Discernimiento para ser libres

 

(Consuelo Vélez, teóloga).- Ante la multitud de ofertas que nos trae la vida es muy importante aprender a discernir para optar por algunas y ser responsable de las opciones hechas. Y si se es persona de fe, discernir supone -además de la conveniencia personal y social-, hacerlo en el horizonte del amor incondicional a Dios y a los hermanos, propio de quien dice tener fe.

Pero ¿qué es discernir? Hay una larga tradición en algunas espiritualidades sobre el discernimiento. La espiritualidad ignaciana, por ejemplo, señala el discernimiento como medio de "buscar y hallar la voluntad de Dios" en nuestra vida. Los "Ejercicios Espirituales" de San Ignacio van en esa línea de descubrir a Dios como "principio y fundamento" de la vida para orientarla hacia el querer de Dios. Pero esto no es exclusivo de esta espiritualidad ni siempre se pueden hacer ejercicios espirituales para discernir. Hay que aprender a captar la voluntad de Dios en todos los momentos de nuestra vida y secundarla con lo mejor que cada uno tiene.

¿Cuál es la voluntad de Dios sobre mi vida? ¿Sobre la vida de cada mujer y varón en particular? ¿Dónde se escucha ese querer de Dios? La voluntad de Dios no es un deseo particular de Dios sobre una persona y menos, como a veces se ha entendido, un deseo que exige nuestro sacrificio, renuncia o negación, para poder secundar eso que Dios nos pide. En realidad la voluntad de Dios sobre sus criaturas es que seamos felices descubriendo el origen amoroso del que procedemos -su mismo amor creador- y la llamada a la comunión definitiva con Él saboreada y vivida en el amor concreto y real que vivimos a cada momento.

No hay un plan de Dios "predeterminado" sobre nuestra vida. Si así fuera, no contaría nuestra libertad y hubiéramos sido hechos como marionetas para realizar lo que ya estaba escrito. Por el contrario, Dios nos regaló el don de ser libres y creativos, únicos e irrepetibles, responsables por nuestro destino, llamados a realizar lo mejor que cada uno es y tiene. Por eso cuando nos disponemos a escuchar la voluntad de Dios sobre nuestra vida, en realidad, lo que hacemos es disponernos a dejarle ser en nosotros, a que su amor nos inunde y transforme, nos guíe en cada momento para escoger lo que Él escogería en una situación semejante y a amar lo que Él ama.

Querer descubrir la voluntad de Dios es, entonces, buscar ejercer nuestra libertad con la mayor responsabilidad y desde el amor. Nada está hecho y la vida se nos presenta como un horizonte inabarcable de opciones entre las que sólo podemos elegir unas pocas. Y esas pocas son las que han de estar en consonancia, en sintonía con el origen de amor del que procedemos y con el amor infinito que buscamos.

Pero hemos de ir paso a paso. Nada se consigue de golpe y nunca lo tendremos plenamente. Supone la cotidianidad de cada día, la particularidad de cada gesto, cada encuentro, cada tarea, cada esfuerzo. No se ahorran las fatigas, ni se está exento de equivocaciones. Pero sí podemos volver al camino todas las veces que sean necesarias para reorientar mejor nuestras opciones.

La tarea de ser libres supone un ejercicio de muchas opciones que hacemos en el día a día en el horizonte en el que nos movemos. Pero también supone las grandes opciones que implican cambiar de rumbo y de dirección en la vida, que nos invitan a dejar lo que hemos hecho hasta ahora para seguir un camino totalmente nuevo. En los dos casos, el móvil, el origen, la causa ha de ser el amor y éste cada vez más profundo, cada vez más auténtico.

La voluntad de Dios, en definitiva, nos pone en la dinámica del seguimiento. Un seguimiento que ha de renovarse cada día para que no pierda la vitalidad y el entusiasmo primero. Una voluntad de Dios que no es más que una llamada a que seamos libres (Gál 5, 1): libres para amar, libres para servir, libres para optar por el bien y la verdad todos los días y en todos los momentos de nuestra vida.

De esa manera vivimos fundamentados en su amor, abriendo caminos -con nuestra vida- a la voluntad de Dios en esta historia presente.