TIEMPO 1618

 

Francisco, seis meses de escalofrío

 

La última vez que la Iglesia vivió algo parecido fue hace 54 años, con Juan XXIII. El papa Francisco, en solo seis meses, ha puesto en marcha una revolución que muchos no se atreven a creer aún y que otros prefieren no creer. No son solo gestos. Va en serio.

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 Francisco, habitación 201

 

"Es un buen teólogo. Un tanto ingenuo”. La frase del cardenal Cipriani iba cargada de veneno. El destinatario era el arzobispo alemán Gerhard Ludwig Müller, de 65 años, que desde julio de 2012 es el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: el antiguo Santo Oficio, la Inquisición. Müller fue nombrado para ese puesto por Benedicto XVI, que fue él mismo cabeza del organismo durante 24 años. El nuevo Pontífice, Francisco, lo ha mantenido. ¿Un cardenal que llama “ingenuo” al gran inquisidor? ¿Al vigilante de la ortodoxia católica? ¿Cuándo se ha visto eso? ¿Por qué lo hizo?

Porque Müller fue el que organizó el encuentro entre Francisco y un anciano dominico peruano, Gustavo Gutiérrez Merino, que fue quien, hace cuarenta años, sentó las bases de la Teología de la Liberación. Una forma muy progresista de entender el catolicismo, que se ponía con toda claridad de parte de los pobres, de los perseguidos y de los oprimidos. A veces cruzó la frontera del marxismo. Un fruto del Concilio Vaticano II que fue fustigado con extraordinaria dureza por Juan Pablo II. Todavía se recuerda al papa Wojtyla descargando rayos y centellas sobre el cura nicaragüense Ernesto Cardenal, arrodillado ante él como un niño pillado en falta.

Y Juan Luis Cipriani Thorne, de 69 años, arzobispo de Lima y primado del Perú, fue el primer miembro del Opus Dei que alcanzó el cardenalato, gracias a Juan Pablo II. Es uno de los más significados miembros de la facción ultraconservadora del catolicismo, que hasta hace bien pocos años hacía y deshacía en Roma con toda autoridad. El cardenal Cipriani no puede, literalmente, ni ver a su compatriota Gustavo Gutiérrez, de 85 años. Lo considera fuera de la Iglesia. Recuerda la cantidad de veces que la Inquisición, precisamente la Inquisición que ahora dirige el “ingenuo” Müller, le ha silenciado o le ha obligado a rectificar.

El verdadero destinatario.

Pero Müller, en realidad, no hizo nada más que organizar una entrevista entre Gutiérrez y el Papa. Una entrevista que acabó en un fraternal abrazo. La crítica envenenada del cardenal opusdeísta no va en realidad, pues, contra Müller. Parece ir contra el Papa. El ingenuo no es quien prepara la entrevista, sino quien la quiere y protagoniza. El verdadero ingenuo, para Cipriani, es Francisco. Aunque no se atreva más que a sugerirlo.

 

Es la primera vez que ocurre. Han pasado seis meses desde que el protodiácono Tauran, muy nervioso, salió al balcón de San Pedro y, tras el preceptivo Habemus Papampronunció el nombre de Georgius Marius, Sanctae Romanae Ecclesiae cardinalem Bergoglio. Seis meses desde aquella sonrisa bondadosa que el verdadero artífice de la candidatura del argentino, el cardenal brasileño Cláudio Hummes, contemplaba con emoción. Seis meses en los que el nuevo Papa, con una energía sorprendente a sus 76 años (cumple 77 el 17 de diciembre), se ha dedicado a cambiar cosas. Muchas cosas. Al principio muy pequeñas y sutiles, pero cada vez de mayor calado e importancia. Tanto, que estos seis meses han sido, para la Iglesia católica, electrizantes. Medio mundo católico, el desengañado durante décadas, aún no se cree lo que está viendo, pero lo malo es que el otro medio prefiere no creérselo.

Solo seis meses después de su elección, las críticas llegan ya hasta la puerta misma del despacho del Papa. Pronto la cruzarán. Ya le llaman, aunque sea por persona interpuesta, ingenuo. Y no son las críticas de quienes piensan que la Iglesia es una antigualla de otro tiempo y que no tiene nada que decir en el mundo de hoy. Al contrario. Son las críticas de aquellos que, hasta hace seis meses, estaban plenamente seguros de su poder dentro de la Santa Madre. De quienes mandaban, mandan aún y quieren seguir mandando, como Cipriani. Son las críticas de quienes creen que este jesuita argentino que parece un párroco y se comporta como un párroco (léase todo esto con cierto tono de desprecio) se ha vuelto, sencillamente, loco. O que ya lo estaba y que la culpa de todo la tienen los cardenales extranjeros, los exóticos, los del Tercer Mundo, que le votaron. Son las críticas de quienes tiemblan solo de pensar que ya tenemos aquí a otro Luciani, a otro Montini o, peor aún, a otro Juan XXIII. Otro peligroso ingenuo.

 

Por primera vez.

Todo esto empezó en el mismo momento en que Bergoglio salió al balcón de la loggia central de San Pedro, a las ocho de la tarde del pasado 13 de marzo. El mundo estaba tan pendiente de la cara que tendría el nuevo Papa, de lo que diría, de si caería bien o no, que nadie se dio cuenta de algo extraño: Francisco, en el balcón, parecía extrañamente bajito. La razón se supo luego. Cuando el pontífice recién elegido se asoma a la barandilla, los ceremonieros del Vaticano colocan un cajón para que el Papa se suba en él y así destaque sobre los demás. Francisco, cuando lo vio, sonrió con sorna y dijo: “Bueno, yo prefiero quedarme aquí abajo con los otros, ¿eh?”.

Por primera vez en la historia, el nuevo Papa salió al balcón sin la muceta roja y sin la suntuosa estola carmesí, símbolo de su nueva dignidad: solo se la puso para impartir la bendición urbi et orbi y luego se la volvió a quitar. Por primera vez, el Papa saludó a la multitud con un confianzudo “buenas noches”. Por primera vez, el Papa comenzó su pontificado subrayando su condición de obispo de Roma antes que la de Sumo Pontífice. Por primera vez, un papa recién estrenado hizo un chiste (hay que reconocer que bastante malo: aquello de que habían ido a buscarlo al fin del mundo) que solo provocó una carcajada en el cardenal Hummes, pero bastó para ganarse el corazón de quienes le veían.

Por primera vez puso a la gente a rezar allí mismo, sin más: padrenuestro, avemaría y gloria, por él y por su antecesor, Benedicto XVI, quien –también por primera vez– estaba vivo y viéndolo todo por televisión. Por primera vez en muchísimos años se vio que el Papa llevaba una cruz pectoral de pobre, como dijeron algunos medios: pequeña, de madera y plata; nada de oro ni gemas deslumbrantes como las que tanto gustaban a sus antecesores.

Demasiadas primeras veces para aquella primera vez. De ninguna manera serían las últimas. El Papa entró mandando, como si lo tuviera todo previsto, como si hubiese pensado durante años en lo que haría, llegado el caso. Y, como quizá sea natural en un hijo de italianos al que su madre acostumbró desde niño a escuchar ópera, ha planteado estos seis primeros meses como un típico crescendo de Rossini: lento y suave al principio, pero cada vez más rápido, cada vez más fuerte, hasta que los cristales del Vaticano empezaron a temblar.

Al principio fueron solo gestos, símbolos, detalles llamativos pero sin verdadera importancia aparente. Casi todo se refería a la moda pontificia. Nada de zapatos rojos, tradición de papas: los suyos de toda la vida, negros, gastados y cien veces lustrados por él mismo. Nada de casullas, capas pluviales o mitras de fantasía, como sus antecesores: la ropa de trabajo de Francisco la cose un remoto sastre colombiano, Luis Abel Delgado, que se quedó helado cuando recibió la llamada personal del Papa (“No me diga santidad, llámeme Francisco”) y se puso a confeccionar velozmente prendas sencillas, otra vez de párroco o de obispillo de provincias, que el pontífice repite una y otra vez en sus apariciones públicas, algo inimaginable en sus dos suntuosos predecesores. Nada de anillo del Pescador fundido en oro: sobra con plata sobredorada. Nada de camauros de armiño, flabelos de avestruz, asteriscos de oro, mitras criselefantinas ni carísimas monerías por el estilo. Francisco impone el estilo clase media. Barato y limpio. Eso le basta. Caras de desaliento en la corte pontificia. Desolación en la aristocrática casa Gammarelli, que venía vistiendo a los papas desde hace dos siglos.

 

“Estoy a tu servicio”.

Este hombre que va por el modesto alojamiento que ha elegido, la Casa de Santa Marta, apagando luces y cerrando ventanas (ver recuadro), aprovechó el Jueves Santo (dos semanas llevaba de Papa) para lavar los pies, no ceremonialmente sino de verdad, a doce delincuentes juveniles del reformatorio del Casal del Marmo, en Roma. Chavales vestidos con vaqueros. Dos de ellos, chicas. ¡Y una musulmana! El Papa les decía: “Lavarte los pies quiere decir que estoy a tu servicio”. Aquello ya provocó las protestas de algún clérigo más o menos estrambótico, como el integrista español Adolfo Ivorra. Pero nadie de peso, nadie sensato al menos, se atreve a decir nada cuando Francisco empieza a hablar de los pobres. Que los pobres, los que sufren, son el objetivo fundamental de la Iglesia, su misión esencial. Lo repite siempre.

Cuatro días antes, el domingo de Ramos, Francisco saca el látigo de Cristo en el Templo para atizar sin contemplaciones a los que arman las guerras y se lucran con ellas, a los que provocan los cataclismos económicos, a los que viven de su ansia de dinero y de poder, a los que organizan la corrupción. Y otra vez a hablar de los pobres y los pequeños.

Decidido a emprender la reforma de la Curia (era lo que preparaba Juan Pablo I cuando fue encontrado muerto), nombra una comisión de ocho cardenales que preside el cardenal Maradiaga, de Honduras, para que le ayuden.

Se reúne con el secretario general de la ONU y le habla de los pobres. Recibe al presidente del Líbano, Michel Sleiman, y le pregunta qué se puede hacer para aliviar la situación de los refugiados. Va a verle el presidente de Ecuador, Rafael Correa, y se pasan el tiempo hablando de cómo proteger a las poblaciones indígenas y de la justicia social. En la audiencia a la canciller alemana, Angela Merkel, Francisco se dedica a decirle que quienes peor lo pasan con la crisis no son los alemanes, señora, sino los pobres. Se entrevista con el presidente de El Salvador, Mauricio Funes, y le pregunta qué está haciendo para erradicar la pobreza en su país; y además le anuncia que va a pisar el acelerador con la beatificación de Óscar Arnulfo Romero, el incómodo arzobispo salvadoreño que se empeñó en defender a los pobres y que fue asesinado a tiros por militares y sicarios de extrema derecha en plena misa, mientras alzaba la hostia en la consagración. Eso fue en 1980. Roma olvidó aquel incidente. Hasta hoy, con Francisco.

Los pobres, los pobres, los pobres. Qué pesadez la de este hombre con los pobres, como si no hubiera en el mundo otra cosa de qué preocuparse, se decían los clérigos de los movimientos neocons tan protegidos por Wojtyla.

 

Curas o funcionarios.

El crescendo fue a más cuando Francisco, dos días después de fustigar con toda claridad el “capitalismo salvaje” en un refugio para mendigos, reunió a la cúpula del clero italiano (unas 250 personas, fue el 23 de mayo) y les sacó los colores. Dijo que en Italia había demasiadas diócesis y que eso se debía al ansia de medrar de los clérigos; les advirtió de que abandonasen la tentación de convertirse en funcionarios que luchan a codazos por el ascenso y por el dinero.

 

Sempre in crescendo, Francisco se mete con la mafia como muy pocos papas se habían metido antes; compara a los políticos corruptos con Judas Iscariote y les llama hipócritas, egocéntricos y avariciosos; aguanta a pie enjuto, subido en el papamóvil descubierto y sin ninguna protección, una lluvia terrible durante media hora, por la sencilla razón de que estaba en una audiencia en la plaza de San Pedro con miles de personas que también se estaban mojando. Y si ellos se mojaban, a ver por qué él no.

A finales de junio decide crear otra comisión para poner orden en el Instituto para las Obras de Religión (IOR, el inextricable banco vaticano): otras ocho personas presididas por el cardenal salesiano Farina, con fama de incorruptible. El Papa se está metiendo en terreno pantanoso. Menos mal que acompañado.

Pero eso no le asusta. En julio, tras la publicación de su primera encíclica, Lumen fidei (en realidad estaba escrita casi entera por su antecesor, el papa Ratzinger), Francisco decide canonizar a Juan Pablo II, sí, como le pedían los tradicionalistas (y millones de católicos galvanizados por el papa polaco), pero... acompañado por Juan XXIII, el Papa bueno, el Papa que se sacó de la manga aquella calamidad de Concilio, el Papa que visitó por primera vez una cárcel. Eso es tomado por los conservadores, los curiales y los neocons casi como un insulto al santo subito. Pero a Francisco le arredran ya muy pocas cosas.

Cada vez menos. Primero viaja a la isla de Lampedusa (su primer viaje oficial), donde abraza, conforta y anima a los inmigrantes africanos que han llegado allí en patera. Emocionado, dice misa sobre un altar hecho de restos de barcazas y lleva un báculo de madera despintada de los mismos tablones.

Pero luego –crescendo– viaja a Brasil, a la Jornada Mundial de la Juventud, y suelta en el avión, con toda su sonrisa, que él no es nadie para criticar a los gais. En esa multitudinaria concentración, habitualmente organizada y controlada por el Camino Neocatecumenal del poderoso Kiko Argüello, Francisco demuestra un don de gentes y un carisma asombrosos. Pero se desmanda: va a visitar las favelas donde viven los pobres. Viaja en papamóvil abierto, para desesperación de su servicio de seguridad. Se pone del lado de los que protestan contra las duras medidas económicas del Gobierno. Logra escapar de la ejecución de El sufrimiento de los inocentes, obra sinfónica que Kiko Argüello considerada como la cima de su carrera artística y que hace representar allá donde puede, con resultados pavorosos. Reúne a una multitud inmensa (se habla de más de dos millones de personas) en la atestada playa de Copacabana. A Francisco le suplican que tenga cuidado, que le puede pasar algo. Y dice: “A mí la seguridad no me va a hacer un cerco, no me va a separar de la gente”. El párroco argentino ocupa por segunda vez la portada de la revista Time, que titula: El Papa de la gente y Un papa para los pobres.

Y luego, al regreso, ya es el in crescendo definitivo. Anuncia, zumbón, que lo vedaderamente importante va a comenzar ahora. Es agosto. Ya prácticamente no hay día en que el Papa no sea noticia. Firma un motu proprio (decreto papal) contra el blanqueo de capitales, la financiación del terrorismo y las armas de destrucción masiva. Critica a los curas que no bautizan a los niños nacidos de parejas no casadas. Fustiga como nunca a los curas pederastas, corruptos y venales. Ante la gravísima situación en la guerra civil siria, no se limita a la condena formal desde el balcón: convoca una jornada de ayuno, reflexión y oración para el sábado 14 de septiembre, y Francisco se reúne en la plaza de San Pedro con miles de personas a las que pone, como el primer día, a rezar. La utilidad práctica puede ser mayor o menor, pero es más de lo que ningún antecesor suyo ha hecho nunca.

 

Conventos y celibato.

Y la traca final. La Iglesia católica es la primera casera de Italia, posee alrededor del 27% del patrimonio inmobiliario del país. Muchos de esos edificios son conventos y están vacíos. Con frecuencia, las órdenes religiosas los han convertido en hoteles tan confortables como lucrativos. Francisco no ha dado aún la orden: se ha limitado a sugerir que esos edificios se conviertan en centros de acogida para refugiados. Los interesados tragan saliva cuando le oyen el 10 de septiembre: “Queridos religiosos y religiosas: los conventos vacíos no deben servir a la Iglesia para transformarlos en alojamientos y ganar dinero. Los conventos vacíos no son nuestros, son para la carne de Cristo, que son los refugiados”. El terremoto económico puede ser inconcebible, pero el Papa no se asusta por eso: se trata de ayudar a los pobres. Y ahí no hay quien lo pare.

Eso fue el 10 de septiembre. Dos días antes volvía a temblar la tierra. El 31 de agosto, Francisco había jubilado por fin a Tarcisio Bertone para nombrar un nuevo número dos de la curia, el secretario de Estado. Era el arzobispo Pietro Parolin, un diplomático muy poco conocido que ni siquiera es cardenal –todavía– y que estaba de nuncio apostólico en Venezuela. Parolin no espera a tomar posesión de su cargo, algo que ocurrirá el 15 de octubre. En una entrevista a un diario de Caracas, y que se publicó el 8 de septiembre, dice con toda naturalidad que el celibato eclesiástico no es un dogma de la Iglesia. Que es perfectamente revisable. Que no hay nada cerrado. Que ya habrá tiempo de hablar sobre el asunto.

Es sencillamente inimaginable que Parolin tirase ese peñasco al ya agitado charco de la Iglesia sin consultar antes al Papa. Eran sus primeras palabras después de su designación. El susto fue tremendo, pero Francisco no ha desmentido ni corregido en absoluto a su nuevo hombre de confianza. Otros sí lo hicieron. Con cierta timidez aún, pero con claridad, hombres del sector más conservador de la Iglesia ya han dicho que basta. El cardenal español Rouco Varela proclamaba en Salamanca que el celibato es “una norma de la Iglesia reafirmada una y otra vez a lo largo de la historia” y que “el magisterio de los papas” deja claro que “no se debe revisar”.

El 12 de septiembre, el Papa abrazaba en su austera hospedería de Santa Marta a Gustavo Gutiérrez, teólogo de la liberación por antonomasia, y el cardenal opusdeísta Cipriani llamaba ingenuo... al clérigo que organizó el encuentro.

Y no se para ahí. Cuatro días después, en un encuentro con el clero romano en San Juan de Letrán, Francisco anuncia que muy pronto habrá notables reformas en el trato que la Iglesia da a los divorciados y a las parejas de hecho. Pide que la Iglesia “les dé la bienvenida” para que se sientan “como en casa”. ¿Alguien se imagina a Wojtyla o a Ratzinger diciendo algo así?

En solo seis meses, Francisco ha provocado un seísmo en la Iglesia que no se veía desde enero de 1959, cuando el papa Roncalli (Juan XXIII) dejó sin aliento a la Iglesia entera al convocar, con absoluta sorpresa, el Concilio Vaticano II, cuatro meses después de su elección como Sumo Pontífice. Es el único precedente que existe, en siglos, de un golpe de timón a babor como el que está dando Francisco.

 

¿A dónde va?

Ya no es el color de los zapatos ni el alojamiento ni la manía de abrazar pobres. Francisco, el primer papa jesuita, el primer americano y el primero no europeo desde Gregorio III (siglo VIII), había avisado, desde su etapa como cardenal, que la Iglesia debía ir “hacia las periferias”, tanto geográficas como existenciales. La mitad del orbe católico (o que ha sido católico) mira con estupefacción a este porteño que, ya está claro, pretende devolver a la Iglesia a la senda del Concilio Vaticano II, senda cuyo progreso fue cerrado en los años 80. La otra mitad, la conservadora, cuyos líderes cerraron aquel camino, tiembla... exactamente por lo mismo.

¿Será capaz Francisco de someter a los movimientos neocons (del Opus Dei a los kikos), tan apoyados por Juan Pablo II y que campan a sus anchas por la Curia? ¿Tendrá éxito, al menos, en su empeño de meter en cintura a esa misma Curia, llena de “cuervos y víboras” como dijo el cardenal Bertone? ¿Logrará atraer a los templos a la gente que se alejó de la Iglesia en estos treinta años de conservadurismo a machamartillo, por más televisivo que fuera? ¿Conseguirá, con estas decisiones cada vez más audaces, que la Iglesia interese a los jóvenes del siglo XXI? ¿Aguantará la vieja Iglesia, asociada en tantos lugares al poder político, a un Papa que no deja de ponerse de parte de los pobres? ¿Soportará la institución más antigua y cauta del mundo occidental a un líder que es noticia todos los días, uno tras otro? ¿Será verdad que, como se dice entre los vaticanistas, Francisco piensa convocar un nuevo concilio de aquí a la primavera? Después de estos seis meses de escalofrío, ¿qué se propone este hombre? ¿Ante qué se detendrá?

Solo él lo sabe. Al ritmo que va, pronto veremos si es un genio, un estratega, un revolucionario, un profeta... o solo un ingenuo.