RELIGIÓN DIGITAL

"Hay una quiebra entre Iglesia y sociedad"

Más de lo mismo, más de casi nada

"Nos faltan figuras de referencia, obispos de talla pastoral visible y de peso social demostrado"

La Iglesia, si quiere ser fiel al Evangelio y a la gente, no puede seguir así, dejando pasar el tiempo, pasando por cuaresmas y pascuas pero sin hacer un movimiento lúcido y valiente

Descripción: Plenaria de la Conferencia Episcopal

(Fructuoso Mangas, sacerdote.  28 de marzo de 2017).- Han pasado ya unas semanas desde las elecciones en la Conferencia Episcopal española. Y al ver los resultados uno piensa que efectivamente más de lo mismo desde hace una década aunque reconoce que tampoco cabía una renovación capaz de afrontar los tiempos tan nuevos y tan fuertes que se nos vienen encima.

Me faltan nombres y datos para mostrar lo razonado y real de mi sospecha: no hay otras mimbres en el panorama y habrá que seguir con el mismo cesto incapaz ya de resistir el peso de lo que viene como reto desde fuera y como necesidad desde dentro.

Había algún nombre para mí muy valioso y además muy valorado en Roma según creo, pero con lo de Cataluña a la puerta no sería buen momento. Y no hay más. Nos faltan figuras de referencia, obispos de talla pastoral visible y de peso social demostrado, cuando justamente la Iglesia en España necesita de la mano de sus obispos una especial capacidad de presencia en el ágora pública, de iluminación de lo que hay y de lo que viene y una dosis valiente y clara de esperanza y de fortaleza para sacar adelante un nuevo contrato social que abarque en paz las nuevas situaciones.

A finales del año pasado el Consejo Permanente de la Conferencia de los obispos de Francia, presididos por el arzobispo de Marsella, publicaron un documento político en el más alto sentido de esta palabra, titulado Dans un monde qui change, retrouver le sens du politique. Y justificaban su intervención ante la situación francesa porque ce qui touche la vie de l'homme est au coeur de la vie de l'Église.

Una intervención difícil y valiente en una sociedad, dice el documento, «inquieta, ansiosa, insatisfecha» en la que detectan tres graves fracturas: una inseguridad social desconocida hasta ahora, inédita y por eso más desconcertante ; un sentimiento de injusticia muy variado y creciente que desborda la visión normal del ciudadano y unas referencias culturales desconcertadas y ya desconcertantes. Y como consecuencia el temor, el desinterés y hasta la cólera.

Y se preguntan qué es hoy ser ciudadano francés y cómo serlo para recuperar el sentido de la vida social y de la política.

Al leerlo -ha sido un libro de éxito editorial- me sorprendió su fresco atrevimiento, la claridad del análisis y de las propuestas y la transparencia popular de un lenguaje noble y familiar al alcance de cualquiera. Y me pareció que algo así nos haría falta en España para embarcarnos juntos en una aventura pública que es ya urgente para nuestra sociedad y además inevitable para una Iglesia fiel y en salida. Si algún día hay que levantar un « hospital de campaña », ese momento ya ha llegado.

Pero nos falta fondo. El documento publicado en 2008 era más bien un documento moral que miraba más bien hacia criterios y normas que la Iglesia quería mantener ante la posible amenaza de las elecciones; más ambicioso era el documento de la Comisión permanente de 1986 sobre los católicos en la vida pública, pero ha llovido mucho y hasta con agua mal caída desde entonces en la Iglesia y en España.

Y ahora, alguno de los obispos más valiosos parece demasiado recién llegado para resolver o rebajar la división que hay, otro haciendo siempre sombra, el grupo de otro conteniendo y casi mandando, uno más en su difícil Barcelona que con eso ya le basta y buena parte de los demás, callados y a la espera y con algo de desconcierto ante la fragilidad del nuevo rostro eclesial propuesto por el papa Francisco. Ni que decir tiene que esto es un juicio absolutamente personal y así expuesto hasta me parece injusto de tan simplificador como queda. Pero queda claro el problema aunque los trazos con los que lo dibujo sean demasiado groseros.

Y el problema, si es que lo hay, se agrava porque la situación general en todos sus niveles cambia a pasos cada vez más acelerados y la Iglesia en España tiene asegurada la lentitud y hasta cierta inacción por unos años más al menos. Lo que hoy es una quiebra entre Iglesia y sociedad, entre Iglesia y medios de comunicación, entre Iglesia y política, entre Iglesia y juventud, entre Iglesia y pueblo, llegará a ser una zanja de separación de proporciones alarmantes, si es que no lo son ya. No hace falta ser adivino, la distancia y el distanciamiento están servidos.

La Iglesia, si quiere ser fiel al Evangelio y a la gente, no puede seguir así, dejando pasar el tiempo, pasando por cuaresmas y pascuas pero sin hacer un movimiento lúcido y valiente para alcanzar el paso de la vida nacional y estar al pie de lo que sucede y al lado de quienes lo viven o lo sufren.

Hace pocos días eran publicados los resultados de la consabida encuesta de Metroscopia sobre las instituciones españolas : una vez más la Iglesia aparece en el último lugar para la confianza de los españoles. Sin duda no hay razones objetivas para esa apreciación, pero eso mismo levanta más preguntas sobre causas y porqués. El deterioro de la imagen según la percepción ciudadana es verdaderamente grave y nos exige abrir los ojos, juzgar lo que salta a la vista y llegar a las conclusiones y acciones adecuadas.

Por ahí veo yo la responsabilidad de la Conferencia episcopal y la de cada obispo en su Iglesia particular. Quiero ser optimista y confiar en las instituciones eclesiales y en las personas y sobre todo en la acción del Espíritu, pero no estoy seguro de tener razones objetivas para esa confianza.

Termino con estas palabras con las que los Obispos españoles cerraban su valioso documento La Iglesia servidora de los pobres, publicado en octubre de 2015: Con María cantamos que Dios «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes». Es el canto de la Madre que lleva en su seno la esperanza de toda la humanidad. Y es el canto de la comunidad creyente que siente cómo el Reino de Dios está ya entre nosotros transformando desde dentro la historia y alumbrando un mundo nuevo y una nueva sociedad, asentados no en la fuerza de los poderosos, sino en la dignidad y los derechos inalienables de los pobres.