El invierno de los refugiados: entre el frío y la mafia

 

El flujo no se detiene en Presevo, en la frontera entre Serbia y Macedonia,

por donde cada día pasan unas 2.000 personas.

 

Por FRAN RICHART Presevo (Sèrbia).  La luz de una linterna parpadea en el paso fronterizo de Tabanovce, entre Serbia y Macedonia, en medio de una oscuridad penetrante a una temperatura de 15 grados bajo cero. El sonido de las ruedas de unas maletas tambaleándose por un camino de piedras y barro se va acercando y se mezcla con el compás de una tos infantil. “Hoy esperamos unos 600 refugiados”, dice una de las responsables del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ubicada en el campo de tránsito, donde llegan sirios, afganos e iraquíes para coger mantas térmicas, botellas de agua y cambiarse el calzado. En 10 minutos se deben preparar para caminar los 4 kilómetros de travesía que deben recorrer para llegar a Miratovac, el primer enclave serbio de mayoría albanesa, y de ahí hacer hacia Presevo.

 

Por este paso han atravesado la frontera cientos de miles de refugiados que estos últimos meses han llegado a Europa Central, principalmente en Alemania. Antes de eso, han vivido la experiencia de atravesar el Mediterráneo con una lancha sobrecargada, pasar por los filtros administrativos que los acreditan como refugiados y conocer los paisajes verdes de Macedonia a través de la ventana de un tren, lo que les deja a las puertas de Serbia. Van rápidos y decididos. Y casi en todos los grupos destacan numerosos niños y bebés, con la piel curtida, a pesar de su corta edad, por un trayecto que, en esta época del año, se llena de nieve y traficantes de personas que controlan el camino.

De Afganistán en Europa

“Vengo de Kunduz, en Afganistán, y soy periodista. He tenido que marchar porque los talibanes entraron en mi ciudad y yo corría peligro “, dice Ahmed Fain mientras carga a su hijo de unos 14 meses. Con unos ojos verdes que brillan cuando las luces de los taxis pasan a toda velocidad por su lado, viaja acompañado de su mujer, su hermano y otros compañeros. Tiene 26 años y, a pesar de la dureza del camino y el peso de los fardos que lleva cargados en la espalda, luce una sonrisa que acompaña con una proclama: “No quiero dejar de escribir. Quiero seguir mi carrera en Europa”.

“Taxi, taxi, no bus free”, anuncian en voz alta algunos taxistas y conductores que hacen guardia en el camino de tierra que hay en la entrada de Miratovac y que una madre siria atraviesa con su hijo pequeño, cogido de una bufanda para no perderse. Algunos transportistas locales los esperan y los engañan con falsos rumores, como que los autobuses gratuitos que les han prometido para llegar a Presevo no están y tienen que coger uno de sus taxis, que tienen una tarifa mínima de 10 euros por cabeza. Todo con el beneplácito de la policía serbia, que mira hacia otro lado y que, según cooperantes que trabajan en la zona, cobra unos 120 euros al mes a los taxistas para que puedan trabajar.

El impacto económico del flujo de refugiados que pasa por Serbia, que sólo tienen permiso de estancia de 72 horas, es de unos 70.000 euros al día, según fuentes de algunas organizaciones internacionales que trabajan en Serbia. En una sola noche, pueden llegar a pasar más de 2.000 personas por el campo de refugiados de Presevo, que, además de gastar en los taxis, también se quedan en hostales y compran alimentos de primera necesidad en el municipio. Tan pronto llegan a Presevo, los refugiados esperan en el campamento oficial del ACNUR antes de subir a unos autobuses que, por 35 euros por cabeza, los llevan a la población de Sid, en la frontera con Croacia.

En el valle de Presevo la mayoría de población albanesa está en paro, y este fenómeno migratorio ha reavivado la humilde economía local. “Los serbios no nos dan trabajo y cada vez hay menos niños en las escuelas”, explica el Aagon, un joven taxista local que niega que su gremio esté implicado en la mafia de traficantes de personas, acusada de algunos atracos y de dejar a medio camino los refugiados que pagan un taxi para llegar hasta Croacia. Las casas de esta pequeña población que conquistaron los partisanos yugoslavos al régimen colaboracionista de Albania durante la Segunda Guerra Mundial tienen un curioso estilo suizo, ya que la mayoría de albaneses emigran hacia el país helvético por la falta de oportunidades debido a su origen étnico.

Fuente: Ara.cat