COMUNIÓN PARA CELÍACOS

 

Publicaba la noticia la prensa de los días 11 y 12 de julio de 2017: “El Vaticano declara que las hostias sin gluten no se consideran válidas”. El tema afecta al colectivo de los celíacos, que tienen alergia a esa substancia. La decisión se basa en unas normas que concretan que el pan que se emplea en la eucaristía debe ser ázimo, de sólo trigo… y que no puede carecer de gluten. La normativa o teoría teológica sobre el sacramento de la comunión especifica que la eucaristía necesita la materia y la forma. La forma son las palabras de la consagración; la materia es el pan y el vino; para los laicos, el vino sólo eventualmente.

Esta manera de enfocar el asunto de la eucaristía, como algo en lo que tiene importancia la materia y la forma, suena a bizantinismo. Y las precisiones sobre la composición y naturaleza de los ingredientes de la materia en cuestión tiene bastante de casuística talmudista. Algo que se ve claro en el Evangelio es que Jesús se enfrentaba radicalmente con los criterios talmudistas de la práctica religiosa. Con sentencias como “Se hizo el sábado para el hombre y no el hombre para el sábado”, estaba declarando que la esencia del mandamiento del descanso del séptimo día no era la manera en la que debía cumplirse (lo que estaba permitido o prohibido hacer ese día) sino el espíritu de la ley, es decir, la finalidad de la misma. Y la finalidad o espíritu de esa ley, y de toda ley o normativa. es el servicio y la utilidad a la persona, en este caso el derecho al descanso. Parafraseando su sentencia sobre el sábado, diríamos: “Se hicieron las leyes para las personas y no las personas para las leyes”.

Enfocando así la cuestión, ¿cuál es el espíritu de la eucaristía? ¿Qué finalidad perseguía Jesús al instituirla? Cuando pidió a sus seguidores que hicieran eso muchas veces en recuerdo suyo, no estaba pensando en añadir un nuevo rito o ceremonia a los muchos que ya existían en el judaísmo y en el mundo pagano. Si así fuese, la materia y la forma podrían tener sentido; los ceremoniales son algo que se suele ejecutar con precisión. Pero Jesús no pensaba en ceremoniales sino en otra cosa muy distinta. En las cosas del Maestro de Nazaret no tienen importancia ni la materia ni la forma, sino el espíritu del que ellas son símbolo.

Y el espíritu de la eucaristía es la fraternidad, la hermandad humana, el servicio y el amor al prójimo. El reunirse para recordarle a él y hacer lo que él hizo tiene como objetivo vivir la experiencia de ser llamados o convocados a actuar en el mundo como lo haría él, que pasó por el mundo haciendo el bien. No tiene sentido comulgar sólo por seguir una costumbre social, sin ninguna implicación vivencial. Se trata de revestirse de Cristo para actuar como lo haría él; se trata de asumir sus valores, que no son los valores que dominan en este mundo. Comulgar es una toma de conciencia del programa y la vocación de Jesús.

Quienes miren con indiferencia, o peor aún, con aprobación, la explotación y abuso de los débiles por parte de los fuertes, la escandalosa situación de abandono de los refugiados, el hambre y la miseria de millones de seres humanos, el imperialismo que promueve guerras en las zonas del planeta que le interesan… quien no esté en paz con sus hermanos, quien se instale confortablemente en este sistema injusto, de desigualdad, opresión violencia, y marginación, mejor se abstengan de acercarse a recibir el cuerpo de Cristo. El programa de Jesús es cambiar radicalmente esa realidad; si no se asume ese programa, la comunión recibida no tiene ningún valor –al menos ningún valor positivo–, por mucho que se hayan respetado la forma y la materia.

Y en todo caso el valor de éstas es relativo, sino nulo. El pan y el vino son (eran) un símbolo adecuado en el territorio y la época en los que Jesús vivió. Si él hubiese vivido en otra cultura, por ejemplo en algunas zonas de Asia, donde el arroz sustituye al pan, y seguramente había otras bebidas distintas del vino, sin duda la materia de la eucaristía que Jesús instituyese sería distinta, pero el espíritu sería el mismo. Se puede concluir que la materia y la forma de la eucaristía pueden variar en función de la cultura, la geografía, la época y otras circunstancias, como puede ser al caso de los celíacos, a condición de que quede claro en todo momento el espíritu y la finalidad: la concienciación o motivación para el trabajo por el Reino de Dios y su justicia.

Esto pone fin también a otras cuestiones bizantinas que se plantean en relación a la eucaristía, como por ejemplo, determinar durante cuánto tiempo permanece la presencia de Cristo tras recibir la comunión. Dicha presencia dura permanentemente mientras el comulgante actúe como Cristo. Y no dura absolutamente nada si la persona que participó en la eucaristía se desentiende de la problemática de la sociedad en la que vive y no se siente implicado en combatir las injusticias y los abusos que se cometen y en socorrer al prójimo en sus necesidades.

Este tipo de aclaración es lo que se echa de menos en la toma de postura del Vaticano sobre el tema. Como ocurre con frecuencia, la jerarquía eclesial prestó, también en esta ocasión, más atención a la letra de su propio Código de Derecho Canónico que al espíritu del Evangelio de Jesús de Nazaret.

Faustino Castaño

Miembro del Foro Gaspar García Laviana

Gijón, 14 de julio - 2017