa y privilegiada con el Dios evangélico, las ostentosas celebraciones litúrgicas me parecen un cortejo de señores disfrazados, desfile carnavalesco de viva imaginación, completamente al margen del testimonio evangélico que deberían transmitir.

Seguro que para muchos esto suena a irreverencia intolerable. Ellos sabrán. Para mantener la mente abierta, formular críticas constructivas y procurar que no se socaven las creencias esclavizando a los creyentes, en estos asuntos no caben medias tintas sino cirugía. Las campanadas del evangelio las oyen hasta los sordos: los primeros y los últimos; la mano derecha y la izquierda; señores y siervos, etcétera.

Un cristiano crítico con su fe no puede menos de poner en tela de juicio la ostentación y la pompa que exhibe la Iglesia oficial. No entra en su mollera que la autoridad eclesial cristalice en dignidad de cargos, sabiendo que la autoridad es servicio y que la dignidad es atributo exclusivo de la conducta. La autoridad de poder, si no es servicio, es mero flatus vocis; la dignidad, por su parte, es solo fruto sazonado del obrar. En resumen, el cristianismo es vida propia y comunicada. Que los dignatarios eclesiásticos se vistan de una manera o de otra y se armen de unos distintivos u otros es intrascendente por muchos significados y simbolismos que se atribuyan a sus vestimentas, ornamentos, gestos y rituales.

El Vaticano semeja una corte medieval obsoleta. La liturgia, mal entendida como realce o glorificación de Dios, se recarga inútilmente de simbolismos. Lo que de esta corte de dignidades ostentosas perdura realmente y tiene cuajo en nuestro tiempo es, por un lado, el valor turístico de unas instalaciones arquitectónicas, pictóricas y esculturales excepcionales y, por otro, el desarrollo de la magia salvadora que irradia un papa, cuyo poder y gloria superan los de los emperadores y reyes, y el magnetismo de una liturgia pretendidamente celestial. Apañados iríamos si pensáramos que el papa se parece a Dios y que la corte vaticana semeja la “celestial”. El cielo resultaría entonces para muchos un lugar de mortal aburrimiento; formar parte de un coro de alabanza eterna sería incluso un martirio. Pienso, más bien, que en el cielo se sublimarán todos los anhelos, sentimientos y vivencias del ser humano y que allí se potenciará al máximo nuestra capacidad de placer debido a que Dios es la plenitud de lo existente. El cielo es realmente un paraíso. Hablo, naturalmente, de una forma de concebir las cosas que no es la de todos.

No, señores príncipes y altos jerarcas de la Iglesia católica, el cristianismo no es poder y dinero ni tiene nada que ver con instrumentos tan útiles para el funcionamiento de la sociedad, pero muy peligrosos por su propensión a lo absoluto. El cristianismo es una fe de entrega, fiducia o confianza radical del hombre en Dios; una forma de vivir en la que prima la honestidad como relación, la austeridad como fundamento de reparto y la caridad como dueña del panorama. Por ello es buena nueva para los pobres, los desheredados, los perseguidos, los humildes, los limpios de corazón y los buenos samaritanos. Si la consigna es servir, el servidor no necesita aureolas de gloria, ni ropajes de opulencia, ni enjoyarse para relacionarse con Dios y con los hombres. Todo ello son vanidades humanas que se justifican a golpe de simbolismos circunstanciales. El papa, los cardenales, los obispos y los curas necesitan calzarse las sandalias del pescador y apoyarse en el bastón de pastores para la dura misión de proclamar en calles y plazas la buena nueva que humaniza y trasciende lo efímero: que el odio ceda al amor, que todos necesitamos ayuda de todos, que el paraíso es posible y que, aunque a algunos les produzca sarpullidos, Dios anida en el hombre. Afortunadamente, las vidas de muchos cristianos no se parecen en nada a las de sus dirigentes. Los buenos ejemplos de abnegación y de entrega silenciosa a sus semejantes deberían remover el status de jerarcas que parecen pavos reales.

Si a su criterio los cardenales son presbíteros que se “distinguen por su doctrina, piedad y prudencia en el desempeño de sus deberes”, el papa les hace un flaco favor encumbrándolos al cardenalato porque, quiéranlo ellos o no, los encierra en un círculo contaminado. Sospecho que algunos, por ser tanto el poder y el dinero que se amasa en ese cónclave, estarían dispuestos, permítaseme la hipérbole de tinte blasfemo, a vender su alma al diablo para conseguir entrar.

El hombre del siglo XXI no se deja engañar fácilmente. Le divierten, pero no le satisfacen las carnavaladas eclesiásticas y sus celestiales orgías de gloria, riqueza y poder. Sin embargo, desorientado y hambriento, necesita que le prediquen sin tapujos ni eufemismos la buena nueva que alumbra el camino, alimenta el corazón e ilusiona la mente.