La responsabilidad ecológica:

dimensión constitutiva de nuestra fe

21.03.2019

 

Los alarmantes cambios climáticos y sus nefastas consecuencias manifestadas en tantos desastres naturales que hemos vivido últimamente, han contribuido a despertar la conciencia ecológica y hoy somos más conscientes de la necesidad de cuidar el medio ambiente y de establecer otro tipo de relación con él. Lamentablemente, aún es necesario crecer en esa responsabilidad y, sobre todo, falta que los grandes emporios económicos sean capaces de cambiar de raíz sus formas de producción para que la preservación de la naturaleza sea una realidad a escala global.

Esta conciencia ecológica también ha estado ausente, de muchas maneras, de la vida de la iglesia sobre todo porque al poner como centro al ser humano se fue dejando de lado, la relación más afectiva y efectiva con la naturaleza, reduciéndola a algo instrumental o “de este mundo” que no era importante para ganar el “otro mundo” (el cielo) que la fe nos invita a esperar.

Pero ahora se va rescatando todo el potencial revelador que la misma Sagrada Escritura posee sobre la naturaleza y la necesaria comunión con ella. Desde el mismo texto creador de Génesis, los cinco días que anteceden a la creación del ser humano no son días menores que el sexto, ni son opacados por este. Cuando Dios descansa el séptimo día, contempla toda la obra de sus manos y, Dios ve “que todo era bueno”. Desde este horizonte creador, se comprende mejor la finalidad recapituladora de todo en Cristo, tal y como lo afirma, la carta de San Pablo a los Romanos: “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo” (Rom 8, 22-23). Es decir, toda la creación –cosmos y seres humanos- estamos llamados a esa redención en Cristo, a la comunión de vida con Él.

Ese rescate de la responsabilidad ecológica desde la fe ha sido impulsado por la teología contextual llamada “Ecoteología” que, teniendo diferentes vertientes y énfasis, busca responder a esta problemática, rescatando el designio universal de Dios sobre toda su creación y despertando en los creyentes la responsabilidad cristiana por la “casa común” (el planeta) que habitamos.

En el mismo sentido el ”Ecofeminismo” también surge como una respuesta a esta situación pero conectando la dominación de las mujeres con la dominación de la naturaleza, es decir, buscando denunciar esa mentalidad patriarcal o de dominio que ha constituido las relaciones entre los seres humanos y entre estos y la naturaleza para proponer unas relaciones de equidad, de comunión, de servicio y respeto entre todos los seres humanos y entre estos y toda la creación. Con esto se busca proponer un nuevo concepto de lo humano, más integrador, que rompa las dicotomías clásicas del pensamiento occidental (naturaleza/cultura) y permita situar al ser humano a la altura de la naturaleza, no por encima de ella.

El ecofeminismo reconoce que la naturaleza es condición para la supervivencia humana y lo biológico es condición de posibilidad de lo cultural. La cultura se construye a partir de lo vivo y ha de interpretarse a partir de la vida y no como una entidad ajena por completo a la dimensión natural.

El ecofeminismo se concibe como expresión de las preocupaciones por la dignidad de las mujeres y de todo el ecosistema; una nueva referencia para entender las relaciones humanas; una opción de sanación de la tierra y sus habitantes y una opción social y política en la perspectiva de cambios radicales en nuestra manera de vivir. De hecho, las mujeres, los niños, las poblaciones de origen africano e indígena son las primeras víctimas y, por tanto, los primeros en ser excluidos de los bienes producidos por la Tierra. Son ellos también los que ocupan los lugares más amenazados del ecosistema y los que viven más fuertemente en el cuerpo el peligro de la muerte que el desequilibrio ecológico les impone.

Estos y otros aspectos se están desarrollando en el trabajo teológico. Por ahora basta señalar que vivimos tiempos de urgente compromiso eclesial con el planeta que habitamos, no como un mero altruismo de quien comienza a mirar con respeto la naturaleza sino como quien entiende que la fe está implicada en el cuidado del cosmos. De nuestra implicación en estas cuestiones, depende que demos un testimonio de fe comprometida con la creación, de una vida cristiana que efectivamente responde a los desafíos actuales.