SEPARACIÓN Y DIVORCIO

LOS DIVORCIADOS EN LA IGLESIA CATOLICA

 

Benjamín Forcano

 

Es un hecho la existencia de miles y miles de parejas católicas divorciadas, en España y en el mundo entero. Entre esos miles, es innegable que muchos han llegado a una situación extrema de conflicto y fracaso, donde el sentido común y la razón aconsejan una separación  o un divorcio.

   ¿Qué ocurre y cómo se acoge a estos miles de parejas que, pese haber iniciado un proyecto con amor y haber luchado por mantenerlo, llega un momento en que fracasan y su convivencia es del todo imposible? ¿Qué se les dice? 

   Para ellos la respuesta es que, si se casaron con amor y libertad, no hay solución, no hay más solución que ponerse a convivir, remontar el fracaso, y demostrar que siguen siendo marido y mujer.

           ¡Son marido y mujer!

¿Aunque no puedan convivir? ¿Aunque su relación sea nula? ¿Aunque no vuelvan a amarse nunca? ¿Aunque sea con el riesgo de hacer de su hogar un infierno? ¿Aunque decidan alejarse el uno del otro para siempre?

         Hablo de situaciones claras de fracaso, donde el amor ha muerto. Y si el amor ha muerto, ¿qué clase de matrimonio puede haber?  Y cuando el amor muere en una pareja, ¿cómo se puede seguir sosteniendo  que ella es matrimonio? 

   ¿Y cuál es la solución  concreta que se da para estos casos?

 Canónicamente, ninguna. O mejor, seguir figurando públicamente  como matrimonio,  aunque nunca más lo sean. Y si se casan, por lo  civil obviamente, ese matrimonio no  es reconocido  y se les califica como concubinos, pecadores públicos, indignos de recibir la sagrada comunión y de figurar como padrinos en un bautizo.

        Esta postura es, en primer lugar, impropia de la tradición católica. La absolutización  del valor de la  indisolubilidad no siempre fue así. La indisolubilidad es un valor-ideal, que ojalá todos vivieran como algo propio, desde dentro, un valor que corresponde al plan original de Dios, pero Dios no lo impone a todos, en todo lugar y circunstancia, sino que, en casos de fracaso, e incapacidad humana, Dios actúa con la economía de  la comprensión, del perdón y de la misericordia.

         Y esta economía misericordiosa encaja con la condición humana, con la condición propia del matrimonio que, al estar basado en  personas libres, no excluye –no lo puede excluir- que el proyecto corra riesgos, conflictos graves y acabe a veces en fracaso y ruptura.

La debilidad y la defectibilidad son un propio del ser humano y, cuando se dan, deben ser atendidas, racional y amorosamente. La perfección, la perfección absoluta,  no es propia de este mundo. El ideal es algo a lo que hay que tender, pero hay situaciones en que, empeñarse en mantener el ideal, se convertiría en contraproducente. Siempre hay que procurar lo mejor, que no siempre coincide con el ideal. Son muchas las situaciones en que, sin renunciar al ideal, debemos procurar lo mejor, porque lo mejor es muchas veces enemigo de lo ideal.