¿NUEVO PAPA, NUEVA ÉPOCA?

Referencias de valoración

La verdad que más clara y contundentemente se impone en el corazón y en la mente de muchos católicos es que la Iglesia necesita renovarse urgente y profundamente. Hemos visto con tristeza cómo después de algunos años de la clausura del último Concilio la Iglesia derivó hacia posturas cada vez más conservadoras, lo que trajo como consecuencia el abandono de un número cada vez mayor de fieles de todas las clases y niveles, sobre todo entre las nuevas generaciones. También son muchos los adultos que le han vuelto la espalda; algunos aún se siguen sintiendo cristianos, incluso católicos. Además, la renovación se la exige a la iglesia sobre todo su responsabilidad misionera, un deber inherente a su mismo ser específico: la Iglesia está obligada a proclamar de manera comprensible, atrayente y con efectividad el mensaje cristiano. Y esto no se está haciendo.

Precisamente uno de los aspectos que hacen a la Iglesia impresentable a la modernidad, a las mujeres y a los hombres de hoy, es la misma figura del Papa: el modo de ser elegido, el modo de vivir y el papel tan determinante que se le da en la Iglesia. No se entiende por qué nuestro Papa todavía es elegido solamente por un grupito de cardenales, que a su vez son elegidos por los Papas anteriores.

Cada vez somos más los que creemos que por razones evangélicas obvias, el Papa tiene que dejar de ser Jefe de Estado, tiene que desaparecer ya el Estado Vaticano. Quisiéramos que el Papa fuese simple y llanamente el obispo de Roma. Hoy el Papa más bien parece un emperador universal, se le considera como el obispo de toda la Iglesia Católica. Ese modo de entender al Papa no concuerda con la tradición más antigua. En todo caso, su magisterio no puede ser ejercido para toda la Iglesia de manera tan individual y tan universalmente, al contrario debiera ejercerlo colegiadamente con los obispos de los distintos lugares del mundo y teniendo en cuenta la diversidad de culturas que hay en él.

Hay cambios imprescindibles que se han de dar en la Iglesia que pasarían por la rehabilitación de la figura del obispo diocesano y de las conferencias episcopales nacionales como parece que quería el Concilio Vaticano II. Esto implicaría la desaparición de la Curia Romana y todo lo que ella conlleva.

Hay que cambiar el modo de entender el sacerdocio y el modo de ejercerlo. Jesús de Nazaret fue ante todo un profeta, como lo demuestra su actitud crítica tanto frente a la sociedad como la religión. No hay razones evangélicas para mantener en la Iglesia un sacerdocio con tanta relevancia. Sea como fuere, todos deben poder tener acceso a él: hombres y mujeres, solteros y casados, homoafectivos o heteroafectivos. Por otra parte, el pueblo debe tener una participación importante en la elección de los obispos y de los sacerdotes. ¿Estos servicios, en cuanto tales, no podrían tener un carácter temporal? Además de la edad, ¿no podría haber otras razones para dar como concluido el mandato o el compromiso de estos servicios?

El sacerdocio, en todos los niveles, ha de ser vivido en condiciones de libertad: el celibato debe ser opcional, el sacerdote, el obispo o el papa, deben serlo mientras el interesado quiera y dejarlo cuando él lo decida.

Es necesario que la Iglesia se deje influir por la modernidad, tanto doctrinal como organizativamente, superando tanto el antiguo teocentrismo como el trasnochado teocratismo. Es urgente una nueva interpretación del mensaje cristiano, teniendo en cuenta todos los cambios que se produjeron en el campo científico, filosófico y socio-político, asumiendo la visión moderna sobre la materia, la vida, el hombre y la sociedad. Tiene que cambiar el modo de entender la sexualidad y el matrimonio. La modernidad ha consagrado como valores insoslayables, entre otros, la democracia, y con ella la libertad, la igualdad y la fraternidad. Si la Iglesia en su propio modo de ser no los respeta, no podrá gozar hoy de prestigio, ni podrá pedir adhesión, al contrario se encontrará con un inicial rechazo de muchísima gente. Así pues, entre otras muchas cosas, debiéramos ir hacia una mayor la participación, organizada institucionalmente, en la gestión de todos los asuntos de la Iglesia, con capacidad deliberativa y decisoria de todos sus miembros. No puede estar todo en la parroquia, en la diócesis o en la Iglesia Universal en manos de una sola persona: el párroco, el obispo o el papa. Ser laico, religioso o religiosa, sacerdote u obispo, son servicios diferentes dentro de la iglesia. Ello no puede conducir a que en la Iglesia haya distintas categorías, ya que todos somos igualmente hijos del mismo Dios, Padre-Madre de todos.

La Iglesia misma debiera alentar la libertad de opinión, dando fin a la mentalidad y a las prácticas inquisitoriales, igual que a las medidas coercitivas con el fin de mantener por encima de todo un “pensamiento único” en la Iglesia y una interpretación monolítica del mensaje cristiano. No se deben ahogar los tanteos de los investigadores en todos los campos del saber, incluyendo la teología en todas sus ramas.

La iglesia debe estar más al lado de los más necesitados, de los que más sufren, debe estarlo más claramente, más radicalmente, hasta el punto de que ello sea un signo identificativo de su propio ser, como lo fue en Jesús de Nazaret. Para lograr esto no es suficiente su obra caritativa, por muy grande que fuere. Tienen también que desaparecer las ampulosas liturgias, vestimentas y ornamentos lujosos, tratamientos anticuados, tales como, en el caso del Papa, Su Santidad, Sumo Pontífice, Santo Padre..., que desentonan con la mentalidad de hoy. Es necesario despojarse de todo aquello que sea, o aparente ser, riqueza, tanto dentro de las iglesias como fuera de ellas, sobre todo en lo referente a las posesiones y a las finanzas de la Iglesia; y, sobre todo, es necesario que se oponga contundentemente a las injusticias que se ejercen sobre los más débiles,  denunciando a los causantes de ello.

El nuevo papa Francisco es hoy para muchos una esperanza de renovación de la Iglesia. Creo que a la hora de valorar su trayectoria se habrá de hacer en función de los grandes cambios que se deben hacer en ella, que no han de ser meramente formales. En esta breve reflexión he enumerado los que yo creo más importantes. Como algunos de ellos no se conseguirán en cuatro días, para valorar al nuevo Papa habrá que ver si bajo su “liderazgo” se están dando los pasos necesarios para llegar a las grandes metas de transformación de la Iglesia de hoy. No es sólo un lavado superficial de cara lo que necesita nuestra Iglesia.

José María Álvarez.