Publicado En VIDA NUEVA el 11.06.2010
(Juan
Rubio- Director de Vida Nueva)
Recientemente
me decía un amigo, no precisamente
heterodoxo: “Estamos volviéndonos locos. Hay
errores de los que la Iglesia tardará en
recuperarse un siglo”. Es persona de la
plena confianza de muchos obispos. Nadie se
atrevería a tacharlo de “cretino”. Está en
la línea oficial. Me decía que habíamos
llegado a tener que preguntarnos cada día
sobre qué pensar, qué estudiar, qué leer,
qué escribir, qué hacer. Hay gente que no se
contenta con la genuflexión. Quieren la
postración total y humillante, y reparten
patentes de eclesialidad por doquier.
Alguien debería hacer algo. Los provinciales
son llamados a capítulo para que amonesten a
sus frailes por detalles como decir misa sin
casulla o mostrar opiniones en alguna
charla; o para que se retracten de lo que
escribieron. Caza de brujas. Crece el miedo.
Aumenta el número de los delatores. Cada día
son más los censores. Mientras tanto, con la
venia oficial, se siguen diciendo
barbaridades en algunos púlpitos
bienpensantes. Al inquisidor Lucero
lo tuvieron que sustituir por
Cisneros después de que asaltaran
en Córdoba su palacio y quedara demostrado
que se había extralimitado en sus funciones.
Teólogos Juan XXIII:
que el Papa pida perdón.
Con motivo del quinto aniversario del
pontificado de Benedicto XVI, la Junta Directiva de la Asociación de
Teólogos y Teólogas Juan XXIII desea expresar su apoyo a la "Carta
abierta a los obispos católicos del mundo" de nuestro colega el profesor
Hans Küng, en la que considera el actual pontificado una de las
ocasiones perdidas en los diferentes ámbitos eclesiales: el diálogo
ecuménico e interreligioso, la reforma de la Iglesia, el ejercicio de la
colegialidad, la incorrecta gestión de los abusos sexuales cometidos por
obispos, sacerdotes y religiosos católicos en colegios, seminarios,
parroquias, el mantenimiento del celibato, la prohibición del acceso de
las mujeres al ministerio ordenado...
En continuidad con la carta de Hans
Küng y con espíritu constructivo queremos ofrecer una serie de
propuestas encaminadas a la transformación evangélica de la Iglesia
católica:
1. Consideramos necesario activar y
desarrollar el programa de reforma del concilio Vaticano II, que no
se ha puesto debidamente en práctica y que durante el actual pontificado
no sólo se ha paralizado, sino que ha ido en dirección contraria, bien
sea volviendo a etapas anteriores al mismo, bien interpretándolo de
forma conservadora.
2. Creemos que la actual
organización de la Iglesia católica es obsoleta y responde más a una
monarquía absoluta que al movimiento de Jesús, comunidad de iguales.
Nos parece urgente iniciar un proceso de democratización de la Iglesia,
con la participación activa de todos los creyentes católicos en la
elección de los cargos de responsabilidad dentro de la misma Iglesia. Es
importante recordar que, desde los orígenes del cristianismo y durante
varios siglos, la Iglesia estuvo organizada y gobernada con la
participación del pueblo.
3. Los cristianos y las cristianas, así
como todos los dirigentes de la Iglesia deben ubicarse en el mundo de la
marginación y de la exclusión social y optar decididamente por los
pobres, actitud que lleva consigo la lucha por la justicia como
criterio evangélico por excelencia.
4. Consideramos de imperiosa necesidad
la defensa y el fomento de la libertad de expresión, de investigación
y de publicación de los teólogos y la eliminación de la censura
eclesiástica, que coarta la libertad de los profesionales de la teología
y limita la creatividad.
5. Reclamamos que se reconozca la
libertad y el derecho de reunión de las comunidades y grupos cristianos,
cualquiera sea su orientación ideológica, y a todos por igual, sin
privilegios para algunas, las más afines a la jerarquía, en detrimento
de la exclusión de otras.
6. Pedimos que no se identifique el
cristianismo con los programas políticos y las organizaciones religiosas
conservadoras, como con frecuencia sucede por parte de la jerarquía,
y que se respete el pluralismo político y religioso en la sociedad y en
la Iglesia.
7. Exigimos que se levanten las
sanciones impuestas a los teólogos y teólogas, obispos y sacerdotes,
motivadas por el ejercicio de la libertad de expresión y por su
compromiso con los pobres.
8. Como demostración del cambio de
actitud de la Iglesia católica, consideramos necesaria la petición
pública de perdón del papa por el encubrimiento y complicidad del
Vaticano, así como de no pocos episcopados, en los casos de abusos
sexuales en los que están implicados obispos, sacerdotes y
religiosos.
9. Pedimos que se deroguen de manera
inmediata cuantos decretos del Papa y de la Curia Romana han impuesto
silencio durante décadas en los casos de abusos sexuales a menores y
han im pedido poner dichos casos en manos de la justicia.
10. Nos parece que el pontificado de
Benedicto XVI está agotado y que el papa no tiene la edad ni la
mentalidad para responder adecuadamente a los graves y urgentes
problemas que hoy tiene que afrontar la Iglesia católica. Pedimos por
ello, con el debido respeto a la persona del papa, que presente la
dimisión de su cargo.
11. Creemos necesario que se
facilite el acceso de las mujeres al sacerdocio ordenado en sus
diferentes grados, como sucede en la mayoría de las iglesias
cristianas, para terminar por fin con siglos de injusta e injustificada
discriminación de las mujeres en la Iglesia católica.
12. Nos parece igualmente necesaria
la supresión del celibato obligatorio para los sacerdotes, medida
disciplinar represiva de la sexualidad, que carece de todo fundamento
bíblico, teológico e histórico y que no responde a exigencia pastoral
alguna.
13. Por último, nos permitimos recordar
que el criterio determinante de conducta, en la Iglesia de Jesucristo,
no es la obediencia incondicional al papa, sino la fidelidad al
Evangelio. En nombre de dicha fidelidad y en actitud de diálogo
presentamos las propuestas indicadas.
JUNTA DIRECTIVA DE LA ASOCIACIÓN DE
TEÓLOGOS Y TEÓLOGAS JUAN XXIII: Federico Pastor (Presidente); Juan José
Tamayo (Secretario general); Alfredo Tamayo (Vicepresidente); José María
Castillo (Vocal); Máximo García (Vocal).
Carta abierta a los obispos católicos del mundo
Hans KÜNG
Estimados obispos: Joseph Ratzinger,
ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962 1965 los dos teólogos más
jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos
que siguen plenamente en activo. Yo siempre he entendido también mi
labor teológica como un servicio a la Iglesia. Por eso, preocupado por
esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda
desde la Reforma, os dirijo una carta abierta en el quinto aniversario
del acceso al pontificado de Benedicto XVI. No tengo otra posibilidad de
llegar a vosotros.
Aprecié mucho que el papa Benedicto, al
poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de
cuatro horas, que discurrió amistosamente. En aquel momento, eso me hizo
concebir la esperanza de que Joseph Ratzinger, mi antiguo colega en la
Universidad de Tubinga, encontrara a pesar de todo el camino hacia una
mayor renovación de la Iglesia y el entendimiento ecuménico en el
espíritu del Concilio Vaticano II.
Mis esperanzas, y las de tantos
católicos y católicas comprometidos, desgraciadamente, no se han
cumplido, cosa que he hecho saber al papa Benedicto de diversas formas
en nuestra correspondencia. Sin duda, ha cumplido concienzudamente sus
cotidianas obligaciones papales y nos ha obsequiado con tres útiles
encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Pero en lo tocante a los
grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez
más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las
ocasiones aprovechadas:
* Se ha desperdiciado la oportunidad de
un entendimiento perdurable con los judíos: el Papa reintroduce la
plegaria preconciliar en la que se pide por la iluminación de los judíos
y readmite en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas,
impulsa la beatificación de Pío XII y sólo se toma en serio al judaísmo
como raíz histórica del cristianismo, no como una comunidad de fe que
perdura y que tiene un camino propio hacia la salvación. Los judíos de
todo el mundo se han indignado con el predicador pontificio en la
liturgia papal del Viernes Santo, en la que comparó las críticas al Papa
con la persecución antisemita.
* Se ha desperdiciado la oportunidad de
un diálogo en confianza con los musulmanes; es sintomático el discurso
de Benedicto en Ratisbona, en el que, mal aconsejado, caricaturizó al
islam como la religión de la violencia y la inhumanidad, atrayéndose así
la duradera desconfianza de los musulmanes.
* Se ha desperdiciado la oportunidad de
la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica:
el Papa afirma con toda seriedad que estos “anhelaban” la religión de
sus conquistadores europeos.
* Se ha desperdiciado la oportunidad de
ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación,
aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el sida,
admitiendo el uso de preservativos.
* Se ha desperdiciado la oportunidad de
concluir la paz con las ciencias modernas: reconociendo inequívocamente
la teoría de la evolución y aprobando de forma diferenciada nuevos
ámbitos de investigación, como el de las células madre.
* Se ha desperdiciado la oportunidad de
que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio
Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas.
Este último punto, estimados obispos, es
especialmente grave. Una y otra vez, este Papa relativiza los textos
conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de
los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el
concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la
autoridad suprema de la Iglesia católica:
* Ha readmitido sin condiciones en la
Iglesia a los obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, ordenados
ilegalmente fuera de la Iglesia católica y que rechazan el concilio en
aspectos centrales.
* Apoya con todos los medios la misa
medieval tridentina y él mismo celebra ocasionalmente la eucaristía en
latín y de espaldas a los fieles.
* No lleva a efecto el entendimiento con
la Iglesia anglicana, firmado en documentos ecuménicos oficiales (ARCIC),
sino que intenta atraer a la Iglesia católico-romana a sacerdotes
anglicanos casados renunciando a aplicarles el voto de celibato.
* Ha reforzado los poderes eclesiales
contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos
anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la
Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo.
El Papa Benedicto XVI parece alejarse
cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas
formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos,
aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales.
Sé que algunos de vosotros padecéis por
el hecho de que el Papa se vea plenamente respaldado por la curia romana
en su política anticonciliar. Esta intenta sofocar la crítica en el
episcopado y en la Iglesia y desacreditar por todos los medios a los
críticos. Con una renovada exhibición de pompa barroca y manifestaciones
efectistas cara a los medios de comunicación, Roma trata de exhibir una
Iglesia fuerte con un “representante de Cristo” absolutista, que reúne
en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo,
la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus
apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en
el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los
católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de
moral sexual. Ni siquiera los encuentros papales con la juventud, a los
que asisten sobre todo agrupaciones conservadoras carismáticas, pueden
frenar los abandonos de la Iglesia ni despertar más vocaciones
sacerdotales.
Precisamente vosotros, como obispos, lo
lamentaréis en lo más profundo: desde el concilio, decenas de miles de
sacerdotes han abandonado su vocación, sobre todo debido a la ley del
celibato. La renovación sacerdotal, aunque también la de miembros de las
órdenes, de hermanas y hermanos laicos, ha caído tanto cuantitativa como
cualitativamente. La resignación y la frustración se extienden en el
clero, precisamente entre los miembros más activos de la Iglesia. Muchos
se sienten abandonados en sus necesidades y sufren por la Iglesia. Puede
que ese sea el caso en muchas de vuestras diócesis: cada vez más
iglesias, seminarios y parroquias vacíos. En algunos países, debido a la
carencia de sacerdotes, se finge una reforma eclesial y las parroquias
se refunden, a menudo en contra de su voluntad, constituyendo
gigantescas “unidades pastorales” en las que los escasos sacerdotes
están completamente desbordados.
Y ahora, a las muchas tendencias de
crisis todavía se añaden escándalos que claman al cielo: sobre todo el
abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos -en Estados Unidos,
Irlanda, Alemania y otros países- ligado todo ello a una crisis de
liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el
sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los
delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación para
la Fe romana del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan
Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto. Todavía
el 18 de mayo de 2001, Ratzinger enviaba un escrito solemne sobre los
delitos más graves (Epistula de delictis gravioribus) a todos los
obispos. En ella, los casos de abusos se situaban bajo el secretum
pontificium, cuya vulneración puede atraer severas penas canónicas.
Con razón, pues, son muchos los que exigen al entonces prefecto y ahora
Papa un mea culpa personal. Sin embargo, en Semana Santa ha
perdido la ocasión de hacerlo. En vez de ello, el Domingo de Ramos movió
al decano del colegio cardenalicio a levantar urbi et orbe testimonio de
su inocencia.
Las consecuencias de todos estos
escándalos para la reputación de la Iglesia católica son devastadoras.
Esto es algo que también confirman ya dignatarios de alto rango.
Innumerables curas y educadores de jóvenes sin tacha y sumamente
comprometidos padecen bajo una sospecha general. Vosotros, estimados
obispos, debéis plantearos la pregunta de cómo habrán de ser en el
futuro las cosas en nuestra Iglesia y en vuestras diócesis. Sin embargo,
no querría bosquejaros un programa de reforma; eso ya lo he hecho en
repetidas ocasiones, antes y después del concilio. Sólo querría
plantearos seis propuestas que, es mi convicción, serán respaldadas por
millones de católicos que carecen de voz.
1. No callar: en vista de tantas y tan
graves irregularidades, el silencio os hace cómplices. Allí donde
consideréis que determinadas leyes, disposiciones y medidas son
contraproducentes, deberíais, por el contrario, expresarlo con la mayor
franqueza. ¡No enviéis a Roma declaraciones de sumisión, sino demandas
de reforma!
2. Acometer reformas: en la Iglesia y en
el episcopado son muchos los que se quejan de Roma, sin que ellos mismos
hagan algo. Pero hoy, cuando en una diócesis o parroquia no se acude a
misa, la labor pastoral es ineficaz, la apertura a las necesidades del
mundo limitada, o la cooperación mínima, la culpa no puede descargarse
sin más sobre Roma. Obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de
hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea
mayor o menor. Muchas grandes cosas en las parroquias y en la Iglesia
entera se han puesto en marcha gracias a la iniciativa de individuos o
de grupos pequeños. Como obispos, debéis apoyar y alentar tales
iniciativas y atender, ahora mismo, las quejas justificadas de los
fieles.
3. Actuar colegiadamente: tras un vivo
debate y contra la sostenida oposición de la curia, el concilio decretó
la colegialidad del Papa y los obispos en el sentido de los Hechos de
los Apóstoles, donde Pedro tampoco actuaba sin el colegio apostólico.
Sin embargo, en la época posconciliar los papas y la curia han ignorado
esta decisión central del concilio. Desde que el papa Pablo VI, ya a los
dos años del concilio, publicara una encíclica para la defensa de la
discutida ley del celibato, volvió a ejercerse la doctrina y la política
papal al antiguo estilo, no colegiado. Incluso hasta en la liturgia se
presenta el Papa como autócrata, frente al que los obispos, de los que
gusta rodearse, aparecen como comparsas sin voz ni voto. Por tanto, no
deberíais, estimados obispos, actuar solo como individuos, sino en
comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de
la Iglesia, hombres y mujeres.
4. La obediencia ilimitada sólo se debe
a Dios: todos vosotros, en la solemne consagración episcopal, habéis
prestado ante el Papa un voto de obediencia ilimitada. Pero sabéis
igualmente que jamás se debe obediencia ilimitada a una autoridad
humana, solo a Dios. Por tanto, vuestro voto no os impide decir la
verdad sobre la actual crisis de la Iglesia, de vuestra diócesis y de
vuestros países. ¡Siguiendo en todo el ejemplo del apóstol Pablo, que se
enfrentó a Pedro y tuvo que “decirle en la cara que actuaba de forma
condenable” (Gal 2, 11)! Una presión sobre las autoridades romanas en el
espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando estas no
concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje. La utilización
del lenguaje vernáculo en la liturgia, la modificación de las
disposiciones sobre los matrimonios mixtos, la afirmación de la
tolerancia, la democracia, los derechos humanos, el entendimiento
ecuménico y tantas otras cosas sólo se han alcanzado por la tenaz
presión desde abajo.
5. Aspirar a soluciones regionales: es
frecuente que el Vaticano haga oídos sordos a demandas justificadas del
episcopado, de los sacerdotes y de los laicos. Con tanta mayor razón se
debe aspirar a conseguir de forma inteligente soluciones regionales. Un
problema especialmente espinoso, como sabéis, es la ley del celibato,
proveniente de la Edad Media y que se está cuestionando con razón en
todo el mundo precisamente en el contexto de los escándalos por abusos
sexuales. Una modificación en contra de la voluntad de Roma parece
prácticamente imposible. Sin embargo, esto no nos condena a la
pasividad: un sacerdote que tras madura reflexión piense en casarse no
tiene que renunciar automáticamente a su estado si el obispo y la
comunidad le apoyan. Algunas conferencias episcopales podrían proceder
con una solución regional, aunque sería mejor aspirar a una solución
para la Iglesia en su conjunto. Por tanto:
6. Exigir un concilio: así como se
requirió un concilio ecuménico para la realización de la reforma
litúrgica, la libertad de religión, el ecumenismo y el diálogo
interreligioso, lo mismo ocurre en cuanto a solucionar el problema de la
reforma, que ha irrumpido ahora de forma dramática. El concilio
reformista de Constanza en el siglo previo a la Reforma acordó la
celebración de concilios cada cinco años, disposición que, sin embargo,
burló la curia romana. Sin duda, esta hará ahora cuanto pueda para
impedir un concilio del que debe temer una limitación de su poder. En
todos vosotros está la responsabilidad de imponer un concilio o al menos
un sínodo episcopal representativo.
La apelación que os dirijo en vista de
esta Iglesia en crisis, estimados obispos, es que pongáis en la balanza
la autoridad episcopal, revalorizada por el concilio. En esta situación
de necesidad, los ojos del mundo están puestos en vosotros. Innumerables
personas han perdido la confianza en la Iglesia católica. Para
recuperarla sólo valdrá abordar de forma franca y honrada los problemas
y las reformas consecuentes. Os pido, con todo el respeto, que
contribuyáis con lo que os corresponda, cuando sea posible en
cooperación con el resto de los obispos; pero, si es necesario, también
en solitario, con “valentía” apostólica (Hechos 4, 29-31). Dad a
vuestros fieles signos de esperanza y aliento y a nuestra iglesia una
perspectiva.
Os saluda, en la comunión de la fe
cristiana, Hans Küng.
LA IGLESIA CORRE EL RIESGO DE CONVERTIRSE
EN UNA SUBCULTURA
Declaraciones recogidas por Stéphanie Le
Bars.
Entrevista a Monseñor Rouet, Arzobispo de
Poitiers. Le Monde 03/04/10
ECLESALIA,
04/05/10.-Traducción de Inmaculada Franco.
El arzobispo de
Poitiers, Mons. Albert Rouet es una de las figuras más libres del
episcopado francés. Su obra “J’aimerais vous dire” (Me gustaría deciros)
Bayard, 2009, es un best-seller en su categoría. Ha vendido más de
30.000 ejemplares, recibido el premio 2010 de los lectores de La Procure
(la mayor librería católica de Francia), es un libro de entrevistas que
lanza una mirada bastante crítica sobre la Iglesia católica. Con motivo
de la Pascua, Mons. Rouet nos entrega sus reflexiones de actualidad y su
diagnóstico sobre la institución.
La Iglesia
católica se ve sacudida desde hace meses por la revelación de los
escándalos de pedofilía en varios países europeos. ¿Le han sorprendido?
Me gustaría precisar
una cosa primero: para que haya pedofilia se precisan dos condiciones,
una perversión profunda y poder. Lo que significa que todo sistema
cerrado, idealizado, sacralizado, es un peligro. En la medida en que una
institución –incluida la Iglesia- se constituye en base a un derecho
privado, se cree en posición de fuerza, ahí son posibles las derivas
financieras o sexuales. Es lo que revela esta crisis y ello nos obliga a
volver al Evangelio: la debilidad de Cristo es constitutiva de la forma
de ser de la Iglesia. En Francia, la Iglesia no tiene más este tipo de
poder, por lo que estamos frente a faltas individuales, graves y
condenables, pero no ante un asunto sistemático.
Estas
revelaciones llegan después de varias crisis que han jalonado el
pontificado de Benedicto XVI. ¿Qué es lo que pone a la Iglesia en
apuros?
Desde hace algún
tiempo, la Iglesia sufre tormentas internas y externas. Tenemos un papa
que es más un teórico que un historiador. Sigue siendo el profesor que
piensa que cuando un problema está bien planteado está ya medio
resuelto. Pero en la vida, esto no es así; nos enfrentamos a la
complejidad, a la resistencia de lo real. Lo vemos claramente en
nuestras diócesis donde ¡hacemos lo que podemos! La Iglesia tiene
dificultades para situarse en el agitado mundo de hoy. Y ese es el
corazón del problema. Me preocupan dos cosas de la situación actual de
la Iglesia. Se da hoy en ella una congelación de la palabra. Por tanto,
cualquier cuestionamiento de la exégesis o de la moral se juzga
blasfemo. El cuestionar es algo que ya no se produce automáticamente y
es una pena. Al mismo tiempo, en la Iglesia reina una atmósfera de
suspicacia malsana. La institución se enfrenta al centralismo romano que
se apoya sobre toda una red de denuncias. Ciertas corrientes pasan el
tiempo denunciando las posiciones de tal o cual obispo, haciendo
informes contra uno, guardando fichas contra otro. Y esto se intensifica
con Internet. Por otro lado, veo una evolución de la Iglesia paralela a
la de nuestra sociedad. La sociedad quiere más seguridad, más leyes; la
Iglesia, más identidad, más decretos, más reglamentos. Nos protegemos,
nos encerramos. Es la señal misma de un mundo cerrado, ¡y es un
desastre!
En general, la
Iglesia es un buen espejo de la sociedad. Pero actualmente, en su
interior son especialmente fuertes las presiones relativas a la
identidad. Hay toda una corriente, que no reflexiona mucho, que ha
asumido una identidad de tipo reivindicativo. Después de la publicación
en la prensa de caricaturas sobre la pedofilia en la Iglesia, ¡he
recibido reacciones dignas de los integristas islámicos con ocasión de
las caricaturas de Mahoma! Al aparecer de forma ofensiva, uno se
descalifica.
El presidente
de la conferencia episcopal, Monseñor André Vingt-Trois, ha vuelto a
decirlo en Lourdes, el 26 de marzo: la Iglesia francesa está marcada por
la crisis de vocaciones, el descenso en la transmisión de la fe, la
disolución de la presencia cristiana en la sociedad. ¿Cómo vive usted
esta situación?
Trato de tomar nota
de que estamos al final de una época. Hemos pasado de un cristianismo de
costumbre a un cristianismo de convicción. El cristianismo se había
mantenido sobre el hecho de que se había reservado el monopolio de la
gestión de lo sagrado y de las celebraciones. Con la llegada de nuevas
religiones y con la secularización, la gente ya no recurre a esa idea de
lo sagrado.
Pero ¿acaso podremos
decir que la mariposa es “más” o “menos” que la crisálida? Es otra cosa.
Por eso yo no razono en términos de degeneración o de abandono: estamos
en proceso de mutación. Nos falta calcular la amplitud de esa mutación.
Mire mi diócesis:
hace setenta años, tenía 800 curas. Hoy en día, tiene 200, pero también
cuenta con 45 diáconos y 10. 000 personas involucradas en las 320
comunidades locales que comenzamos a crear hace quince años. Y eso es
mejor. Hay que acabar con la pastoral tipo SNCF (N.T. la Renfe en
España). Hay que cerrar algunas líneas y abrir otras. Cuando uno se
adapta a la gente, a su manera de vivir, a sus horarios, la asistencia
aumenta, también a la catequesis. Y la Iglesia tiene esta capacidad de
adaptación.
¿De qué forma?
Nosotros ya no
tenemos el personal suficiente para una división territorial con 36.000
parroquias. Y entonces, o bien lo consideramos una desgracia de la que
hay que salir a cualquier precio y resacralizamos al cura, o bien
inventamos otra cosa. La pobreza de la Iglesia es una provocación para
que abramos nuevas puertas.
¿La Iglesia
debe apoyarse en sus clérigos o en sus bautizados?
Yo pienso que la
Iglesia debería confiar en los laicos y dejar de funcionar sobre la base
de una división territorial medieval. Esto es un cambio fundamental. Y
un reto.
¿Ese reto
supone el abrir el sacerdocio hacia los hombres casados?
¡Sí y no! No, ya que
imagínese que mañana yo pueda ordenar a diez hombres casados, que los
conozco, no es eso lo que falta. No podría pagarles. Deberían trabajar,
por lo tanto, y no estarían disponibles más que los fines de semana para
los sacramentos. Así regresaríamos a una imagen del cura vinculada sólo
al culto. Sería una falsa modernidad. Sin embargo, si cambiamos la
manera de ejercer el ministerio, si su función en la comunidad es otra,
entonces sí, podemos considerar la ordenación de hombres casados. El
cura no debe seguir siendo el patrón de la parroquia; debe de apoyar a
los bautizados para que se conviertan en adultos de fe, debe formarlos,
evitar que se replieguen en sí mismos. Es él [el cura] quien debería
recordarles que son cristianos para los otros, no para sí mismos.
Entonces, él presidirá la eucaristía como un gesto de fraternidad. Si
los laicos siguen siendo menores de edad, la Iglesia no tendrá
credibilidad. Ella debe hablar de adulto a adulto.
Usted
considera que la palabra de la Iglesia ya no se adapta al mundo. ¿Por
qué?
Con la
secularización, se formó una especie de “burbuja espiritual” dentro de
la cual flotan las palabras. Comenzando por la palabra “espiritual”, que
cubre prácticamente cualquier tipo de mercancía. Por lo tanto, es
importante dar a los cristianos los medios para identificar y expresar
los elementos de su fe. No se trata de repetir una doctrina oficial sino
de permitirles decir libremente su propia adhesión. Frecuentemente es
nuestra manera de hablar la que no funciona. Hace falta descender de la
montaña al llano y hacerlo humildemente. Para ello se requiere de un
gran trabajo de formación, ya que la fe se había convertido en algo de
lo que no se hablaba entre cristianos.
¿Cuál es su
mayor preocupación sobre la Iglesia?
El peligro es real.
La Iglesia corre el riesgo de convertirse en una subcultura. Mi
generación estaba apegada a la idea de inculturación, a la inmersión en
la sociedad. Hoy en día, el riesgo es que los cristianos se encierren y
endurezcan simplemente porque tienen la impresión de estar frente a un
mundo de incomprensión. Pero no es acusando a la sociedad de todos los
males como alumbramos a la gente. Al contrario, hace falta una inmensa
misericordia para con este mundo donde millones de personas mueren de
hambre. Nos toca a nosotros amansar a ese mundo, nos toca a nosotros
volvernos más amables
Nueva reforma de la Ley de Extranjería.
Crítica de la Iglesia.
Final de la
exposición de Alberto Torga, capellán ya jubilado de emigrantes
españoles en Alemania en el Foro de Cristianos Gaspar García Laviana.
Texto
completo:
España, país de inmigración, Alberto Torga.
José Sánchez, obispo de Sigüenza.-Guadalajara y
presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones, en una carta
pastoral criticó que la prolongación del tiempo de “retención” hasta 60
días de los inmigrantes indocumentados “es claramente una pena
reservada a delincuentes, y en condiciones de difícil acceso por parte
de servicios fundamentales”.
También manifestó su desacuerdo con las restricciones del derecho
de reagrupación familiar, “que necesariamente afectarán al
equilibrio y estabilidad de los inmigrantes y a sus posibilidades de
integración armónica en la sociedad”.
Sebastián Mora,
Secretario General de Caritas: “La ley de Extranjería es uno de los
temas que ha sido de incidencia pública en Caritas muy claramente. Es un
tema que rompe mucho. Cuando los españoles iban a Suiza, dicen que dijo
un ministro de aquel país: “Nosotros pedimos mano de obra, y
nos mandan personas”. Yo creo que ese es el
trato que estamos teniendo aquí con los inmigrantes. En el momento en
que no nos valen como mano de obra, les estamos pidiendo que se vayan. Y
con una diferencia de seis meses, que pedíamos que viniesen inmigrantes,
ahora se pagan retornos. Son medidas cortoplacistas, donde la
dignidad de la persona no se tiene en cuenta…Dentro de poco
estaremos de nuevo pidiendo inmigrantes. Aquí coyunturalmente los
echamos fuera. No estamos teniendo en cuenta que son personas que han
contribuido en los años de bienestar, que son capital social, que son
personas con una alta natalidad, jòvenes con muchos años por delante y
con ganas de arraigarse y crear, que nos están cambiando y
enriqueciendo. Porque la inmigración no es un problema, es una
riqueza, evidentemente con complejidades, pero nos están
enriqueciendo como sociedad con su presencia, con nuevas culturas,
formas de ver y de ser…”
Alberto Torga y Llamedo
Final del texto que aparece en la sección DOC_INTERES
Sobre la crisis actual del sacerdocio en
la Iglesia católica.
Texto completo
Resumiendo lo dicho en los capítulos que preceden, podemos retener lo
siguiente:
1. En la Iglesia católica hay dos estamentos, clero y laicado, con
distintos privilegios, derechos y deberes. Esta estructura eclesial no
corresponde a lo que Jesús hizo y enseñó. Sus efectos, por tanto, no han
sido beneficiosos para la Iglesia en el transcurso de la historia.
2. El concilio Vaticano II intentó, sí, salvar el foso existente entre
clérigos y laicos, mas no logró suprimirlo. También en los documentos
conciliares, los seglares aparecen como asistentes de la jerarquía, sin
ninguna posibilidad de reivindicar sus derechos con eficacia.
3. Jesús rechazó el sacerdocio judío y los sacrificios cruentos de su
época. Rompió las relaciones con el Templo y su culto, celebrado por
sacerdotes. Anunció la ruina del Templo de Jerusalén y dio a entender
que en su lugar no imaginaba ningún otro templo. Por eso fueron los
sacerdotes judíos quienes le llevaron a la cruz.
4. Ni
una sola palabra de Jesús permite deducir que deseara ver entre sus
seguidores un nuevo sacerdocio y un nuevo culto con carácter de
sacrificio. Él mismo no era sacerdote, como no lo fue ninguno de los
doce apóstoles, ni Pablo. Tampoco en los restantes escritos
neotestamentarios se percibe huella alguna de un nuevo sacerdocio.
5.
Jesús no quiso que hubiera entre sus discípulos distintas clases o
estados. «Todos sois hermanos», declara (Mt 23,8). Por ello los primeros
cristianos se daban unos a otros el nombre de «hermanos» y «hermanas»,
teniéndose por tales.
6. En
contradicción con esa consigna de Jesús, se constituyó a partir del
siglo III una «jerarquía» o «autoridad sagrada», de resultas de la cual
los fieles quedaron divididos en dos estamentos: clero y laicado,
«ordenados» y «pueblo». La jerarquía reivindicó para sí la dirección de
las comunidades y, sobre todo, la liturgia. Acrecentó más y más sus
poderes hasta que el papel de los seglares quedó reducido al de meros
servidores obligados a obedecer.
7. La
extensión de la Iglesia por el mundo exigió cargos oficiales que, como
demuestra la historia, tomaron formas muy diversas. Todos esos oficios,
incluido el de obispo, son creaciones de la Iglesia misma. En su mano
está, pues, conservarlos, modificarlos o suprimirlos, según lo requieran
las circunstancias.
8. A partir del siglo V se hizo necesaria, para celebrar la eucaristía,
la intervención de un sacerdote sacramentalmente ordenado. Desde
entonces se abrió también camino la idea de que la ordenación sacerdotal
imprime un «carácter» indeleble en quien la recibe. Esta doctrina,
reelaborada por la teología medieval, sería elevada al rango de dogma de
fe por el concilio de Trento, en el siglo XVI.
9.
Durante cuatrocientos años, los «seglares» -según el término hoy
utilizado- estuvieron presidiendo la eucaristía. Esto prueba que para
ello no es necesario el concurso de un sacerdote que haya recibido el
sacramento del orden, idea imposible de fundamentar tanto bíblica como
dogmáticamente.
10. El requisito previo para presidir la eucaristía debe ser, pues, no
una consagración u ordenación sacramental, sino un encargo. Este
cometido puede confiarse a un hombre o a una mujer, casados o célibes.
Ambos por igual tienen derecho a postular cualquier oficio eclesiástico,
lo que incluye automáticamente la facultad para celebrar la eucaristía.
Carta abierta de
Pagola a "mis amigos sacerdotes"
"Nunca olvidaré vuestro
abrazo solidario, tan unánime y sincero"
"En estos momentos de
cambio sociocultural sin precedentes, la Iglesia necesita una conversión
sin precedentes".
Queridos amigos: Antes que
nada, quiero deciros que estoy conmovido. Si rompo el silencio que vengo
manteniendo en torno a mi libro sobre Jesús, es para agradeceros
vuestro abrazo solidario, tan unánime y sincero. Nunca lo olvidaré.
Al mismo tiempo, quiero también expresar mi gratitud a cuantos,
creyentes y no creyentes, me venís manifestando vuestra adhesión y apoyo
incondicional. Mi agradecimiento a todos.
Al leer uno por uno
vuestros nombres, he ido recordando tantos esfuerzos y trabajos, tantos
proyectos y programas pastorales
compartidos con vosotros
durante muchos años para responder, con pasión y hasta con entusiasmo, a
la llamada del Concilio que nos invitaba a una profunda renovación de
nuestro servicio y de nuestra acción evangelizadora.
No nos resultó fácil.
Tuvimos que actualizar nuestra teología, aprender a celebrar la fe con
el pueblo, reavivar la corresponsabilidad de laicas y laicos, y
compartir desde dentro los problemas, conflictos y sufrimientos de
nuestro pueblo. Todo ese trabajo no ha sido inútil. El gran teólogo
Karl Rahner decía que el Concilio solo fue "el inicio del comienzo".
Gracias al camino
recorrido, hoy estamos en condiciones para captar que en estos
momentos en que se está produciendo un cambio sociocultural sin
precedentes, la Iglesia necesita una conversión sin precedentes.
Ésta conversión tiene un nombre: volver a Jesús, el Cristo y Señor, para
centrar a la Iglesia con más verdad y fidelidad en su persona y en su
proyecto del reino de Dios.
En este horizonte,
escribir un libro sobre Jesús tiene su importancia, pero no deja de ser
un episodio pasajero. Lo decisivo es aunar fuerzas para volver a lo
esencial, a lo que Jesús vivió y contagió. No dejar que su Espíritu
se apague entre nosotros por nuestra cobardía, pereza de corazón o
inconsciencia. Todos podemos contribuir a que la Iglesia sea más de
Jesús y su rostro más parecido al suyo.
No sabemos el futuro que
le espera a la fe cristiana entre nosotros. El cristianismo solo tiene
veinte siglos y, seguramente, Jesús no ha dado todavía lo mejor.
Termináis vuestra carta animándome a "seguir esperando contra toda
esperanza en Aquel que ha sostenido mi vida". Es lo mejor que me podíais
desear. Seguiré caminando y trabajando con los ojos fijos en él. Ya
no sabría vivir de otra manera. Un abrazo grande por vuestra amistad. Y
sabed una cosa: la sonrisa ya me la habéis hecho recuperar.
FORO DE CURAS DE MADRID
A PROPÓSITO DE
LA SITUACIÓN DEL
LIBRO DE PAGOLA
Los integrantes
del Foro de Curas de Madrid, reunidos para analizar el sentido del
ministerio en el Nuevo Testamento, hemos tenido noticia de la solicitud
hecha a la editorial PPC para que retire y deje de distribuir el libro
de José Antonio Pagola “Jesús, aproximación histórica”.
Ante esta situación, expresamos:
1. Deseamos contribuir a generar un clima de diálogo y confianza
en nuestra Iglesia. Sabemos que el ministerio episcopal tiene como razón
de ser el asegurar la unidad y la comunión de todos desde una actitud
básica de apertura, estima, valoración e integración. Los demás
ministerios deben ejercerse dentro de este mismo espíritu de unidad y
comunión eclesial. Unos y otros ministerios se necesitan y enriquecen
mutuamente.
Por otra parte, es claro que nadie tiene en exclusiva el
acceso a Jesús. La riqueza que supone el pluralismo nos permite aportar
a todos en la profundización de nuestra fe, a veces con la crítica. El
pluralismo no está reñido con la unidad, la enriquece. Un sano
pluralismo nos debe ayudar a salir de posicionamientos enquistados, que
dificultan el acercamiento y la comprensión y, sobre todo, el testimonio
de nuestra unidad fraterna.
2. Desde este presupuesto, queremos manifestar nuestro rechazo e
indignación ante el hecho de que el quehacer teológico de un compañero
cura y teólogo, que a tantas personas sencillas y comunidades cristianas
ha ayudado, vuelve a ser proscrito.
Nos producen especial y desagradable sorpresa las
desautorizaciones entre obispos al más alto nivel producidas durante
este proceso en el que están en juego aspectos fundamentales de nuestra
fe.
3. La lectura de dicho libro nos ayuda a encontrar a Jesús, Dios
hecho hombre, que nos llama a anunciar la buena noticia de un Padre
bueno y compasivo a quienes habitualmente reciben malas nuevas de parte
de los hombres.
Por eso creemos que el bien de la Iglesia requiere una
rectificación de la orden dada de modo que avancen la verdad y la paz.
Madrid, 24 de febrero de 2010
Festividad de san Sergio
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NO ME CLASIFIQUEN
- ¿Es de izquierdas o de derechas?
- Tenga calma.
Yo soy como las estrellas
con propia luz en el alma.
(Diría yo:
y como los profetas.)
Ante la bulla de las
mentiras de los abogados, de las sentencias de jueces que se venden,
ante los discursos de los dictadores, dice Gaspar:
QUIERO, PUEBLO, TU SILENCIO.
Quiero tu silencio.
quiero el silencio del pobre,
humilde y amargo...
quiero tu silencio cocido en la miseria...
Quiero tu silencio,
para que no pierdas
energías
en gritos
estériles.
Las palabras
vuela con el viento.
Quiero tu silencio concentrado,
campesino.
Un día
será violento
y acallará
las bocas
embusteras
de los que engañan
al pueblo.
El silencio
elimina a los mentirosos.
Si sabes callarte primero
podrás hacerlos callar
y habrás salvado
a tu pueblo.
DEL
TESTIMONIO DE Carlos Mejía Godoy
En el libro de la RTVA, Gaspar,
misionero y comandante sandinista, Asturias, 2008, que recoge
testimonios de entrevistas que luego se pusieron por escrito.
"El afirmó que no iba a
abandonar a esa gente... "Voy a volver a mi verdadera raíz, que es el
evangelio al servicio de los pobres"... Más tarde, en la primavera de
1977, fui testigo de su última visita a Asturias... Para nosotros todo
era impactante porque Gaspar debía despedirse de su familia. Lo hizo con
enorme alegría, como si fuera de tournée con artistas. Se sentía gozoso
de regresar a Nicaragua con todo su espíritu batallador y con todo ese
cristianismo militante fortísimo, como un verdadero soldado de Cristo.
yo no dejaba de sentir un poquito de cargo de conciencia. Él, leyendo un
poco más allá de mis ojos, me dijo que era su responsabilidad regresar a
Nicaragua y que, en determinado momento, puede surgir un problema
familiar, pero que hay que dar prioridad a la patria y a la
revolución... El ejemplo de Gaspar lo siento en mí, no solamente a la
hora de cantar, sino en todos los momentos de mi vida, porque fue un
hombre integral en el sentido completa de la palabra... Hay un pez en el
lago que se llama Gaspar... Es un poco antediluviano, raro, es una
mezcla de caimán y pez, con dientes agresivos. Ahora identifico el
nombre de Gaspar con sabiduría, con constancia, con trabajo cotidiano y,
sobre todo, con una enorme alegría...
En la página 32 del libro
de Gaspar García Laviana, A corazón abierto, libro que estamos
utilizando habitualmente para sacar a la luz en estas páginas su sentir
sobre la vida que vivió en Nicaragua hay unos versos dirigidos a los
campesinos con los cuales trata de espolearlos para que se comprometan
en el quehacer de una nueva sociedad nicaragüense. También nosotros, por
acá, hoy, estamos también siendo un tanto conformistas y quizás
necesitemos igualmente alguien que nos incite a la renovación. Unámonos para hacer una Iglesia nueva
y desde ella un mundo nuevo.
Conformidad campesina
Tu conformidad me cansa y aflige,
me llena el alma de babosas sucias,
me carga las espaldas de vejeces
conformes sin remedio del pasado.
Tú vales mucho más que los de ayer,
testadores felices de este mundo
infeliz para todo aquel que busque
la justicia sembrada en nuestros campos.
Tú puedes fabricar un mundo nuevo
sobre las ruinas de este mundo antiguo
con proyectos distintos de la vida.
Tú has de fabricar otros valores
con materia prima del ayer
en los moldes de ideas renovadas.
Gaspar García Laviana.
Manuel Rodríguez García.
Misionero del Sagrado Corazón.
Autor del libro Gaspar
Vive
San José, Costa Rica,
Artes Gráficas de Centroamérica, 1981.
Estos
textos que siguen están sacados del libro de la RTVA, Gaspar,
misionero y comandante sandinista, Asturias, 2008, que recoge
testimonios de entrevistas que luego se pusieron por escrito. Uno de
ellos es el de Manuel Rodríguez García.
"Mi idea era recoger en el libro todo lo que pudiese de
Gaspar García Laviana. Me moví intensamente por todo el país con la idea
de decir la verdad sobre su proceder. Mi sorpresa fue que esa verdad que
yo llevaba era muy diferente a la que me encontré. Quería evitar que el
Gaspar sacerdote, defensor de la vida del pobre, del necesitado, fuese
convertido en un personaje político... Gaspar no era partidario de una
revolución meramente política; era su revolución en defensa del pobre,
del oprimido, del tratado injustamente. La prueba está en que él, "su
revolución", sigue viviendo, sigue viviendo. En Tola, en Rivas, todo
lleva su nombre: escuelas, un hospital cuyas salas se llaman Gaspar
sacerdote, Gaspar guerrillero..."
...
"Estuve varias veces en la casa donde él había vivido en Tola. Tan sólo
había una cama y encima de ella un crucifijo colgado con una cuerda
gordísima, una silla de tres patas y una maleta de madera. Era todo lo
que había de Gaspar en esa habitación. Me imagino que la ropa la daría a
quien la necesitase. Esto ya indica un compromiso. Quería vivir la
pobreza al máximo, pero no por un motivo político, en absoluto, ni por
una mera razón social. Existía un motivo eminentemente religioso. Gaspar
se unió al grupo sandinista porque era el único que podía, en aquel
momento, evitar que Somoza siguiese gobernando en Nicaragua. Como él
mismo dice en una de sus cartas, Somoza era un pecado y había que
erradicar ese pecado como fuese..."
...
"Gaspar tuvo tres atentados prácticamente seguidos. Fue cuando decidió
dar el salto definitivo y se fue a trabajar con la guerrilla
directamente..."
... "En Barcelona yo tuve dos discusiones con Gaspar. Me decía siempre
lo mismo: "Es que no entenderás aquello; no estás allí, no lo
entenderás"... Ahora pienso que Gaspar tuvo un cambio fenomenal: se
convirtió. Yo también puedo decir que hubo una conversión en mí después
de conocer la realidad de Nicaragua".
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