Carta de un arciprestazgo de Madrid al Papa Francisco.

24 febrero 2015 No Comment

Tema: Ministerios/curas casados



Desde antes de Navidad de 2013 el arciprestazgo de San Pablo, en el madrileño barrio de Vallecas, compuesto por 6 parroquias, venía estudiando sobre cómo participar, a partir de una experiencia de vida,  en una reflexión eclesial más amplia y general sobre una renovación de los ministerios en la Iglesia Católica Romana.

El 6 de mayo de 2014 se consensuó en una redacción y se firmó la carta por las 6 parroquias que constituyen el arciprestazgo. Otras cuatro parroquias próximas que conocían los hechos se adhirieron. La carta fue enviada a finales de mayo al Papa.

Es menester explicar que no se trataba de hacer una carta para ejercer ningún tipo de presión. Por eso, en un principio, aunque otras parroquias y foros, enteradas del proceso, quisieron sumarse, se ha preferido dejar esa firma para una segunda etapa, que puede iniciarse a partir de Septiembre. No se pedía ninguna respuesta a Roma, puesto que sólo se informaba de un hecho que tal vez podía enriquecer la reflexión sobre ciertos cambios que hoy parecen cada vez más necesarios.

El sentido de esa segunda etapa de firmas sería que la carta sirviera como elemento motivador, para reflexionar en las parroquias sobre esta necesidad de renovar los ministerios al servicio de las comunidades.

Unos días antes de que la carta fuera definitivamente firmada, el papa había recibido al Obispo D. Erwin Krautler, de Brasil. Este obispo informó al papa que para 800 comunidades (con las extensiones inmensas de Brasil) solo disponía del 27 sacerdotes. El papa le escuchó, le pidió su opinión y, él mismo, le informó de propuestas avanzadas como la del obispo Fritz Lobinger (incardinado en Sudáfrica desde hace más de 50 años) o las de la diócesis de San Cristóbal de las Casas en México.

Ambas propuestas se caracterizan por pensar, de una forma creativa y conectada con la gran tradición de la Iglesia, en ministerios al servicio de las comunidades concretas, ordenando a personas comprometidas durante largo tiempo en comunidades suficientemente formadas y sólidas. Con la carta se trataba de complementar estas salidas con la posibilidad de seguir contando también con la presencia de presbíteros que se casaron, pero que siguen disponibles para comunidades que les reclaman y que están dispuestos a trabajar en equipo con otros célibes.

La Iglesia en el mundo se enfrenta a diversos retos, como:

-La falta de curas, en relación a los bautizados y su deficiente distribución en el mundo.

-Las miles de comunidades en el mundo que no pueden celebrar la eucaristía los domingos.

-La clericalización de las comunidades, que se traduce en prepotencia o en impotencia de los clérigos (para atender a demandas imposibles) y la pasividad de muchos laicos. De la cual el propio papa ya ha hablado como un signo negativo.

- La sangría que produce las decenas de miles de curas que han abandonado el presbiterado para casarse, muchos de ellos con gran sufrimiento.

- El problema de muchos otros que no se deciden por diversos motivos a elegir y mantienen una doble vida, con el consiguiente perjuicio para las comunidades, para las mujeres que viven en clandestinidad, para los hijos cuando los hay y para su propia coherencia de vida.

- La distancia que nos separa de otras iglesias cristianas, a las que estamos llamados a unirnos y que ya incorporaron un doble presbiterado, célibe y no célibe. Incluso dentro de la propia iglesia romana, existe esta doble modalidad en las iglesias orientales o de otros ritos como el copto o el maronita.

- Y de otros problemas que se derivan de la obligatoriedad de una norma que viene de la Edad Media, pero no de la primera tradición cristiana.

Los firmantes le dicen al Papa que su intención es colaborar activamente en la búsqueda de nuevos caminos, insertos con raíces en la gran tradición de la Iglesia, es decir en la tradición de la primera Iglesia, cuando el celibato de los presbíteros no era obligatorio y aún no había división entre las Iglesias cristianas, y también con pies para caminar, buscando soluciones adecuadas a las necesidades de los tiempos y a las comunidades cristianas de hoy.

La carta expresa escucha y misericordia ante las situaciones concretas y también preocupación por toda la Iglesia, de manera que las soluciones de las Iglesias locales sean también positivas para la Iglesia universal.

El método y los contenidos

Se parte de la vida. Se analiza la propia experiencia:

Los firmantes han visto pasar por sus parroquias a muchos curas que se han casado. No todos sentían que ya no tuvieran vocación y las comunidades se sentían bien acompañadas en la fe y presididas por ellos en la Eucaristía. Han vivido con pena su marcha.

Entienden que, a la vista de los retos que se le plantean a la Iglesia, ya va siendo hora de que esto se trate ampliamente. Mucha gente ya no se escandalizaría hoy si una parte de los curas estuvieran casados, si se hace una reflexión amplia y se explica adecuadamente escuchando también sus preocupaciones.

Quieren ser corresponsables, porque piensan que las Iglesias locales tienen que aportar su experiencia. Y están convencidos de que se van a implementar nuevas formas de ministerios que incorporen a personas casadas. Ahora tocaría también recuperar -dicen- a aquellos que fueron formados largamente y que siguen teniendo vocación de servicio como presbíteros al servicio de las comunidades. Se trata de sumar y de facilitar, no de oponer o restar.

La carta, por tanto, no parte de grandes planteamientos ideológicos. Parte del análisis de la experiencia concreta y admite la diversidad y el pluralismo dentro de las comunidades afectadas, que van evolucionando con el tiempo y con la reflexión compartida.

Hay algo en lo que todos los firmantes coinciden:

a)   Los ministerios tienen que cambiar al servicio de las comunidades y de la celebración de la eucaristía.

b)   Hemos de caminar hacia una iglesia menos clerical, con comunidades más activas y corresponsables, todos discípulos-misioneros.

c)   Parece que sería positivo que hubiera dos formas de presbíteros. Y les parece que no es suficiente ordenar a los nuevos, sino que hay que recuperar también a los que se puedan de los que marcharon o pueden marchar. Habría que estudiar los criterios y ellos aportan algunas pistas. Una, muy importante, es la de lograr amplios consensos en comunidades y diócesis.

El proceso

La reflexión y el deseo de expresar lo que están viviendo y analizando comienza en un arciprestazgo, el de San Pablo, dentro de la vicaría IV de Madrid, en el barrio de Vallecas.

Las parroquias que componen este arciprestazgo son:

San Pablo
San Ambrosio
Patrocinio de San José
María Mediadora
San Cosme y San Damián
Santo Tomás de Villanueva

Los párrocos, animados y apoyados en algunos casos por sus propias comunidades, que ya han reflexionado sobre el tema (y otras lo empiezan a hacer) toman la decisión de redactar una carta de contenidos amplios para comunicar esta experiencia a Roma y que, al mismo tiempo, sirva para la reflexión en las propias comunidades. No tiene carácter de recogida de firmas para presionar, ni se intenta ir más allá geográficamente hablando.

En la propia reunión de arciprestazgo del 6 de mayo se aprueba una redacción y se firma por los curas participantes de las 6 parroquias.

A raíz de esto, se pasa a los consejos parroquiales de manera más formal y a diversos representantes de los grupos. Poco a poco, los miembros de comunidades se van sintiendo identificados con los contenidos y también con la forma de expresión que es respetuosa y dialogal, buscando el consenso y la comunión, sin renunciar a la corresponsabilidad.

De manera informal, algunas otras parroquias cercanas y el foro de curas se enteran; y algunos quieren participar también, no sólo en la firma para apoyar la iniciativa, sino para que esto sea ocasión de reflexionar en sus parroquias y comunidades. En este periodo de tiempo comparten la reflexión y firman también otras 3 parroquias y un centro pastoral de Vallecas.

De esta forma, esto queda enmarcado en una forma de reflexión y dialogo fraterno que tiene en cuenta partir de la vida de las iglesias locales. Se decide enviar la carta al papa el 12 de mayo, pero se puede seguir firmando y reflexionando sobre ella, sin prisas, ya que otras parroquias de Madrid han visto el interés de hacerlo.

Aunque se habla de manera particular del proceso de un cura, a modo de ejemplo, no se insiste en lograr nada a nivel particular de reconocimiento de este caso concreto.

No se le pide al papa que “haga nada” a nivel personal, ni se le pide respuesta, solo se le comunica, por si puede ser útil la experiencia para las reflexiones amplias que puedan abrirse sobre este tema.

La oportunidad:

Se había valorado que éste podía ser un buen momento, ya que por diversos medios se ha ido teniendo información de que obispos de diferentes partes del mundo, especialmente de América Latina y de África, han ido planteando sus preocupaciones al Papa acerca de diferentes situaciones de carencia de presbíteros o de deficiente distribución de los mismos, que tienen que ver con una renovación de los ministerios en la Iglesia; a lo cual él ha estado receptivo e incluso ejerciendo un liderazgo compartido, comunicando propuestas muy reflexionadas y fundamentadas y pidiendo a los obispos que sean valientes. E, igual que se ha planteado un Sínodo para la familia, puede haber otros en el futuro con otros temas.

Algo muy novedoso:

Quienes impulsan la iniciativa son comunidades cristianas en parroquia, feligreses, responsables de los grupos, personas sencillas de la comunidad  y curas célibes que no se están cuestionando ninguna situación personal. Son personas de diferentes edades, formación y con diversas maneras de pensar en otros temas. Hasta ahora esta cuestión la habían defendido asociaciones de sacerdotes casados o grupos de reforma e, individualmente, algunos feligreses. Pero aquí la primera reflexión parte de todo un arciprestazgo; las parroquias de la zona se ven inmersas en una reflexión serena, corresponsable,  que las vincula y que busca consensos.
Se habla no solo de las situaciones de los curas que se han visto enfrentados a contradicciones vitales importantes por sentir una doble vocación que en estos siglos parecía incompatible (también éstas preocupan, vistas con amor y misericordia) sino de las necesidades de las comunidades; se mira juntos a grandes retos para toda la Iglesia; se pone fuerza en la centralidad de poder celebrar la eucaristía; se insiste en procesos de diálogo en muchas direcciones; se expresa que las iglesias locales piensen en las necesidades de toda la iglesia, pero también que desde el centro se escuche a las comunidades locales. Y, de alguna forma, se pide  que las normas estén al servicio de la vida real; en función de esto, que se cambie lo que puede cambiar.

Las firmas no significan una forma de presión, por lo tanto no importa su cantidad. Son una forma de expresar que se ha reflexionado y que se sigue reflexionando sobre el tema. Se pueden añadir adjuntos con reflexiones y experiencias de comunidades concretas.

La carta fue mediada en su redacción y se ha canalizado a través de la red de renovación conciliar Proconcil, que seguirá la evolución de la misma y recogerá otras aportaciones, reflexiones  o firmas que puedan ir llegando. Si desean firmar indiquen bien sus datos, por favor, algunos datos de las comunidades o parroquias que firmen y los datos completos de la persona representante.

Para cualquier información pueden dirigirse a:

<proconcil@proconcil.org>

S.S. Papa Francisco

Casa Santa Marta


Ciudad del Vaticano 00120

6 de mayo  de 2014

 

Querido hermano Papa Francisco:

Paz y Bien y los mejores deseos para su ministerio.

Los que suscribimos esta carta, escrita con todo cariño y respeto, somos miembros de comunidades parroquiales, principalmente de una zona concreta y de un arciprestazgo de Vallecas, aunque no en exclusiva. La iniciativa de enviar la carta fue local en su nacimiento, pero al conocer el texto, otras personas se han querido sumar a esta comunicación. No obstante, como la reflexión surgió a partir de un hecho de vida, vamos a circunscribirnos a ese relato localizado en el espacio y en el tiempo para, desde ahí, pasar a un VER, JUZGAR Y ACTUAR en el que todos nos podamos identificar.

Llevamos tiempo dándole vueltas y reflexionando sobre un tema que nos preocupa, a partir de la vida de nuestras parroquias, pero también pensando en la Iglesia universal. Tras valorar el primer año de su pontificado y considerando la situación de los ministerios en la Iglesia, nos hemos decidido a escribirle, después de un sereno proceso de reflexión y debate.

Ya le adelantamos que el objetivo de esta carta no es pedirle nada a título personal, sino informarle de un proceso concreto que se ha ido dando en unos años en nuestras comunidades, por si puede resultar útil para una reflexión más general, en clave conciliar.

Desde los años 70 han pasado muchos curas comprometidos con la sencilla y, a veces difícil, realidad vallecana. Desgraciadamente, no pocos dejaron el ministerio. En la mayoría de los casos no fue porque no quisieran seguir sirviendo a la comunidad, ni por dudas de fe, sino porque no tenían vocación de célibes.  Les hemos visto marchar, con un sentimiento de pérdida. Nunca pensamos que fueran desertores de la Iglesia, sólo que la vida les llamaba por otro camino; y veíamos, más o menos convencidos, con diferencias entre nosotros  que, dentro de la Iglesia Católica Romana de rito latino-occidental- en estos tiempos- parecía incompatible el ser casado y presbítero. También sabemos que no siempre fue así, ni lo es en otras iglesias cristianas. De ahí que pueda ser tema de reflexión.

No todos marcharon. Y algunos pensaron que la vía del celibato opcional era un camino por el que había que avanzar, para bien de las comunidades, de los propios curas y de toda la Iglesia, que podría enriquecerse con este doble ministerio; y se agruparon para reflexionar sobre ese camino. En un principio fueron minoría y no siempre comprendidos. Ahora muchas comunidades y curas comparten su propuesta y quienes no lo ven claro, al menos no se escandalizan. Muchos obispos con gran conciencia misionera buscan también diversas alternativas ministeriales, especialmente en otras latitudes, por carencia de presbíteros para celebrar la Eucaristía; o porque quieren también revitalizar las comunidades y desarrollar los carismas presentes en ellas.

Nosotros hemos vivido de cerca una experiencia que nos ha tocado y que nos ha hecho crecer y madurar juntos, reflexionando sobre qué ministerios y qué presbíteros en concreto necesitamos, para qué comunidades, en el marco de una Iglesia que se ha de ir renovando constantemente, a la luz del mensaje de Jesús.

De estos curas, que se casaron y  que siguieron trabajando por otra manera de ser cura, tenemos a uno en la parroquia de San Cosme y San Damián, en el arciprestazgo de San Pablo. Julio Pérez Pinillos llegó en el año 66 a Vallecas, desde un medio rural. Durante 25 años estuvo comprometido directamente con el mundo obrero como cura obrero. También fue consiliario de la JOC. Tras conocer a la que hoy es su mujer en el compromiso cristiano y militante en la fábrica, en el año 73 ambos tuvieron un proceso de dudas y discernimiento durante cuatro años respecto a la naturaleza de su relación y a su compatibilidad con el presbiterado, proceso en el que fueron acompañados por compañeros sacerdotes, gente de los grupos barriales, trabajadores de la fábrica, militantes de la JOC y por el propio obispo local.

Transcurrieron más de 20 años y siguieron trabajando como cristianos comprometidos, en distintas parroquias, respetando los ritmos de las comunidades y procurando que se fuera abriendo un debate ministerial sin crear fisuras, ni romper a la comunidad o forzar conciencias.

Hubo un momento en que desde una determinada comunidad parroquial, se le reclamó -a su jubilación como obrero- para que se incorporara -en la forma que fuera globalmente admitido en la evolución de los tiempos- al equipo presbiteral de la parroquia. El motivo no fue por falta de curas en la parroquia. Entendemos que la comunidad y el párroco que estaba en ese momento lo llamaron porque su testimonio les servía y porque era una riqueza que no querían perder.

Analizándolo ahora, vemos factores que han favorecido este proceso:

Este presbítero y la que ahora es su mujer, compartían públicamente con mucha gente del barrio, con las comunidades, con el obispo, el compromiso social, cristiano y eclesial, por lo que no se preveían especiales problemas que fueran a quebrar la eclesialidad o a debilitar la disposición de servicio del ministro a la comunidad.

Cuando, de mutuo acuerdo, decidieron emprender, como pioneros, este camino de renovación de los ministerios, aunque objetaron en conciencia contra unos procedimientos de secularización que pensaban que debían ser cambiados, por el bien del sacramento del matrimonio y del propio carisma del celibato, contaron con el obispo local, con los compañeros sacerdotes y con las comunidades, por lo que nunca nos sentimos engañados ni forzados en nuestra conciencia; y pudimos revisar con ellos y aportarles fraternalmente lo que veíamos.

Siguiendo el consejo del obispo, respetaron durante años los ritmos de las comunidades, sin precipitar ninguna actuación; y no se emprendió una batalla personalista, para reivindicar ningún derecho que no fuera el derecho de la comunidad a participar en elegir, de alguna manera, a sus servidores.

Cuando en alguna de las parroquias por las que ha pasado Julio se le ha vetado alguna actuación ministerial-presbiteral, ha respetado absolutamente esta objeción y se ha seguido debatiendo fraternalmente, pero dando prioridad a otra tareas compartidas orientadas al cuidado y atención pastoral y social de la comunidad encomendada.

Lo cierto es que en una comunidad parroquial “probada”, con una larga trayectoria y reparto de responsabilidades entre los laicos, donde la gente debate, pero sin fracturas, ha habido una demanda fuerte de que un cura casado siguiera como presbítero. Sin querer romper la comunión, pero en fidelidad a la propia conciencia y queriendo abrir caminos nuevos como experiencia. El aceptó en su día, con tal de que esto no quebrara la comunidad; y los compañeros curas han hecho equipo con él, integrándole sencillamente, cada cual según su conciencia y su forma de entender la comunión. Y no ha sido solo una decisión parroquial la de aceptar su ministerio pastoral de una manera peculiar, discreta y adaptada a las circunstancias generales de la Iglesia. Por invitación de otros curas de las parroquias limítrofes, también se ha reincorporado desde hace cinco años al arciprestazgo, aportando como uno más, desde su situación específica.

Estamos convencidos de que, no tardando mucho, este tema se tratará ampliamente en la Iglesia; y esperamos que haya, más pronto que tarde, diversos cambios en la “forma de ser curas” que nos alejen del clericalismo, volviendo más activas a las comunidades y haciéndonos a todos corresponsables; cambios que nos ayuden a transitar por el camino ecuménico. En estos días, hablando entre nosotros, alguien ha sacado a la luz la propuesta ministerial de un presbiterado en las comunidades, que ha desarrollado el obispo Fritz Lobinger y de la cual usted ha hablado recientemente a un obispo brasileño. También se ha hablado de la experiencia de San Cristóbal de las Casas en México, con diáconos casados que esperan poder ser ordenados al servicio de la eucaristía en las comunidades. Todo esto nos parece importante y vamos a estudiarlo.

Y a eso queremos añadir nuestra experiencia local complementaria. Porque se trata, desde nuestro punto de vista, no sólo de ganar nuevas formas ministeriales y presbiterales, sino de no perder la riqueza que ya tenemos. Y entre esta riqueza potencial están algunos presbíteros que siguen teniendo esa vocación, que encuentra un eco en las comunidades que les acogen y que se sienten llamados también al matrimonio. Usted pide obispos valientes, que presenten propuestas “corajudas”. Es importante, sin duda, aunque no suficiente. Los obispos tienen, cómo no, una gran responsabilidad. Y nosotros, como curas (párrocos y coadjutores), como arciprestes, como cristianos laicos y laicas, también la tenemos. Y queremos ejercer la subsidiariedad para dar nuestro aporte y compromiso en este tema de los ministerios.

Tenemos confianza y, a la vez, nos comprometemos. Estamos convencidos de que tenemos que emprender una renovación de los ministerios, con valor y decisión firme, al servicio de las comunidades, por la plena vivencia de la Eucaristía en las comunidades, por la vuelta a comunidades activas, por el desarrollo de los dones y carismas del Espíritu al servicio de la comunidad. Estamos seguros de que estos cambios, en línea con el Vaticano II y en la perspectiva que abre la conferencia de Aparecida, se van a dar. Posiblemente no será por un decreto papal, ni de un día para otro. Ya vemos que va funcionando cada vez más lo de trabajar por comisiones y buscar amplios consensos. Pero es muy importante que se escuchen también directamente las voces de las comunidades, de las parroquias, del Norte y del Sur y que los obispos las escuchen.

Queremos compartir sencillamente esta experiencia con usted porque no la situamos en clave de desafío ni como una reivindicación personalista, sino como inicio de un camino -aunque no sea el único, o se descubran alternativas mejores-  que puede ser muy importante para la Iglesia en orden a no perder una riqueza potencial. Que podamos ganar con nuevas formas ministeriales, sin perder a la gente que ya fue formada durante muchos años y que siguen teniendo vocación de presbíteros a nuestro servicio. No siempre los cambios empiezan “desde arriba”. A veces conviene ver cómo resultan – en la práctica- experiencias locales. Aunque pueda parecer éste un caso aislado, nosotros creemos que en un contexto más propicio habría muchos más curas, en situaciones parecidas, que se hubieran quedado con nosotros. Pero estas circunstancias no son solo responsabilidad ajena; somos parte del problema y queremos ser parte de las soluciones, porque somos Iglesia.

Hemos partido de un hecho de vida, de unas personas y de su trayectoria vital, de la evolución de la conciencia de unas comunidades. Pero no queremos quedarnos en lo personal, lo territorial, ni en lo anecdótico. Estos sujetos y estas comunidades pueden seguir o desaparecer, pero el reto de renovación de los ministerios lo seguimos teniendo con nosotros y nos urge a todos y cada uno, desde el Evangelio y la construcción de una Iglesia Viva como “discípulos y misioneros” inspirados por la Evangelii Gaudium.

Quedamos a su disposición si cree que hay algo más que podemos aportar como parroquias y comunidades vivas. Y en cualquier caso, si alguna vez viene, estaremos gustosos de recibirlo con todo cariño. Nos sentimos fortalecidos en nuestra fe y en nuestro ser Iglesia, sabiendo que usted quiere una Iglesia pobre, cercana y sencilla, que anuncie un mensaje de alegría y esperanza en los contextos reales y concretos. En este camino, guiados por Jesús, bajo la mirada maternal de María, contamos con usted y usted puede contar con nosotros. Le tenemos presente en nuestra oración y le pedimos que rece también por nosotros.

Con un abrazo fraterno

Primeros firmantes:

 Antonio de la Calle Espinosa. Párroco del Patrocinio de San José

Segundo Pizarro O. P. Coadjutor

Eduardo Villena. Vicario parroquia San Pablo

Fernando Carracedo. Presbítero, Colaborador Parroquia Santos Cosme y Damián.

Pedro Requeno. Párroco de San Pablo

Miguel Riesco. Párroco de María Mediadora y Arcipreste del Arciprestazgo de San Pablo

Santos Hernández. Párroco de Santos Cosme y Damián

Juan Carlos. Párroco de Santo Tomás de Villanueva

José Luis Alcalde. Presbítero, equipo parroquial santo Tomás de Villanueva

(Estos fueron los presbíteros reunidos en el Arciprestazgo)

 

En los días siguientes firmaron las comunidades de estas seis parroquias y los presbíteros y comunidades de cuatro parroquias limítrofes que conocían de cerca la experiencia y mostraron gran interés en participar.

La carta fue entregada al papa a finales de mayo de 2014.

En esta segunda etapa, como les decíamos,  se abre la posibilidad de recoger nuevas firmas y sus comentarios, no tanto porque se conozca a la persona citada, sino porque se estime importante que se abra esta reflexión en la Iglesia.

Nos gustaría poder enviar esta nueva carta para Pascua de Resurrección.

Un abrazo fraterno

Emilia Robles